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CRÓNICA

La mirada humana de Edipo

Un estupendo Julio Manrique corona la lograda apuesta de Oriol Broggi por acercar el héroe trágico al público

Imma Fernández

Julio Manrique, como Edipo.

Julio Manrique, como Edipo.

Entramos en un Romea transformado en teatro en ruinas, destartalado. Refugio de palabras, historias y mitos como el Edipo de Sófocles que Oriol Broggi nos presenta con una mirada humana, próxima, serena. El capitán de La Perla 29, ya curtido en la tragedia griega (‘Antígona’, ‘Electra’), ha hecho debutar en el género a un Julio Manrique que conoce bien de otras aventuras comunes de gran calado como ‘Hamlet’ o ‘Incendis’. Está estupendo en la construcción de un personaje que avanza con paso firme pero sin zancadas hacia la angustia existencial que le va corroyendo, a la búsqueda de sus orígenes, y que acaba en su trágico ajuste de cuentas consigo mismo.

Sin desafueros gestuales ni verbales, ni por parte de Manrique ni del resto de un elenco amarrado al tono contenido, hierático, la narración de ‘Èdip’ camina sin sobresaltos, acentuando la cuestión identitaria –la importancia de saber quién somos-  y el debate clásico: el conflicto entre el destino (el poder de los dioses) y la voluntad humana.

Orillado queda el desafío emocional que supone la relación del rey de Tebas con su esposa y madre, Yocasta (notable Mercè Pons), que daría juego al complejo freudiano. Tampoco ha querido Broggi hacer sangre con el escalofriante pasaje en el que el héroe se arranca los ojos (acontece fuera de escena) al saber de su parricidio e incesto. Una expiación de enorme calado ético que le humaniza y le permite elegir su destino último. Libera así su alma, desgarrada por el mal que ha infringido sin querer.

El reino de la palabra

El elenco (Carles Martínez, Miquel Gelabert, Ramon Vila…) se ciñe a la premisa de contención; solo Creonte (convincente Marc Rius) dispara la tensión en sus encontronazos con Edipo. Todo fluye con naturalidad y a ritmo calmado en una atmósfera escénica que encaja como un guante en el tono sobrio de la propuesta. Aquí reina la palabra, desnuda de retórica, y para empoderarla Broggi ha recurrido a la exquisita simplicidad de Peter Brook (tres cañizos y una rampa como únicos elementos sobre el escenario) y un vestuario atemporal en tonalidades terrosas a excepción del héroe, con traje contemporáneo para darle más proximidad. Su dolor es el de cualquier hombre desesperado por conocer la verdad de su origen.

En el capítulo de méritos hay que destacar también la versión de Jeroni Rubió Rodon, con dramaturgia de Marc Artigau y el propio Broggi, centrada en ‘Edipo rey’ y con algún guiño a Wajdi Mouawad. De regalo, un colofón brillante extraído de ‘Edipo en Colono’: el héroe caído y cegado en brazos de su hija-hermana Antígona. Aquí se luce Clara de Ramon, entonando una deliciosa canción africana. Un broche muy emotivo y poético para despedirnos del inmortal Edipo.