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NUEVA NOVELA

Kiko Amat: "Si algo entiendo bien, es el ansia de desquite"

El escritor de Sant Boi se despoja de su coraza de autor pop para abordar el origen de la locura en 'Antes del huracán'

Rafael Tapounet

Kiko Amat: "Si algo entiendo bien, es el ansia de desquite"

FERRAN SENDRA

Antes de ponerse con la escritura de su quinta novela, Kiko Amat (Sant Boi de Llobregat, 1971) montó una gran pira con todos los tics, ardides y referentes asociados a la cultura pop que habían caracterizado sus libros anteriores y le prendió fuego. Despojado de sus armas habituales, Amat se enfrentó a pelo a la historia de Curro, un preadolescente incrustado en el extrarradio barcelonés de los años 80 que se vuelve literalmente loco al ver cómo su mundo de clase-obrera-que-dice-ser-media se desmorona. Eso (y otras muchas cosas) es lo que explica 'Antes del huracán' (Anagrama). La gran novela santboiana.    

¿Adónde ha ido a parar el Kiko Amat novelista pop?
Ha dejado de existir. Esta novela ya no tiene ninguna de las inercias de cultura pop con las que aprendí a escribir. Aunque sea una palabra un poco fea, he madurado. He cambiado como escritor, y supongo que también como persona. Para mí lo fácil era hacer una narrativa explosiva heredera de Nick Cohn y Richard Brautigan, llena de guiños y referencias. Pero un día ves que esas herramientas, ese destornillador un poco ridículo, ya no te sirve, porque la maquinaria que tienes entre manos es enorme y necesitas herramientas más grandes y un nuevo manual de instrucciones. Y eso es lo que me ha pasado aquí.

'Antes del huracán' no es otra novela sobre Kiko Amat.
En absoluto. Este es el primero de mis libros que no va de mí. Evidentemente, aparecen cosas de mi mundo y surge de mi foco de energía primordial, que es el extrarradio barcelonés de clase obrera de los años 80. Pero esa necesidad de explicarme, de retratar mi universo y enseñar todo lo que me gusta, me resultaba ya un poco insoportable. Era algo que tenía que superar, como un virus intestinal. Lo que yo quería ahora era desaparecer del libro.

Pero sin renunciar a la primera persona.
El libro nació como un intento de hacer una novela cómica al modo inglés, con cierta enjundia pero llena de levedad, ambientada en el mundo de los locos. En tercera persona. Y a la hora de buscar un pasado al protagonista para saber de dónde venía su locura empezó a brotar toda esa infancia terrible, y me di cuenta de que esa nueva historia tenía una hondura y unas posibilidades narrativas muy grandes. Para distanciarla del tono más bufo de la parte del manicomio, recurrí a la primera persona. Pero ni soy Curro ni he tenido una vida como la suya. Para nada.

"La necesidad de retratar mi universo y enseñar todo lo que me gusta era algo que tenía que superar, como un virus intestinal"

Después de una novela ambientada en el presente e impregnada de actualidad ['Eres el mejor, Cienfuegos'], aquí vuelven los años 80. ¿Por qué?
'
Cienfuegos' es una novela fallida, menor, lastrada por un intento un poco holgazán de utilizar herramientas de narrativa pop en un momento en el que yo ya no era así. Quizá salió endeble porque está ambientada en un presente en el que no estoy particularmente interesado, un presente que habito y que me puede resultar confortable pero que no deja muescas ni magulladuras que pasen a mi narrativa. Mis cicatrices pertenecen a ese mundo perdido de la periferia urbana de los 80, así que para que salieran las verdades emocionales, la historia debía transcurrir en ese espacio.

La mirada que recorre ese espacio está desprovista de romanticismo.
Totalmente. A mí me encantan autores como Jim Dodge o Nick Cohn para los que todo es mito, y entiendo que en las culturas de clase obrera, esa mitificación de una realidad que no es particularmente romántica es casi una necesidad para poder sobrevivir. Pero yo ya no hago eso. Aquí quería mirar al pasado sin asomo de nostalgia, sin épica, sin embellecer nada.

Y sin ese sentimiento de orgullo de extrarradio que sí estaba presente en novelas anteriores.
Sí, eso también ha desaparecido. Creo que siempre he querido explicar el extrarradio, y explicarlo bien. Incluso en mi primera novela, si la miras con lupa, hay alguna pequeña tentativa. En 'Cosas que hacen Bum', el principio y el final, que son claramente mis partes favoritas de la novela, pasan en Sant Boi, y eso las hace más creíbles, más vivas. Y en 'Rompepistas' yo ya quería ahondar en ese mundo, pero quería explicar también esa doble rareza de lo que suponía estar en una subcultura. Ahora he querido abrir el angular para explicar una experiencia mucho más amplia. Aquí la rareza ya no se pinta en clave de cantos tribales o de orgullo, sino tal como es. Y con una confesión inesperada para mí, que es el anhelo de normalidad. Uno de los grandes temas de 'Antes del huracán' es lo poco romántica que es la diferencia, lo angustiosa que es la rareza y lo dañina que puede resultar.

"Uno de los grandes temas de la novela es lo poco romántica que es la diferencia, lo angustiosa y dañina que puede ser la rareza"

¿En qué momento adquiriste conciencia de vivir en la periferia?
Muy pronto. Probablemente de pequeño no sabía ponerle nombre, pero ya entonces era muy consciente de que estaba en un lugar alejado del centro, apartado de las cosas que importaban, de las cosas bonitas. Mi mundo no era bonito. Estaba lleno de polígonos, como parches cosidos en una prenda de ropa vieja. Era un mundo en construcción. Todo parecía efímero o en proceso de cambio. El paisaje predominante, casi único, era el solar. Hormigoneras, palés, grúas…

Todo eso ha cambiado mucho.
Sí, claro. Ese proceso de construcción acabó en un momento determinado. Lo que ha quedado tal vez me gusta aún menos que el solar, pero claramente es otro paisaje. El gran proceso de transformación del extrarradio ha terminado, pero el resultado no es demasiado bonito y a mí me cuesta reconocerme en él.

El paisaje humano que puebla el libro tampoco es mucho más atractivo.
Es que aquel era un entorno muy poco benigno con la diferencia. Con toda clase de diferencias. Era un mundo implacable con la debilidad y con aquellos que se salían de la norma. Claro que tengo recuerdos dulces asociados a la infancia, y de hecho en mi caso predominan, pero lo que aquí quería explicar es ese entorno bestia que no te dejaba olvidar que no eras como el resto de la gente, que eras extraño. Los profesores eran violentos, la tele era racista y homófoba… Era un mundo feo.

Kiko Amat. / FERRAN SENDRA

En ese entorno de gente trabajadora parecen pesar más las pequeñas mezquindades que la solidaridad y el orgullo de clase.
Por supuesto que la idea de solidaridad obrera es algo hermoso y deseable, y ha existido y existe, pero ya sea por un talante personal o por unas determinadas circunstancias del barrio en el que crecí, lo que yo vi tiene más que ver con esas inquinas de una pequeñez ridícula. "Odios de hormiga", que decía Limonov. Si miras la clase obrera o media-baja desde un avión, tal vez veas un color más o menos homogéneo, pero si la ves desde dentro, aprecias todas esas diferencias. Ya desde pequeño sabías qué casa era la más cutre, quién iba más sucio, quién llevaba Tórtola o Paredes y quién había escalado a Puma. Y eso es algo que aparece en todo el libro. Supongo que porque justamente esa pequeña mezquindad, esa rabia y esa frustración de gente convencida de que nunca llegará a ningún sitio es el motor creativo de mi obra.

¿Son esa rabia y esa frustración factores determinantes en el auge de una fuerza como Ciudadanos en el extrarradio barcelonés?
Sin duda. Yo quiero creer que entiendo por qué pasa eso, lo cual no significa que me guste. La ruptura del contrato social, la quiebra de las expectativas y las traiciones socialistas llevan a un desencanto absoluto de la clase obrera, y particularmente de la clase obrera de origen inmigrante, que los hace sentir marginados y apartados del juego político. Los votos que obtiene ahí Ciudadanos, un partido que está en las antípodas de lo que yo pienso, surgen de ese desencanto, de esa frustración, y si hay algo que comprendo bien es el ansia de desquite, la rabia que viene de que no te dejen entrar en la fiesta. Claro que si te dejas llevar por esa rabia, igual en la puerta le acabas rompiendo la cabeza a un inocente. O te juntas con los malignos para hacer una avalancha y entrar en la fiesta. La forma en que descargas la rabia casi siempre acaba siendo indigna.

"Los votos que obtiene Ciudadanos en el cinturón surgen de esa rabia que viene de que no te dejen entrar en la fiesta"

Durante muchos años, Sant Boi fue sinónimo de manicomio.
He conocido gente que ni sabía que en Sant Boi había un pueblo. Consideraban que solo era un hospital psiquiátrico. Y de ahí la frase "¡acabarás en Sant Boi!". Ser de un sitio que en la narrativa general equivale al lugar en el que acabas cuando has perdido la razón por fuerza tiene que hacerle algo a tu conciencia; te proporciona atisbos de la realidad, del drama y el caos de la vida. Y de algún modo intuyes que esas vidas estables y ordenadas de pretenden tener las familias de clase obrera y media baja serán destruidas por el mundo de forma implacable.

¿Crecer cerca de un psiquiátrico altera tu sentido de la realidad?
Altera tu sentido de la normalidad. Ese contacto cotidiano con la locura aporta a tu vida un relato de rareza muy novelístico, porque cada día te enfrentas a gente rota o a narrativas delirantes. Los enfermos campan a sus anchas, están en los bares contigo. Y algo ahí te está diciendo que el mundo es azaroso e imprevisible, que todo es efímero y nada es seguro. Se supone que el gran logro en la vida es conseguir un trabajo estable, pero te giras y topas con alguien que cree que tiene un submarino de cristal en la habitación...

Y la frontera entre cordura y extravío salta por los aires.
Claro. Una de las preguntas que plantea el libro es cuál es el punto de fractura, por qué alguna gente se rompe y otra, no. Si los responsables son los genes o el entorno. Y no hay respuesta. En una de las conversaciones, el personaje de Plácido le dice a Curro que sin la cobertura de la aviación, los genes no se habrían atrevido. Es una de las explicaciones posibles.

Hablando de la cobertura de la aviación, toda esa fascinación que en la novela sienten los chavales por los nazis resulta un poco… perturbadora.
Esa es una de las poquísimas cosas autobiográficas que hay en el libro, pero al mismo tiempo es algo compartido por muchísima más gente. Uno de los rasgos distintivos de ese tipo de 'nerd' insolvente y antiatlético del que habla la novela es la fascinación por la segunda guerra mundial y, seamos claros, por el Eje. Y también por los juegos de mesa. Y, claro si jugabas a 'La fuga de Colditz', querías jugar con los alemanes, porque era más divertido. En ese momento de la infancia, te gustaban los nazis como te gustaba Darth Vader: vestían de negro, llevaban botas altas, eran malos.