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PREMIO CERVANTES

Muere Sergio Pitol, el viajero excéntrico

El escritor, traductor y diplomático mexicano ha fallecido a los 85 años de una enfermedad neurodegenerativa

Elena Hevia

El escritor Sergio Pitol, en su casa en el 2015.  

El escritor Sergio Pitol, en su casa en el 2015.   / EFE/ MARIO GUZMÁN

Hacía 12 años que una enfermedad neurodegenerativa afectaba al escritor y diplomático y mexicano Sergio Pitol. En el 2005, cuando apenas se habían presentado los primeros síntomas de la afasia que ha acabado con él a los 85 años en su casa de Xalapa, capital de Veracruz, Pitol recibía el Premio Cervantes. El galardón, paradójicamente, situaba en el centro a un escritor que voluntariamente siempre se quiso excéntrico. Un autor para unos pocos al que le daba un cierto pudor publicar.

También ha sido uno de los más modernos (habrá quien diga que posmoderno, aunque la etiqueta no le hubiera gustado nada) porque pese a que sus libros, exquisitos, beben de la tradición más clásica, de los griegos, de Montaigne y de la literatura rusa, nunca se ajustaron a las reglas de los géneros y ya mezclaban, cuando no era tan usual, ensayo, anécdotas, lecturas y fragmentos, todo ello aliñado por su gusto y su vocación por los viajes. Fueron esos viajes los que lo convirtieron en ciudadano del mundo y no lo devolvieron a su realidad mexicana hasta sus últimos años.

Eslavofilia

Nació en Puebla en 1933. A los cinco años ya había experimentado la muerte de su padre y su madre y, criado por su abuela, unas fiebres palúdicas le obligaron a guardar reposo durante largas temporadas en las que aprovechó para devorar la biblioteca familiar. A Tolstoi, uno de sus autores más admirados, lo leyó con apenas 12 años.

'El arte de la fuga', uno de sus mejores y más característicos textos, da cuenta de su querencia viajera primero como estudiante en Roma y más tarde dedicado a la traducción en Pekín o en Barcelona –donde vivió algunos de sus más fructíferos años entre 1969 y 1972- de autores como Joseph Conrad, Jane Austen, Henry James  o Antón Chéjov. Más tarde entró a formar parte del cuerpo diplomático y esa profesión le llevó a Varsovia, Budapest, Moscú y Praga, donde ejerció como embajador. En el magnífico libro de memorias 'El viaje' da cuenta de su pasión eslava.

Zapatos ajenos

Empezó a publicar relatos a mediados de los años 50 y algunos de los más apreciables están en ‘Nocturno de Bujara’ reeditado por Anagrama como ‘Vals Mefisto’. Pitol desarrolló una mirada alegre y grotesca para observar el mundo y la realidad de su país le dio material con creces. De ahí su trilogía de novelas carnavalescas ‘El desfile del amor’ (1984), ‘Domar a la divina garza’ (1988) y ‘La vida conyugal’ (Premio Herralde de novela, 1991), satíricas y disparatadas.

En lo personal fue, en sus mejores años un conversador incansable, dotado con una particular y divertida malicia tanto para los demás como para sí mismo en anécdotas que relataba con su enjundia mexicana. Una de ellas, como recordó su paisano Álvaro Enrigue, la relató en ‘El mago de Viena’, uno de sus excelentes libros memorialísticos en los que detalló el feliz periodo que vivió en La Habana. En la capital cubana, Pitol pilló una borrachera mastodóntica de la que se despertó al día siguiente con un olvido absoluto de lo ocurrido y unos zapatos que no eran los suyos. Empezó a preocuparse hasta que se dio cuenta de que los zapatos eran italianos de piel finísima y le sentaban como un guante. El ojo certero de Pitol era capaz de convertir esa pequeña historia no solo en una obra de arte sino también en una divertida metáfora del sinsentido de la realidad. 

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