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NOVELA NEGRA

Bernard Minier: "Los niños son tan malos como los adultos"

El autor, uno de los escritores de género policiaco más leídos en Francia, aborda el tema de la paternidad en 'Noche', un relato que vuelve a enfrentar al comandante Martin Servaz con el psicópata Julian Hirtmann

Eva Cantón

Bernard Minier.

Bernard Minier. / Bruno Levy

Este antiguo inspector de aduanas nacido en el Pirineo francés suele elegir ambientes gélidos para sus historias, como si quisiera acentuar la sensación de escalofrío que provoca un crimen. 'Noche', su quinta novela, publicada por Salamandra, arranca con las pesquisas de la inspectora noruega Kirsten Nigaard en una plataforma petrolífera del mar del Norte. Sus hallazgos la conducen a Francia para colaborar con el comandante Martin Servaz en la persecución del asesino en serie Julian Hirtmann. "Es un guiño a la literatura escandinava", dice Bernard Minier (Béziers, 1960) durante su entrevista con EL PERIÓDICO en la planta 47 de la Torre Montparnasse, donde tiene la sede su editor francés.

Después de un paréntesis de algo más de un año, vuelve a recuperar al comandante Servaz. ¿Lo echaba de menos?
Sí. Tenía ganas de reencontrar al personaje y de que tuviera un cara a cara con Hirtmann, como en las películas del Oeste. Pero necesitaba una buena razón para escenificar ese enfrentamiento.

Y lo encontró en un niño enfermizo llamado Gustav. ¿Cómo surgió la idea?
Era un tema que me rondaba en la cabeza. Contrariamente a lo que dice Rousseau, no creo que los niños sean inocentes y que sea la sociedad quien los corrompa. Cuando veo lo que pasa en el patio del colegio… Los niños son tan malos como los adultos.

Cuando afirma que todos los personajes cuentan algo de nosotros mismos, ¿quiere decir que hay en usted algo de Hirtmann?
Es una pregunta que me hacen muchas veces. Creo que no tengo nada de Hirtmann, pero tampoco he querido construir un súper villano, un genio del mal totalmente desconectado del resto de la humanidad. Intento encontrar algún aspecto que permita identificarnos con él. En esta novela es la paternidad. Siempre me viene a la cabeza el ejemplo del criminal de guerra nazi o de los padrinos de la Mafia y de sus sentimientos hacia su familia y sus hijos.

¿Eso significa que todos somos buenos y malos a la vez?
Es difícil responder, porque nada es blanco o negro. Todo es gris. Es una cuestión de grado. Lo que cuenta es si hemos hecho más acciones buenas que malas. De qué lado se inclina la balanza.

Un capítulo de la novela tiene un título llamativo, 'Los hijos nos hacen vulnerables'. ¿No es al revés? ¿No nos hacen más fuertes?
Efectivamente, nos hacen más fuertes, pero por necesidad. Imagine una situación de peligro. Si no tenemos hijos podemos huir, dependemos solo de nosotros mismos, pero si tenemos que proteger a un niño, eso lo cambia todo. Las opciones se reducen. Eso es lo que nos hace vulnerables. Estamos obligados a hacer frente a la amenaza para protegerles y a ser más fuertes.

En su geografía personal, en el mapa de su imaginación, ¿a qué sitio quiere llevar al lector?
Mi territorio se parece un poco al de los cuentos de hadas. Hay mucho bosque, mucho frío, mucha noche. Quiero que mi lector adulto regrese al estado de la infancia, al del niño que se clava a la historia que le están contando. Aunque esté aterrorizado quiere que le sigan leyendo.

"En situaciones extremas es cuando las máscaras caen y se ve lo que hay detrás del barniz de civilización que tenemos en la vida diaria"

En sus novelas hay también diferentes respuestas ante el peligro.
En situaciones extremas es cuando las máscaras caen y se ve lo que hay detrás del barniz de civilización que tenemos en la vida diaria. La novela negra es eso. Coger a gente normal, colocarla en situaciones extraordinarias y ver cómo reaccionan. Nuestros personajes son ratones de laboratorio.

Un personaje secundario, un psiquiatra, sitúa la imaginación entre la normalidad y la patología. ¿Está de acuerdo?
La imaginación sigue un proceso misterioso. Parte de la normalidad, de lo real, de nuestros conocimientos, nuestros recuerdos y nuestra memoria y, de repente, damos un salto hacia lo desconocido. La imaginación se convierte en patológica cuando no se puede controlar. A mí me pasa.

¿Y cómo lo gestiona?
Escribiendo. Lo he convertido en un oficio, así puedo canalizar la cosas.

Otro pasaje habla de la percepción de la libertad dependiendo de la edad. ¿Es una reflexión sobre la desilusión o sobre el realismo?
Las dos cosas. Cuando se llega a mi edad hay que ser realista. Uno se da cuenta de que tiene menos margen de maniobra de lo que pensaba a los 20 años y, sobre todo, de que las decisiones que se toman de joven son sumamente importantes. Es verdad que se puede cambiar radicalmente de dirección en cualquier momento pero cuando hemos metido el dedo en un engranaje es complicado.

Sin embargo usted lo hizo a los 50 años…
Podría haberlo hecho antes, pero me pasé 25 años en las aduanas.

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