EL ANFITEATRO

Un 'Satyricon' con poca sátira

La ópera de cámara de Bruno Maderna llega al Festival de Pasqua de Salzburgo con una buena interpretación musical y una floja puesta en escena

Una escena de la ópera de cámara ’Satyricon’, de Bruno Maderna, en una nueva producción estrenada en el Festival de Pascua de Salzburgo.

Una escena de la ópera de cámara ’Satyricon’, de Bruno Maderna, en una nueva producción estrenada en el Festival de Pascua de Salzburgo. / OFS / CREUTZIGER

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Rosa Massagué

En los años 60 y 70 todo el arte tenía una declarada intención política, de denuncia y protesta. Federico Fellini encontró en ‘El Satiricón’, del romano Petronio, un instrumento para poner de manifiesto la decadencia de la sociedad desmoralizada de aquellos tiempos. Cuatro años después, en 1973, el compositor Bruno Maderna (1920-1973) estrenó su última obra escénica, ‘Satyricon’, basada también en aquella obra antigua. El compositor aseguraba haber escogido aquel texto porque retrataba una sociedad que no es mejor ni peor que la nuestra. Eso era así en el siglo XX y lo es en el XXI.

El Festival de Pascua de Salzburgo ha estrenado una nueva producción de esta ópera de cámara dentro de la línea de presentar óperas contemporáneas en este formato como ya hizo el pasado año con ‘Lohengrin’, de Salvatore Sciarrino, junto a las grandes producciones del repertorio operístico. La producción resulta musicalmente muy lograda, pero nada convincente escénicamente. Es un ‘Satyricon’ sin sátira, sin gracia y si humor.

En la música de Maderna conviven dos almas musicales. Una de las personas que ejerció una mayor influencia en el compositor fue el musicólogo Gian Francesco Malipiero, influencia visible en su admiración por la música renacentista y barroca y en el uso que hacía de ella en sus composiciones. Su otra alma era la vanguardia que se cocinaba en el Instituto Internacional de Música de Darmstadt junto a Pierre Boulez, Luigi Nono o Karlheinz Stockhausen, aunque nunca asumió por completo sus postulados.

‘Satyricon’ se centra en una de las narraciones de la obra de Petronio, en ‘La cena de Trimalción’, que desarrolla un banquete ofrecido en la casa del antiguo esclavo que se ha hecho riquísimo. La ópera se divide en 16 secciones que se pueden interpretar en cualquier orden. Estilísticamente hay de todo un poco. La partitura reelabora fragmentos de Monteverdi, Gluck, Wagner, Puccini o Weill, y en ocasiones son citas literales. El libreto también es lingüísticamente muy variado escrito en cinco idiomas, entre ellos el latín, aunque hay un dominio del inglés.

Vocalmente, Maderna asigna a cada personaje un determinado tipo de música. Así por ejemplo, la música para Fortunata es jazzística, la de Eumolpus y Quartilla es barroca, Habinnas va por la vía del romanticismo y la de Trimalchio resulta muy variada con el sonido de supuestas ventosidades incluido.

El reparto es muy homogéneo con la mayoría de voces procedentes de la Semperoper de Dresde, teatro que coproduce este ‘Satyricon’ junto al Comunale de Módena, destacando las de Tom Martinsen (Trimalchio), Michal Doron (Fortunata), Katarina von Bennigsen (Scintilla), Timothy Oliver (Habinnas) y Matthias Henneberg (Eumolpus). El factótum que consigue que musicalmente todo funcione y funcione bien es el director Peter Tilling al frente del Ensemble Austríaco para la Nueva Música (oenm).

De la puesta en escena firmada por Georg Schmiedleitner no hay gran cosa que decir, solo que desaprovecha un tema tan rico como es la decadencia de una sociedad que solo valora el hedonismo y la mundanidad para presentar una pastiche poco comprensible. Tener a Trimalchio paseando por el escenario en americana y calzoncillos mientras los espectadores van entrando en la sala del teatro Republic podía tener gracia hacia unos años, pero ya no. Y poner de figurantes a dos macizos recubiertos de pintura dorada, con correajes y hocico de perro que entran y salen de unas neveras gigantes cargadas con botellas de  champaña, pues tampoco.

No todo es ópera en el Festival de Pascua de Salzburgo. La música de cámara y la sinfónica ocupan un lugar destacado. Uno de los conciertos más interesantes de la programación estaba dedicado a dos grandes compositores de nuestro tiempo a Sofia Gubaidulina y a Olivier Messiaen, dos autores de una profunda religiosidad capaces de llegar a lo más profundo del alma humana. De la compositora rusa se interpretó ‘Die Pilger’ (‘Los peregrinos’) para violín, contrabajo, piano y percusión. La próxima edición de festival contará con el estreno absoluto de una nueva obra de Gubaidulina.

De Messiaen se escuchó el ‘Cuarteto para el fin de los tiempos’, una obra escrita y estrenada en 1941 en un campo de prisioneros de guerra. Fueron intérpretes de ambas obras músicos solistas de la Staatskapelle Dresden a los que se unieron la violonchelista Sol Gabetta y el pianista Bertrand Chamayou en la obra del compositor francés.

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