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CRÓNICA

'The end': la heroína virtual Hatsune Miku impacta en el Auditori

El Auditori acogió una representación de esta experiencia sensorial a base de j-pop experimental y animación por ordenador

Juan Manuel Freire

La diva virtual Hatsune Miku, en un momento de The end

La diva virtual Hatsune Miku, en un momento de The end

¿Hay algo que Hatsune Miku no pueda hacer? Ha colaborado con Pharrell, teloneado a Lady Gaga, cantado cientos de miles de canciones y, desde el 2012, protagoniza su propia ópera. Nadie sabe cómo lo hace. O sí: Miku puede desdoblarse en infinitas direcciones porque, técnicamente hablando, no existe. Es un banco de voz en un programa de edición musical y cualquier otaku más o menos habilidoso puede proponerle nuevos desafíos de todo tipo.

Decimos otaku y no ciudadano, sin más, porque Miku fue lanzada por la compañía de software Crypton Future Media con el público del anime y del manga en mente; la actriz vocal de animación Saki Fujita fue grabada para crear el banco de voz.

A principios de década, el músico experimental Keiichiro Shibuya sometió a Miku a una de sus más duras pruebas: dar el pego como protagonista de la primera ópera Vocaloid (así se llaman el software del que forma parte la estrella y sus diferentes personajes), 'The end', en la que no canta sobre primeros amores sino sobre lo que significa existir y, sobre todo, dejar de hacerlo. Miku ha superado con creces la prueba, si nos atenemos al gran éxito de la obra por todo el mundo desde el 2012.

'The end' se estrenó el martes por fin en Barcelona, en el Auditori, en un evento conmemorativo del Sesquicentenario del Establecimiento de Relaciones Diplomáticas entre Japón y España. Excusa solemne para una velada que, pese a su temática (muerte, muerte, muerte), no es tanto grave como explosiva.

El comienzo engaña. Shibuya, alojado en un prisma cuyos bordes cambian de color, lanza tranquilos arpegios de cuerda sintética mientras la voz de Miku emerge casi de forma tímida. El recitativo 'Miku and animal' ya nos avisa en qué consistirá el resto de la función: imágenes de Miku saltando entre diferentes planos de irrealidad mientras la música de Shibuya golpea con fuerza emotiva a través de estribillos gloriosos y una producción que, canción a canción, adquiere graves más graves. Cuatro grandes pantallas colaboran en generar una sensación multidimensional: casi podemos creer que Miku existe. El sistema de sonido envolvente puede tanto acoger como estrujar o asustar.

Entre el público del Auditori encontramos esta noche a gente joven, muy joven, enfrentada (quizá por sorpresa o quizá no, porque el otaku se informa) con advertencias del tipo "tú también vas a morir" y pensamientos circulares sobre la inevitabilidad de eso, de pasar al otro barrio. El artista YKBX sirve visuales a veces turbadores, poniendo a Miku una máscara de gas o haciéndole abrir la boca para llevarnos de paseo por su organismo, un poco como haría después el artista Jesse Kanda con Björk en el vídeo de 'Mouth mantra'.

No importa demasiado que todo el armazón dramático se basara en preguntas existenciales algo reiterativas lanzadas al vuelo, o que hubiera varios falsos finales: la sensación final fue de haber asistido a una experiencia única e irrepetible. Por suerte para nuestros tímpanos, porque la fase final se acercó en terror sónico al mítico concierto de My Bloody Valentine a puerta cerrada en el Primavera del 2009.

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