Un alivio en el Liceu

Valentí Oviedo, el nuevo director general del Liceu, en una imagen de archivo.

Valentí Oviedo, el nuevo director general del Liceu, en una imagen de archivo. / ACN / LAURA BUSQEUTS

2
Se lee en minutos
Rosa Massagué

Un respiro de alivio. Esta es la primera reacción al nombramiento de Valentí Oviedo como director general del Liceu. Alivio porque desde la llegada de Salvador Alemany a la presidencia de la fundación del teatro se están tomando decisiones que rompen la dinámica estéril de los últimos años. Oviedo tiene un perfil de gestor vinculado al mundo de la cultura con amplios intereses musicales que van más allá del mundo operístico más estrecho y rancio, y con una mirada abierta a la contemporaneidad. Aunque su experiencia no es muy larga en el tiempo, los suyos son buenos avales para la dirección de un coliseo de La Rambla caído en una mediocridad que ni siquiera la presencia de Jonas Kaufmann en tres representaciones protagonizando ‘Andrea Chenier’ puede rescatar.

La sensación de alivio obedece también a lo que podía haber sido. Hubo 42 candidatos al concurso para acceder a la dirección y entre los cinco o seis nombres que daban las quinielas –el de Oviedo figuraba desde el primer día— había lo que un buen amigo llama unas cuantas ‘momias’, personajes bien conocidos, con un larguísimo recorrido en el mundo de la política cultural.

Hay varios modelos de dirección de un teatro de ópera. Uno es el que no tiene la figura de un director general y es el artístico el que asume la máxima responsabilidad acompañado por un buen administrador. Otro modelo contempla la figura de un director todopoderoso que interviene en el trabajo del artístico y acaba siempre oscureciéndolo no necesariamente en beneficio del teatro. Hay también quien considera que un director artístico no tienen porqué estar vinculado directa o indirectamente al mundo de la cultura.

Noticias relacionadas

En la última etapa del Liceu, iniciada cuando el teatro ya estaba en crisis, la dirección general de Roger Guasch, un hombre del mundo empresarial sin ninguna conexión con la cultura, había tenido como único objetivo  cuadrar las cuentas. Al parecer dicho fin se ha cumplido, pero ha sido a costa de una pérdida de calidad con una programación poco atractiva y una política de precios que ha soliviantado a la afición. Y la crisis no se ha resuelto. El necesario proyecto de renovación orquestal puesto en marcha por Josep Pons está inacabado y el del coro, por empezar (bastaba ver su actuación ayer en ‘Andrea Chénier’).

Es una obviedad decir que Oviedo llega en un momento difícil, pero es la pura verdad. Cabe esperar que las administraciones públicas concedan al teatro lo que le han negado en el pasado. También es necesaria una buena política de mecenazgo y patrocinio (ya sé que las comparaciones son siempre odiosas, pero el Teatro Real ha logrado el 75% de autofinanciación para el presupuesto de este año). Junto a la buena gestión administrativa del teatro, lo que hay que esperar del nuevo director general es un impulso muy necesario a la creación artística. Que tengamos suerte, Oviedo y los aficionados a la ópera.  

Temas

Liceu