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CRÓNICA

Niño de Elche, los caminos de lo flamenco

El cantaor desplegó sus artes heterodoxas en un vibrante recital en Barts

Jordi Bianciotto

El Niño de Elche, luciendo tipo, durante su actuación en  la Sala Barts.

El Niño de Elche, luciendo tipo, durante su actuación en  la Sala Barts. / FERRAN SENDRA

El flamenco del Niño de Elche es así de grande y no tiene tanto que ver con unos compases y unas líneas de guitarra de cumplimiento obligatorio sino más bien con un espíritu y una actitud ante el arte, aunque el mismo cantaor reconociera, este viernes en Barts (festival Guitar BCN), que el irónico enunciado de su nuevo disco, el doble Antología del cante flamenco heterodoxo, incluye zonas de bruma y, quizá, de cierta especulación. "Aún seguimos sin saber exactamente qué es ese cante, pero viene muy bien para los titulares", bromeó, compensando de pasada la gravedad de su propuesta, en la frontera de lo que podríamos tachar de pretencioso.

Pero el Niño de Elche es en primer término una presencia con carisma y un cantaor de altura, que ha dominado la plástica figurativa antes de meterse en la abstracta, y su voz es lo primero que te llega y que te atrapa, como en esa Farruca de Juli Vallmitjana que rompió el silencio en sencilla alianza con la guitarra de Raúl Cantizano. Un cante en catalán, si bien, para el Niño, "lo flamenco" no es de aquí ni de allá, y del mismo modo que sobrevuela las pautas se acoge, dijo, "a la no nacionalidad".

De Shostakóvich a Tim Buckley

Poco a poco, las capas electrónicas suministradas por su otra cómplice, Susana Hernández, fueron poniendo fondos oscuros, litúrgicos, en El prefacio a la malagueña de El Mellizo y la Saeta del mochuelo, mientras Cantizano utilizaba el arco y extraía otros sonidos de la guitarra. Y donde más lejos llegó el cantaor (y teórico) fue en el trío de piezas que, a través de la fascinación extranjera por Lorca, extrajeron propiedades flamencas de la vanguardia histórica de George Crumb, del canto de la sinagoga evocado en su día por Shostakóvich y de la hondura emocional de Tim Buckley. Esta última, en una Deep song que se asentó en la larga composición Lorca, de 1970, sobre un sustancioso bucle de guitarra con aroma bluesístico.

Pero, más allá de todo ese aventurado trazado argumental, el Niño fue cobrando altura cante a cante, brindando una sensibilidad extrema en el Fandango cubista de Pepe Marchena, que abordó situándose en el patio de butacas, y quitando luego un poco de hierro al temario con El tango de Menegilda, "sobre la épica de los de abajo", con citas a la zarzuela La Gran Vía, y más aún en esa Rumba y bomba de Dolores Flores que acabó sacudiendo la sala entre ráfagas de rap prestadas de la mismísima Lola Flores con vistas a Puerto Rico. El Niño, completando con buen humor un viaje que representa otro desafío al establishment flamenco dos décadas después de aquel Omega, de Morente y Lagartija Nick.

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