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CRÓNICA DE TEATRO

El diván de los inconsolables

Pablo Messiez sorprende en el Lliure con el lúcido y original 'El temps que estiguem junts'

Imma Fernández

Escena de la obra de teatro  El temps que estiguem junts.

Escena de la obra de teatro El temps que estiguem junts. / ROS RIBAS

El argentino Pablo Messiez, como dice su compatriota Daniel Veronese, es un encantador de espectadores. Abre mundos y los embasta oscuros y a la vez luminosos. El director de la laureada La piedra oscura, asiduo en la cartelera madrileña, sorprende ahora en el Espai Lliure con El temps que estiguem junts, una creación para los jóvenes de La Kompanyia Lliure en la que superpone dos realidades que acontecen en un mismo espacio a un lustro de distancia.

El innovador juego espacio-temporal, que al inicio puede despistar a más de uno, es el gran hallazgo formal de un montaje que sondea con hondura la inconsolable soledad de una joven generación dolorida, extrapolable a todas. Bajo una pátina de realismo mágico, dos ideas marcan el camino de los personajes: la necesidad del otro para superar los obstáculos y los retos de la convivencia.

¿Qué es mejor para entendernos, hablar o callar?, se plantea el dramaturgo, que en su juego de extremos nos lleva desde la poética más desoladora e íntima hasta unas acciones extravagantes, catárticas y divertidas, pasando por alguna historia de fantasmas que acaban dialogando y entendiéndose. Todo encaja -y son muchas cosas- bajo la hábil batuta de Messiez, aunque un poco de tijera redondearía el montaje.

Enamorados e inconsolables

Entramos en el comedor de una casa con el mobiliario, y algo más, escondido bajo las sábanas. Una pareja en la cúspide del amor visita un piso con la propietaria y en un par de pestañeos decide alquilarlo y edificar allí su nido. Mientras los enamorados retozan (ellos son Clàudia Benito y Eduardo Lloveras), en una escena paralela, y temporalmente anterior, asistimos a una terapia grupal. Son los inconsolables (Joan Amargós, Quim Àvila, Raquel Ferri, Andrea Ros, Joan Solé y Júlia Truyol), chicos desamparados con un objetivo común: compartir y vehicular el dolor que arrastran; superar las pérdidas. Corazones rotos que buscan recomponerse con silencio reparador, juegos y músicas sanadoras (como la de For me formidable de Charles Aznavour). Mientras ellos intentan avanzar, los amantes siguen el camino inverso. Ya no se entienden en la diferencia.

Cuesta, en función de la ubicación del espectador, seguir todas las réplicas por la sobreposición de historias y hay algunos excesos (alguna afectación exagerada), pero la originalidad de la propuesta, la lucidez del texto y la espontaneidad y buen oficio del elenco sobresalen por encima de todo. A un paso del 8 de marzo, diremos que, en general, el trabajo de las actrices supera esta vez al de los actores.

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