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OTROS ESCENARIOS POSIBLES

"¡No nos libramos del fascismo!"

Soziedad Alkohólika reunió a un millar de fans en la Faktoria d'Arts de Terrassa para ejercer una libertad de expresión y pensamiento crítico que han defendido con uñas y dientes durante décadas

Nando Cruz

Concierto de Soziedad Alkohólika en la Faktoria dArts de Terrassa

Concierto de Soziedad Alkohólika en la Faktoria dArts de Terrassa / ROBERT RAMOS

La Faktoria D'Arts está a solo 200 metros de la rambla de Egara, principal arteria viaria de Terrassa. Tan céntrica que es su ubicación que al restaurante de al lado le pusieron de nombre El Rovell de L'Ou. Este local musical polivalente funciona como discoteca, club de karaoke y sala de conciertos en la que tanto puede actuar el grupo indie Los Punsetes, los raperos canarios Locoplaya, lo que queda de OBK y bandas de versiones de Dire Straits y El Último de la Fila.

Esta semana la Faktoria se convertía en la primera sala catalana en la que Soziedad Alkohólika presentaba su último disco Sistema antisocial. Para la prensa generalista no es algo relevante, ya que todo lo que no ocurre en Barcelona no existe, pero en el Vallés es todo un acontecimiento. Hace rato que la plaza que hay frente a la sala se ha convertido en punto de reunión de fans del quinteto vitoriano también conocido como S.A.. Se les conoce a la legua porque muchos llevan camisetas del grupo. Hoy alguno incluso luce txapela.

Lo primero que se divisa al entrar en el local es el gigantesco puesto de camisetas (15 euros) y sudaderas (a 25). Tienen casi tantos modelos a la venta como canciones han compuesto en sus ya 30 años de carrera. Su logotipo, estrenado en su primera maqueta, allá por 1990, es el mayor éxito del diseño corporativo metalero de este país. Uno de cada cinco espectadores entra en la sala con su camiseta de S.A. y, aun así, hoy se venderán como churros.

Calvas, crestas y melenas

En Faktoria caben mil personas. Las entradas están agotadas. Los últimos en llegar se abren paso como pueden para llegar lo más cerca del escenario. Los tiradores de cervezas de las barras funcionan a pleno rendimiento. La media de edad es alta. Hay calvas, crestas viejas y melenas canosas. Hay matrimonios y parientes. "Cuñado, yo me voy más atrás, que aquí no se puede respirar", se oye junto a la mesa de sonido. La mesa de sonido es tan grande que sobre ella podría cenar una docena de comensales. Amenaza volumen brutalísimo.

La música agresiva y brutal, sí. Es una respuesta a la brutalidad social en la que ha crecido este grupo y todos los aquí reunidos

Un mantra grave, un cambio de iluminación repentino y, bajo los focos azules, aparecen los cinco Soziedad Alkohólica, como superhéroes del thrash-hardcore, tocando Alienado. "No puedo entender qué hay en tu cerebro / Morir dejándote arrastrar sin nada que objetar / No puedo entender", expele Juan, el cantante, con su voz gutural. El medidor de volumen marca 109.6 decibelios. El público está totalmente metido. Vocifera la letra de Causas podridas como un catecismo exorcizador. La música es agresiva y brutal, sí. Es una respuesta a la brutalidad social en la que ha crecido este grupo y todos los aquí reunidos.

"¡No nos libramos del fascismo!", suelta Juan en la primera pausa para anunciar Tiempos oscuros, canción del disco homónimo de 2003. “Llega la hora del exorcismo, llega la hora de la venganza, llega la hora de que los muertos vuelvan a ser solo muertos”, propone la letra. Y el público la berrea. La sala se ha transformado en un inmenso pogo. La zona tras de la mesa de sonido suele ser un espacio seguro, pero no en Terrassa y no en un concierto de S.A.. Se forman pogos tras la mesa, junto a la barra y al fondo de la sala.

Política del miedo

El alud eléctrico presiona los tímpanos y empapa los cuerpos. La iluminación, sincronizada a la perfección, potencia los continuos cambios de ritmo y aún magnifica más la estampa del grupo, a lo lejos. Imposible no sentir la sacudida. Alrededor, la gente vocifera: "Hay que estar preparados / para todo lo que nos viene encima / inminentes amenazas / que no puedes entender". Son versos de Política del miedo, canción grabada hace una década junto a los raperos Violadores del Verso. Son versos de máxima actualidad. Y no son los únicos.

Cuando tocan Palomas y buitres, en la que denuncian que Euskal Herria no tenga posibilidad de decidir su futuro como nación, emerge entre el público una pancarta de Llibertat Presos Polítics. "Sin respeto, nada va a cambiar / Sin justicia no veo el final / Sin libertad, nada va a cambiar / Sin dialogar, no habrá paz", dice la canción. Juan dedica el clásico S.H.A.K.T.A.L.E. (acrónimo de Siempre Hay Alguien Ke Te Amarga La Existencia) a Inés Arrimadas. Y Piedra contra tijera no puede tener otro destinatario que la ley mordaza cuyos efectos están causando constantes vulneraciones de la libertad de expresión.

El grupo vitoriano conoce mejor que nadie los efectos de esa ley del 2015. La sufrieron muchos años antes de que entrase en vigor. Aún la padecen, pese a que en el 2006 la justicia lo absolvió de la acusación de apología del terrorismo. Pero S.A. nunca ha jugado al victimismo y la queja. Siguen en activo y siguen a lo suyo, fomentando el pensamiento crítico y el desahogo a través de la música mediante letras como la de Fugitivos. "Ya no queda aire que respirar / Si no estamos alerta, será el final", canta el público. Es una metáfora del asfixiante clima político, pero también es una descripción literal del Faktoria d’Arts.

Alguien, en cada momento de la historia, en cada país, debe poner música a tanta insatisfacción. Alguien ha de vehicular tanta desesperación social y sublimarla en canciones

Dos chicas cruzan como pueden entre la muchedumbre en busca de una zona más respirable. Son componentes de Worth, el quinteto femenino que ha abierto el concierto. El único lugar seguro es un apartado elevado que hay a la izquierda. Allí hay un chaval de unos ocho años con minicresta y camiseta de S.A.. Sentado en una mesa, contempla el aquelarre con inquietud. Cuando suena ‘Sangre al fin’, su padre, por detrás, se le acerca para cantarle al oído eso de "luchas por la libertad". Acto seguido, el chaval oirá algo insólito en un concierto de thrash: una armónica. El pandemonio sigue con ‘Cienzia asesina’.

Las paredes del local se deben de estar están agrietando. O, al menos, se estarán abombando por la presión de la música y del propio público, enajenado por unas letras que les tocan muy hondo. Ningún grupo extranjero de thrash metal podría activar los resortes que activan ellos. La comunión y complicidad son absolutas. Nadie necesita subtítulos para entender la letra de Ratas: “Nos educan para necesitar políticos profesionales / Y nos quedamos sentados en el umbral de la indiferencia / A cambio nos dan este mundo de ratas”.

La gran fiesta del descontento

En los bises las lámparas colgantes que iluminan las barras saltan por los aires. Estamos en la gran fiesta del descontento. Es toda una lección de sociología observar cuánta gente se sabe de memoria y clama sus canciones. Algunos los hacen con los ojos rojos de rabia. Otros, entre risas liberadoras, abrazados al colega. Otros, con cara seria y mirada perdida. Esa veinteañera en cuya sudadera negra se lee el lema Antifascistas Siempre, tararea sonriente Sin Dios ni na, canción publicada cuando ella ni había nacido. Es cultura popular.

Tras Nos vimos en Berlín, Juan agarra la pancarta de Llibertat presos polítics y la exhibe, respaldado por sus músicos, ante los aplausos del público. Termina el concierto. El suelo está empapado. Es vapor de rabia condensado, es el sudor de desahogo del millar de personas reunidas hoy. Alguien, en cada momento de la historia, en cada país, debe poner música a tanta insatisfacción. Alguien ha de vehicular tanta desesperación social y sublimarla en canciones. Cada concierto de S.A. es el grito de alerta de un sector de la sociedad, mucho más numeroso de lo que parece, ante situaciones cada día más insostenibles.

Hay que ver a Soziedad Alkohólika al menos una vez en la vida. Igual que a Bruce Springsteen, Pet Shop Boys, Joao Gilberto o The Skatalites. Después de 30 años de oficio, su directo sigue siendo una epifanía y un apocalipsis, una realidad cruda y aplastante. Ver en directo a S. A. es como volver a nacer. Con algún morado en el brazo y varias manchas de cerveza, pero volver a nacer.