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68ª EDICIÓN DE LA BERLINALE

Un Oso de Oro inexplicable para 'Touch me not', de Adina Pintilie

El jurado otorga premio principal del Festival de Berlín a la ópera prima de la directora rumana, en una decisión decepcionante que culmina un flojo concurso

Nando Salvà

Adila Pintilie, con el Oso de Oro por su triunfo en la Berlinale 2018 con Touch me not

Adila Pintilie, con el Oso de Oro por su triunfo en la Berlinale 2018 con Touch me not / AFP / TOBIAS SCHWARZ

Podemos tratar de encontrar explicaciones. Por ejemplo, que las deliberaciones del jurado presidido por el director alemán Tom Tykwer -y que también han integrado la actriz Cécile de France y el exdirector de la Filmoteca Española Chema Prado, entre otros- no debieron de ser fáciles. O que, después de todo, quizá el único palmarés consecuente con una selección de películas tan decepcionante e inexplicable como la que la Berlinale ha ofrecido este año fuera uno igualmente decepcionante e inexplicable. Nada de eso, sin embargo, hace que el Oso de Oro obtenido esta noche por Touch me not, debut en el largometraje de la rumana Adina Pintilie, resulte menos chocante.

Decir que se trata de un honor inmerecido es quedarse increíblemente corto: se trata sin duda de una de las peores películas presentes este año en la pugna por los premios. En circunstancias normales, de haber participado en una competición ajustada a los estándares de calidad artística que se consideran pertinentes en un festival de la categoría de este, lo más probable es que hubiera acabado volviendo a casa de vacío. Pero, en su 68ª edición, las circunstancias del certamen alemán no han sido normales. Más sobre el tema en párrafos posteriores.

La victoria, en cualquier caso, sirve esencialmente para que quede de manifiesto una vez más qué injustas y subjetivas son este tipo de competiciones. Pedro Almodóvar, sin ir más lejos, lleva toda su carrera paseando sus películas por el mundo y jamás ha recibido el primer premio de ninguno de los tres grandes festivales europeos. Y lo mismo puede decirse de cineastas indiscutibles como Jim Jarmusch, David Cronenberg o Olivier Assayas. Que ahora Adina Pintilie tenga en su currículo un honor del que ellos carecen añade una dosis adicional de sinsentido a lo sucedido esta noche.

Esencialmente, Touch me now se sirve del periplo de una mujer madura en crisis para ofrecer un muestrario de diferentes terapias sexuales; para ello, la directora por un lado nos ofrece un catálogo de imágenes de prácticas sadomasoquistas, masturbaciones en primer plano y anatomías deformes; y por otro acumula montañas de palabrería new age que funciona como significante de la más absoluta nada. Es una película que existe exclusivamente para provocar, y vaya si lo ha logrado: también se ha llevado el premio a la mejor ópera prima, que otorga un grupo distinto de jueces.

También altamente discutible resulta el Premio Especial del Jurado, segundo galardón en importancia, concedido a la cinta polaca Twarz. Si exceptuamos los golpes certeros que propina a la iglesia católica de su país, la película desaprovecha casi por completo el potencial alegórico de su premisa -tras sufrir un trasplante de cara y quedar desfigurado, un palurdo racista sufre en sus carnes el mismo trato que él daba a los gitanos-. ¿Es casualidad que también Twarz esté dirigida por una mujer, Malgorzata Szumowska? Dado lo cuestionables que son las dos grandes ganadoras de la noche, resulta tentador pensar que el jurado ha usado sus decisiones para hacer política.

Algunos premios justos

Es en sus escalones inferiores que el palmarés cobra sentido. Nada que objetar al premio al Mejor Director concedido a Wes Anderson por Isla de Perros, que de hecho es la mejor película de cuantas competían; ni a los dos galardones -Alfred Bauer y Mejor Actriz para Ana Brun- obtenidos por Las herederas, del paraguayo Marcelo Martinesssi; el reconocimiento al guion de Museo, del mexicano Alonso Ruizpalacios, es perfectamente comprensible, y lo único verdaderamente cuestionable del premio al Mejor Actor otorgado al joven Anthony Bajon por The prayer es que conlleva el olvido de las estupendas interpretaciones que Franz Rogowski ofrece en Transit y En los pasillos.

En cualquier caso, este palmarés promete cargar aún más de razón todas las críticas de las que la Berlinale viene siendo objeto en los últimos años y especialmente en los últimos meses, desde que el pasado noviembre un nutrido grupo de cineastas alemanes publicó una carta abierta en la que en la que lamentaba el déficit de calidad y la falta de criterio crecientes que el certamen ha venido sufriendo desde que Dieter Kosslick asumió la dirección del certamen en 2001. Tras la edición del 2019, Kosslick abandonará su puesto. Aún le da tiempo a romper algo más antes de irse.

Llamativas ausiencias en el palmarés

Dos son las ausencias más sonadas que se detectan en el palmarés. La primera es la del thriller Utoya, 22 de julio, de Erik Poppe, cuya recreación del atentado terrorista que en el 2011 acabó con la vida de 69 jóvenes noruegos posee una radicalidad formal que probablemente causó grandes divisiones en el seno del jurado. La segunda engloba a todo el cine alemán. El país anfitrión ha aportado este año cuatro títulos a la competición -aunque de coproducción germana, la ganadora del Oso de Oro es una película rumana-, y todos ellos han acabado volviendo a casa de vacío. El hecho resulta especialmente llamativo en el caso de Transit, de Christian Petzold, una de las cintas más valiosas del concurso. ¿Será que Tom Tykwer, presidente del jurado y alemán de pura cepa, quiso evitar que se le acusara de barrer para casa?

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