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CRÓNICA DE TEATRO

'Si mireu el vent d'on ve': tensión familiar cocinada a fuego lento

Emma Vilarasau se multiplica en el Lliure en el rol de la dura y desquiciada protagonista del drama de Nell Leyshon

César López Rosell

Eduard Farelo y Emma Vilarasau, en Si mireu el vent don ve, en el Lliure

Eduard Farelo y Emma Vilarasau, en Si mireu el vent don ve, en el Lliure / ROS RIBAS

La imponente escenografía de Max Glaenzel, que ocupa las tablas hasta llegar al fondo y varias filas de butacas, evidencia la ambición espacial del montaje de Si mireu el vent d’on ve (Comfort me with apples), de Fernando Bernués. El intenso drama familiar de Nell Leyshon encuentra en este marco, inspirado en el realismo pictórico del paisajismo rural, la opción de abarcar con una sola mirada el mundo existencial de los personajes del intenso drama. Árboles desnudos, hojas caídas, manzanas de todas las gamas y colores abandonadas en el suelo y el fuego encendido de una cocina sorprenden al espectador cuando entra en la sala. Es la visión desoladora de una finca de la vieja Inglaterra en proceso de paulatino abandono. La creación evoca a El jardín de los cerezos de Chéjov.

Los intérpretes debaten sus radicales diferencias siempre delante del escenario, pero a veces la figura de alguno de ellos se dibuja en el horizonte, bajo un árbol o en otro rincón del territorio. Estos momentos de silencio son tan expresivos como los de las mismas palabras, pero aunque el espacio mantiene una idea permanente de la influencia del medio natural sobre el individuo, la realidad es que la íntima pugna en la que están atrapados los protagonistas de la trama podría ser contada tan bien o mejor con una puesta en escena menos grandilocuente. Viven bajo el mismo techo, pero son prisioneros de una asfixiante tensión cocinada a fuego lento en la que emerge su tremenda soledad e incomunicación.

Esfuerzo del público

El ritmo del espectáculo exige mucho esfuerzo del público, sobre todo en una primera parte premiosa que deja en el aire preguntas sobre las cuestiones de fondo, a la vez que va dibujando los perfiles de los personajes. Hasta el tramo final no se desvelan algunos de sus interrogantes (menos de los que cabía esperar después de tanto circunloquio). Emma Vilarasau se multiplica a la hora de dar carácter al duro, obsesivo y desquiciado personaje de Irene, una mujer de 70 años que acaba de perder a su marido y se enfrenta a un desnortado futuro. Ella, que siempre ha tenido bajo control a los hombres de la casa incluyendo a su hermano y disminuido psíquico Len (Eduard Farelo), intenta retener a su hijo Roy (Lluís Marquès), quien ha sido vampirizado por ella y es incapaz de tomar decisiones.

El joven se debate sobre la decisión de recuperar, cuando ya es demasiado tarde, a su novia Linda (Clàudia Cos), relación a la que tuvo que renunciar para no enfrentarse con su progenitora. El regreso de la hermana gemela de Roy (Laura López), tras años de distanciamiento de su madre (para quien solo ha existido el hijo), revela las razones de la incompatibilidad entre ellas y las dificultades de restablecer lazos. Vilarasau, más contenida en su histrionismo que en otras ocasiones, firma una gran actuación en su ambivalente papel de mujer manipuladora a lo Lady Macbeth, pero a la vez de personaje frágil y vulnerable. Magnífico también Farelo haciendo creíbles los tics del tipo infantiloide que suelta las verdades en el momento más inesperado. Todos cumplen con su cometido en una función demasiado morosa.

Temas: Teatre Lliure