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CRÓNICA

José Ignacio Lapido, emociones reales

El cantante y guitarrista granadino, exlíder de 091, desplegó sobriedad e intensidad en la presentación de 'El alma dormida' en Apolo

Jordi Bianciotto

José Ignacio Lapido, en la sala Apolo

José Ignacio Lapido, en la sala Apolo / FERRAN SENDRA

Claro que José Ignacio Lapido no es una figura popular: opera al margen de las modas, no sobreactúa ni vende un personaje, sus canciones apelan a las emociones sin fingirlas ni exagerarlas, y ni siquiera su noción del rock’n’roll tiene que ver con una idea folclórica del género. Por no tener, no tiene ni el aura del artista maldito ‘comme il faut’, pero pese a todos esos inconvenientes, este viernes La 2 de Apolo lució bien poblada de admiradores de su esbelto cancionero, en una cita del festival Guitar BCN.

Tras la gira de reunión de 091, vuelve a ser la hora de poner su carrera en solitario en el centro de la imagen, con canciones tan reivindicables como las del mismo grupo y una nueva cosecha, la de ‘El alma dormida’, con la que Lapido vuelve a dar la talla como autor de rock a la vez maduro y excitante. Como alguien dijo respecto al llorado Tom Petty, y salvando distancias, José Ignacio Lapido es un extraordinario autor de canciones normales, que no te deslumbran por la vista sino que te van conquistando a medida que te metes en ellas.

Melancolía y mala uva

Ahí estuvieron las nuevas, una decena, con su lírica escéptica pero sin pasarse, su tenue melancolía de “cuando los dinosaurios dominaban la tierra” (citas a Dylan y a los Troggs) y su duelo por “lo que llega y se nos va”, afrontando el horizonte de la muerte sin hacerse el torturado, con una cautivadora naturalidad. Del medio tiempo con hondura al fogonazo de rock’n’roll con mala uva entre líneas (‘¡Cuidado!’), combinando la guitarra acústica y la eléctrica, su Gibson SG de toda la vida. Y hay que ver qué banda, un cuarteto realzado por la inventiva de Víctor Sánchez a la guitarra y con el órgano Hammond de Raúl Bernal echando humo.

José Ignacio Lapido es ese tipo que, a los 55, se come los 850 kilómetros de carretera desde Granada para cantarnos sus canciones porque cree en lo que hace, y que traspasa la barrera del escenario sin necesidad de soltar discursos motivados, tan solo dejando que su arte hable por él. Piezas como las recuperad ‘La antesala del dolor’, ‘El Dios de la luz eléctrica’ o ‘Cuando el ángel decida volver’, que el público celebró como si de los hitos de su vida se tratara y que nos recordaron que a veces, en un concierto, ocurre que las emociones son reales y no el fruto de una escenificación impostada.

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