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LA 68ª EDICIÓN DE LA BERLINALE

Berlín disfruta con el 'robo' de Gael García Bernal

El festival se refresca con 'Museo', de Alonso Ruizpalacios, que relata el caso real de un robo en el Museo Nacional de Antropología de México

Nando Salvà

Gael García Bernal y Alonso Ruizpalacios, en el estreno de Museo en la Berlinale

Gael García Bernal y Alonso Ruizpalacios, en el estreno de Museo en la Berlinale / AFP / STEFANIE LOOS

Cuando el día de navidad de 1985 los responsables del Museo Nacional de Antropología de Ciudad de México descubrieron que la noche anterior habían sido víctimas de un robo -140 reliquias prehispánicas de valor incalculable-, dieron por hecho que los culpables eran un grupo organizado de traficantes internacionales de arte. Una deducción lógica pero del todo errónea: el golpe, se descubrió después, corrió a cargo de dos estudiantes de veterinaria. El ideólogo del golpe, Juan, provenía de una familia acomodada, así que no lo hizo por dinero. Sus motivos siguen siendo una incógnita, y esa incógnita le ha servido este miércoles a la Berlinale para ofrecer algo que durante demasiados días se ha empeñado en negarnos: un motivo para tener esperanza en que quizá no todo esté perdido, ni para el propio certamen ni para el cine en general.

Museo es la segunda película del mexicano Alonso Ruizpalacios, que se dio a conocer en el 2014 con la estupenda road movie Güeros. Ambos títulos, reconocía el mexicano, hablan de cosas parecidas, "asuntos como la juventud perdida y cómo el sentido de identidad nacional entra en conflicto con la formación de la identidad personal". La nueva película, pues, es menos cine de atracos que la crónica de un viaje interior -el del tal Juan, espléndidamente encarnado por Gael García Bernal- que parece ser a partes iguales una búsqueda y una huida. "Me interesó mucho descubrir que el padre de Juan era médico, porque mi padre también lo es", recuerda Ruizpalacios. "Entiendo perfectamente hasta qué punto, cuando eres joven, tener ese referente puede hacerte sentir que nunca vas a estar a la altura".

Para ser lo que hay al final del viaje no hay más que tirar de Google, y por tanto es una suerte que Ruizpalacios se centre en llenarnos el camino de pequeños placeres: la energía visual con la que rueda el atraco mismo, el humor absurdo del que dota las aspiraciones criminales de sus héroes, la cautela emocional con la que observa cuanto su periplo tiene de trágico. En todo momento, además, Museo derrocha una frescura y un aire aventurero vehiculados tanto a través de métodos narrativos propios de la fantasía y la leyenda como de sucesivos homenajes al cine mexicano de serie B. "Alguien me dijo una vez que existen dos tipos de películas", ha recordado Ruizpalacios para explicar ese tono. "Por un lado están las que nacen del tormento, y por otro las que nacen de la alegría. Quiero creer que las mías pertenecen al segundo grupo".

Excursión a la nada

Era inevitable que esa alegría durara poco. En la jornada de hoy el festival también se ha dedicado a demostrar qué equivocados estábamos quienes hace días asumimos que la calidad de la competición no podía caer más bajo: Touch me not, que también aspira al Oso de Oro, ha resultado ser la peor de todas las películas presentadas hasta ahora, también la más cabreante. En ella, mientras lleva a cabo lo que parece ser un inventario de terapias sexuales, la directora rumana Adina Pintilie trata a toda costa de epatarnos siguiendo dos estrategias en apariencia opuestas pero igualmente barriobajeras: por un lado, llenando la pantalla de imágenes de genitales en plano corto y orgías y tipologías humanas bizarras con las que, de forma sin duda involuntaria, hace gala actitud conservadora y condescendiente; por otro, convertir a los personajes en meras máquinas expendedoras de palabrería new age que la película usa como coartada para no hablar de absolutamente nada. Falta un día más para que la competición acabe, pero aun así nos arriesgamos: la Berlinale, ahora sí, ha tocado fondo.

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