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CRÓNICA

Vibrante 'Réquiem' de Verdi en el Palau

Josep Pons, al frente de la orquesta del Liceu, coros y solistas, lleva al límite la emoción de la partitura

César López Rosell

Un momento de la interpretación de Réquiem de Verdi en el Palau

Un momento de la interpretación de Réquiem de Verdi en el Palau / ANTONI BOFILL

Hubo intensidad, emoción y coordinado despliegue de fuerzas en la interpretación del ‘Réquiem’ de Giuseppe Verdi a cargo de la orquesta y coro del Liceu, la Polifònica de Puig-Reig y cuatro destacados solistas. El Palau vibró, la noche del martes, con esta nueva apuesta del ciclo BCN Classics, incorporada recientemente a la programación. La participación de reconocidas voces nacionales como Davinia Rodríguez, María José Montiel y Simón Orfila, además del italiano Vincenzo Costanzo, potenciaron aún más el atractivo de la velada.

El reto de enfrentarse a esta obra maestra de Verdi y extraer la profundidad del humanismo filosófico que desprende esta partitura de tintes operísticos era de gran responsabilidad. Pons lo abordó con convicción musical y dramàtica. El resultado final fue más que notable y así lo reconoció un público sacudido por el conmovedor relato. Verdi no era un hombre de fe, pero su conocimiento del ser humano le llevó a edificar este monumento para honrar la muerte de su amigo Alessandro Manzoni, escritor nacionalista. Antes ya había impulsado la creación de una misa para homenajear a Gioachino Rossini, proyecto colectivo fallido pero del que dejó escrito el ‘Libera me Domine’, que cierra la obra que nos ocupa.

El compromiso de Constanzo

El anuncio de que Costanzo había  decidido mantener su compromiso de participar en el concierto a pesar del fallecimiento de una persona cercana y dedicarle esta misa, incrementó el clímax de expectación. Desde el inicio, con el primero de los siete  movimientos de la obra (‘Requiem y Kyrie’) con los cuatro solistas y el coro en acción ya no se interrumpió la dinámica de esta cumbre sinfónico-vocal. Llegó el largo pasaje de la ‘Sequentia’, con momentos de tanta tensión como el ‘Dies irae’, con la orquesta y el coro desplegando todo el arsenal sonoro para expresar el temor ante el juicio final. El impactante ‘Rex tremendae’, el delicado ‘Recordare’, a cargo de la soprano y la messo, o el doloroso ‘Lacrimosa’ brindaron momentos de gran belleza.

La cuerda, con brillantes pianísimos, y el poderoso metal se conjuntaron con una percusión siempre contundente. Tras el ‘Offertorium’, ‘Sanctus’ (con toque de trompetas y la entrada del coro partido) o el ‘Agnus dei’, con las solistas femeninas cantando en octavas, llegó ‘Lux aeterna’, antes de la oración final del ‘Libera me’, una página de máxima dificultad para la soprano. Rodríguez, que debutaba en el rol, defendió mejor el registro agudo que el grave en este movimiento de grandes transiciones, ya que combina lo más energético junto a orquesta y coro con el susurrante remate expresado con buena vis dramática.

Del cuarteto de solistas, no siempre atinados en el estilo, la mejor fue María José Montiel, con medios generosos, buena dicción, proyección, flexibilidad y un buen fiato. La solidez y poderío del bajo menorquín Simón Orfila le permitió ofrecer una actuación sin altibajos, con graves bien colocados y un buen centro. Costanzo fue el más flojo, no sabemos si afectado por su circunstancia personal.