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NOVEDAD EDITORIAL

La memoria restaurada de Cristina Fallarás

La periodista y escritora hurga en el pasado familiar en la novela autobiográfica 'Honrarás a tu padre y a tu madre'

Elena Hevia

La escritora y periodista Cristina Fallarás.

La escritora y periodista Cristina Fallarás. / JOAN CORTADELLAS

Cristina Fallarás, la periodista, la activista, la escritora, la gestora cultural, la mujer de teatro, se ha reinventado muchas veces y siempre lo ha hecho con entusiasmo. Su última reencarnación no tiene nada que ver con los bares de copas y la noche, o con ese ímpetu de tertuliana de "ahora la voy a soltar bien gorda" por la que es popular, o esa supuesta frivolidad de la que ella es la primera en abjurar. Su última reencarnación es haber entrado a formar parte del catálogo de Anagrama con una novela o crónica, 'Honrarás a tu padre y a tu madre', sobre el gran tema que atraviesa, una vez y otra y otra más, la actual novela en castellano. Es decir, la búsqueda de las raíces familiares para entenderse a uno mismo.

Tuvo que pasar medio siglo para que la autora se preguntara por la ausencia del abuelo al que nunca conoció y que falleció a los 32 años, fusilado por los franquistas frente a un muro de la prisión de Torrero en Zaragoza. Y ya era mayorcita, sí, pero es que a Fallarás se le movió mucho el suelo en ese momento. La desahuciaron de su hermoso piso en la plaza Universitat y acabó asilada en La Floresta en lo que ella define como una "cabaña". Lo cuenta con su proverbial apasionamiento, levantando acta notarial de su autoproclamada deserción de la frivolidad.

"Yo siempre he tenido tendencia a la autodestrucción y me puse a escribir para darme cuenta de qué era lo que no funcionaba". Y lo que no funcionaba, según ella, era el silencio. Porque del abuelo paterno, carpintero, nunca se habló y nadie pregunto por él. Así que Fallarás, que ya había escrito la crónica de su desahucio, decidió profundizar literariamente en la grieta familiar. "Lo hice sobre todo por mis hijos [que ahora tienen tienen 15 y 9 años] y fue el resultado de asumir por completo la maternidad, algo que me costó como 10 años alcanzar. Al final no quería dejarles como herencia una memoria dañada, tenía que limpiarla y ofrecérsela".

Alta intensidad

El libro, escrito con intensidad fallarasesca, se divide en tres partes. La primera está dedicada a las víctimas y es una indagación sobre personajes reales. La segunda, en la que la autora echa mano de la invención, tiene que ver con los victimarios . La tercera, de carácter más intimista,  es un autorretrato. "He dejado leer este libro a mis padres diciéndoles que si no les parecía bien no iba a publicarlo y no pusieron pegas. Porque lo cierto es que es muy impúdico. Pero me parecía imprescindible no esconder nada".

Fallarás, como todo el mundo, tuvo dos abuelos. El rojo fusilado y el otro, Pablo Sánchez, que se unió a las tropas franquistas, se enorgullecía de ser nieto de Benito Juárez y se casó con una aristócrata navarra. "En esa otra familia sí que se hablaba de lo que había sucedido en la guerra. Contaban las mayores atrocidades sin el menor sonrojo", recuerda.

Echar a andar

Son cosas del pasado pero para la autora siguen vigentes. Habla de la violencia política, que ella cifra en los 150.000 cadáveres enterrados en las cunetas. "Si hubo esos asesinatos, los familiares hoy son ya millones. Y eso no tiene que ver tanto con la dictadura como con la herencia de la dictadura", explica.

En la novela aconseja Fallarás ponerse unos tejanos, unas bambas y una camiseta y echar a andar para combatir el agobio y resituarse en el mundo. Hace un tiempo, en la antepenúltima mundanza, la autora se casó –con Jorge Ragna, disc-jockey rumbero y promotor de música negra- y se fue a Madrid, no a pie, claro está, porque allí le daban trabajo. Muchos años antes, en 1992, cuando todo resultaba prometedor y hablar de la guerra civil era un tema para el olvido, le contó a Manuel Vázquez Montalbán la historia de su familia -la conocida, claro, puesto que por entonces nada sabía de la tapia y del fusilamiento-, y aquel le dijo: "Tienes que escribirla". 

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