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Análisis

Ernesto Sevilla y Joaquín Reyes, presentadores de la gala, en la alfombra roja de los Goya

JUAN MANUEL PRATS

Ni siquiera fue bonito

Rafael Tapounet

Estábamos advertidos. Sabíamos que a los Goya se viene a sufrir por la suerte del presentador y a pasar vergüenza ajena. Pero quienes admiramos a Joaquín Reyes y Ernesto Sevilla nos resistíamos a aceptar que su probado talento pudiera quedar sepultado bajo el peso de una tradición tan ominosa. Vaya chasco. Ver la gala de este año fue como ver una 'snuff movie' protagonizada por alguien a quien aprecias. "Como presenciar el parto de un caballo -dijo el crítico Carlos Boyero en uno de los pocos gags aprovechables de la noche-. Bonito pero asqueroso". En realidad, ni siquiera fue bonito.

Fueron tantas las cosas que no funcionaron en la así llamada gran fiesta del cine español (una ceremonia que pretendía hacer visible la discriminación de la mujer en el sector y que acabó con Carlos Saura proclamando lo feliz que se sentía "de estar aquí con esta chica tan guapa" cuando salió a presentar el premio a la mejor película junto a Penélope Cruz) que será más viable y provechoso dedicar los mil espacios que le quedan a esta columna a consignar lo más satisfactorio de una noche altamente insatisfactoria.

Ahí va: El premio a Carla Simón. Las dedicatorias y agradecimientos de los miembros del equipo de 'Handia', empleando su lengua con toda naturalidad. Julita Salmerón ("¿Qué hago yo aquí, una mujer insignificante?"). El "campo de nabos feminista" de Leticia Dolera. Que alguien tuviera el buen gusto de definir a Chiquito de la Calzada en el 'In memoriam' como "artista". David Verdaguer. El contundente monólogo de La Terremoto de Alcorcón (presentando, de paso, su candidatura para conducir la ceremonia del año que viene). Y, lo último pero no lo menos importante, que Marisa Paredes reivindicara en su discurso la memorable gala del 2003, la de Animalario y el 'No a la guerra'; aquella en la que ella misma, en calidad de presidenta de la Academia, nos advirtió de que "no hay que tener miedo a la cultura ni a la libertad de expresión ni a la sátira ni al humor; hay que tener miedo a la ignorancia y al dogmatismo". Cómo han cambiado las cosas.