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CRÓNICA

Giovanna Marini, canción sin ego

La cantante y guitarrista romana compartió su emotivo y concienciado repertorio con raíces populares en Barnasants

Jordi Bianciotto

Concierto de Giovanna Marini, en el Teatre Joventut de LHospitalet.

Concierto de Giovanna Marini, en el Teatre Joventut de LHospitalet. / FERRAN SENDRA

Hay otra manera de entender la música, colocando en el centro la canción y lo que representa para una comunidad, a través del viaje a sus orígenes y motivaciones, y de una puesta en escena en la que el yo se diluye. Así fue este sábado en el teatro Joventut, de L’Hospitalet, donde la cantante y guitarrista Giovanna Marini guió el recital, más que protagonizarlo, entregando su repertorio a las voces que la arropaban y a la memoria que transmitían.

Recital “contra-hegemónico”, lo tachó Pere Camps, director de Barnasants, dándonos la bienvenida y cediendo el foco a Sergio Sacchi, director del Club Tenco, de San Remo, que entregó a la trovadora el premio Rambaldi. “Los americanos tenían a Pete Seeger, los chilenos, a Violeta Parra…, y los italianos, tenemos a Giovanna Marini”, resumió Sacchi antes que de entraran en escena tanto ella como los cinco integrantes del coro Quartetto Urbano y los cuatro del Inni e Canti di Lotta, con exalumnos suyos en sus filas.

Cantos del campo

Valiéndose todos ellos de un único instrumento, la guitarra que Marini tocaba con discreta y precisa ortodoxia, nos introdujeron en el imaginario de las canciones “de mondine”, de  las campesinas que recogían arroz, que un siglo atrás consiguieron que sus agotadoras jornadas fueran limitadas por contrato, si bien este nunca se llegó a cumplir. “Son las diferencias entre la cultura escrita y la oral”, bromeó Giovanna Marini, a quien no faltó humor en sus explicaciones didácticas acerca del trasfondo de cada canción.

Sentada a un extremo del escenario, dejó que fueran esos frondosos coros los que llevaran el peso de las interpretaciones, si bien su voz se hizo notar, vigorosa y aguda, en canciones como ‘Il bersagliere’, donde apuntó que “no importa morir si mueres libre”, y en ‘Trittico contra la guerra’, en la que recordó “la autoridad de las mujeres” en tiempo bélico, dejando de pulsar las cuerdas de la guitarra y abrazándola. No se movió tanto por un lucimiento artístico sino por otra clase de propósitos. Así lo expresó: “Yo canto para explicar cosas que me llegan al corazón”.

Actitud severa y emociones contenidas, con ecos de las peores páginas de la humanidad en  ‘Die morsoldaten’ y testimonios de un tono más jovial en esas piezas que el grupo turinés Cantacronache recogió en la España de comienzos de los 60, como ‘Dime dónde vas morena’ y ‘Nubes y esperanza’. Citas a Gramsci y a su “odio a los indiferentes”, y un canto dolido y enfadado en ‘Lamento per la morte di Pasolini’, conduciendo al fetiche de su repertorio, ‘Bella ciao’. Primero, a ritmo tranquilo, luego cogiendo ímpetu e incorporando las palmas de todo el auditorio, dándole así su sentido más pleno.

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