CRÓNICA

La explosión Piotr Beczala

El tenor polaco triunfó en el Palau de la Música con un variado recital coronado con cinco bises

El tenor polaco Piotr Beczala 

El tenor polaco Piotr Beczala  / JB MILLOT

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César López Rosell

Esta es la crónica anunciada de la actuación, la noche del viernes, de Piotr Beczala en el Palau. Tras el ‘crescendo’ de un variado e intenso recital dedicado a la canción italiana  y eslava, el estelar tenor polaco acabó deslumbrando en la tanda de bises que, en realidad, se inició con el aria de Radamès ‘Celeste Aida’, extrañamente colocada al final de una segunda parte programada con piezas de sus compatriotas Stanislaw Moniuszko y Mieczyslaw Karlowicz y el checo Antonin Dvorák. Nada que no se repita con otros grandes del canto, que saben administrar sus recursos para llegar a la apoteosis final. Sin contar la pieza de ‘Aida’, Beczala acabó arrasando con la belleza de su registro luminoso, pletórico y rico en expresividad exhibido en cinco exigentes bises. El público acabó poniéndose de pie para aclamar al artista.

El cantante, de 51 años, atraviesa el mejor momento de su carrera. Sus últimas actuaciones en el Liceu, con ‘Werther’ y ‘Un ballo in maschera’, lo han convertido en uno de los ídolos del Gran Teatre, tal como sucede en otros coliseos internacionales. En el Palau se mostró seguro y dominador desde el primer momento, aunque el repertorio italiano, con canciones de Stefano Donaudy, Ermanno Wolf-Ferrari, Ottorino Respighi y  Paolo Tosti, no ofreciera grandes dificultades para él y la pianista francesa Sarah Tysman, que se mostró siempre muy compenetrada con el tenor. Sólo en la primera parte, y sin las típicas pausas con los solos de piano que acostumbran a ofrecerse en estas citas para dar descanso a las voces, Beczala ofreció 16 canciones de un tirón.

De Donaudy a Tosti 

El tenor viajó por los diferentes estados de ánimo amorosos, las sensaciones del encuentro con la naturaleza con el recuerdo de la amada o el dolor y la melancolía de  ‘O ben mio amato’, la última de las obras de Donaudy. Casi sin esperar se internó en el lírico universo sonoro de las cuatro piezas de Wolf-Ferrari antes de abordar una selección de seis creaciones de Respighi, entre ellas las evocadoras y meteorológicas dedicadas a la nieve, la lluvia y la niebla, con el amor de fondo. Tosti apareció como compositor necesario para elevar el exultante clímax del final de la primera parte, con napolitanas tan emblemáticas como ‘L’ultima canzone’ o ‘Ideale’.

Resultó interesante ver desplegar la bella dicción de Beczala en su propio idioma. El artista interpretó este repertorio, de inspiración folclórica, con emoción y sensibilidad y un cierto vértigo con la trepidante ‘’Kracowiaczec ci ja’ de Moniuszko. La dulce ‘Zawod’ abrió el fuego de las cuatro piezas de Karlowicz cerradas con la envolvente ‘Pamietan cliche’, con aroma de canción de cuna. Del bohemio Dvorák ofreció una selección de cuatro piezas de ‘Zigeunerieder’, op. 65’, con raíces de la música zíngara, resueltas con brillantez.

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Apoteosis final

La operística traca final, iniciada con ‘Celeste Aida’, no hizo más que refrendar la categoría del artista. El aria de la flor de ‘Carmen’, además de ‘Recondita armonia’ y ‘E lucevan le stelle’ (ambas de ‘Tosca’) provocaron el delirio, completadas con una célebre canción de opereta y la repetición de una de las piezas eslavas anteriores. Entrega absoluta de la sala que él, antes del concierto, calificó como “la más bella del mundo”.     

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