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CRÓNICA DE TEATRO

'Performance' orgiástica en los Teatros del Canal

Tras 24 horas de extenuante función, la treintena de artistas participantes en el 'Mount Olympus. To glorify the cult of tragedy' de Jan Fabre recibieron más de diez minutos de ovación desaforada

Un momento de la representación de 'Mount Olympus' en los Teatros del Canal de Madrid

Un momento de la representación de 'Mount Olympus' en los Teatros del Canal de Madrid / periodico

Manuel Pérez i Muñoz

Madrid
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La presencia de los oráculos en forma de cámaras de televisión es un indicio de la excepcionalidad del estreno. Se trata, ni más ni menos, que una única función de 24 horas de duración, una epopeya pocas veces vista sobre un escenario. El autor de semejante osadía es el belga Jan Fabre, siempre deseoso de desafiar las divinas leyes de la polémica. Hasta los Teatros del Canal de Madrid se ha desplazado una nutrida tropa catalana de curiosos espectadores entre los que se encuentran irredentos creadores de la escena barcelonesa como Jordi Oriol, Marcel Borràs, Iván Morales o Àlex (Señor) Serrano. No es para menos, fue el mismo director Àlex Rigola quien programó este espectáculo como plato fuerte de su temporada en la Corte antes de dimitir escandalizado por la violencia del PP en el 1-O. Y entre los locales destaca Almodóvar, rodeado de una pléyade de jóvenes con barba que contrasta con la avanzada media de edad que reunían las propuestas del anterior director de la casa, Boadella. El banquete está servido, que comience el festín.

En 'Mount Olympus. To glorify the cult of tragedy', Fabre pone a dialogar su universo híbrido de teatro, danza y plástica para dar forma a una fiesta dionisiaca. Como en la Grecia antigua, la celebración se prolonga toda una jornada y combina música, baile, la representación de tragedias y momentos de locura y desenfreno inspirados en las mitificadas bacanales orgiásticas. El mismo personaje del dios Dionisio/Baco, con sus proclamas nihilistas, cose la sucesión de narraciones esquematizadas, hipnóticas coreografías reiteradas y fragmentos de 'performances' que navegan entre la belleza esencial del ritual y la investigación de la parte más grotesca de la figura humana. La fuerza magnética de los 33 mitos invocados en clave solemne (Edipo, Medea, Antígona, etc.) aporta la parte más sustanciosa de la ceremonia que luego, en contraste, permite bajar a la arena del contenido más polémico y comentado, el que busca la transgresión: muecas salvajes, animales muertos reventados, bailes de penes saltarines, cuerdas que salen de vaginas, puño que entra en ano o, incluso, la supuesta ironía de algunos discursos misóginos. La oposición entre lo sublime y la escatología sangrienta y sexual es llevada al extremo.

Y tanta intensidad necesita pausas. Como el espectáculo solo tiene tres (con los actores durmiendo en escena) los sacrificados participantes externos del oficio podemos salir y entrar de la sala a voluntad, o rendirnos a Morfeo en los espacios habilitados para dormir, campamentos improvisados en salas de ensayo con colchonetas en el suelo y mantas. Allí se oyen ronquidos y gemidos de pesadilla inspirados en los impactos sensoriales recibidos. Con las primeras luces del frío y lluvioso día, solemnes insomnes se cruzan en los lavabos con individuos en pijama. En la cafetería, también abierta 24 horas, nunca sirvieron tantos cafés. La sensación de excepcionalidad lo impregna todo y actúa de estímulo para completar la proeza.

Un 'in crescendo' como de 'rave' electrónica

Entre ojeras y falta de ducha, entre realidad escénica y sueños por agotamiento, Fabre ha conseguido su objetivo, embarcarnos en la épica de su catarsis griega, en una aventura donde la pureza blanca de la túnica y la sangre se confunden. Sin casi elementos de escenografía o acompañamiento, el lenguaje simbólico de la 'performance', llevado al paroxismo a través del sufrido cuerpo de actores y bailarines, acaba volviéndose tan natural como respirar o fornicar.

En el escenario va quedando, como si de un lienzo se tratase, un poso de memoria mezcla de fluidos y materia sólida. El encaje sinestésico de olores y imágenes hace girar con fuerza una plástica irredenta inspirada en las tragedias convocadas, esa familiar y desconcertante sucesión de traiciones, ambiciones, sexo y muerte que hacia el mediodía del sábado comienza un in crescendo como de 'rave' electrónica. Las repeticiones extenuantes de bailes y textos son ahora familiares rutinas. El 'twerking' que abrió el espectáculo, que cose el presente hedonista y el pasado mítico, vuelve a escena para provocar a golpe de perreo un último arrebato irracional colectivo. Un Dionisio pintado de oro extático concluye, "la verdad es la locura" y desata el furor.  Desgastados por la proeza, la treintena de 'performers' (lesionada incluida) reciben más de diez minutos de ovación desaforada entre confeti y vísceras resecas. Ya tienen el título de héroes de la escena contemporánea. Humildes, devuelven el aplauso al público que también por su resistencia se ha ganado un pedestal en el Olimpo de las gestas teatrales mitológicas