CRÓNICA TEATRAL

Un Cyrano crepuscular

El magisterio de Lluís Homar deslumbra en el Borràs en una versión minimalista de Pau Miró del clásico de Rostand

Lluís Homar, centro, entre Àlex Batllori y Aina Sánchez, en una imagen promocional de ’Cyrano’.  

Lluís Homar, centro, entre Àlex Batllori y Aina Sánchez, en una imagen promocional de ’Cyrano’.   / DAVID RUANO

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JOSÉ CARLOS SORRIBES

La sociedad Pau Miró-Lluís Homar ha estrenado el segundo de sus proyectos, el que sigue al que fue un exitoso debut conjunto en Terra baixa, con una versión minimalista y moderna de Cyrano de Bergerac, el clásico de Edmond Rostand que cuenta con dos enormes precedentes en el teatro catalán.dos enormes precedentes en el teatro catalán El de Josep Maria Flotats en 1985, dirigido por Maurizio Scaparro en el Poliorama, fue un auténtico hit en su época. Bastante más reciente es el de Pere Arquillué, que también triunfó con el icónico personaje en el 2012 bajo la dirección de Oriol Broggi en la Biblioteca.

Si esos precedentes respondían al perfil clásico de comedia romántica de capa y espada, la versión que ha llegado ahora al Teatre Borràs se mueve bajo la óptica desacomplejada de la primera colaboración de Miró y Homar. Su mirada moderna es una apuesta lógica cuando la versión ortodoxa de Arquillué-Broggi puede estar aún fresca en la memoria de muchos teatreros.

Reducción considerable

Minimalismo, desnudez escénica y apuesta por el trabajo actoral definían la aclamada propuesta del clásico de Guimerà. Homar no era solo Manelic, se atrevía él solo con todos los personajes, incluida Marta, del drama rural. Aquí, en Cyrano, la reducción también ha sido considerable, pero el insigne actor está acompañado por Joan Anguera, Albert Prat, Àlex Batllori y Aina Sanchez.

Anguera y Prat doblan personajes, Batllori es el enamorado Christian y Sanchez, Roxane, el amor imposible de Cyrano. Una criba de aquí te espero, sin duda, si pensamos que el original de Rostand cuenta con una treintena de personajes. Algo que puede ir a contrapelo, sobre todo en el inicio del montaje, para aquellos espectadores que no estén muy familiarizados con la obra.

Miró también apuesta por la descontextualización con la escenografía de Lluc Castells –que recrea una moderna sala de esgrima–, y el vestuario, que también firma Castells, el propio de los deportistas que practican la disciplina, incluidas las caretas que ocultan el rostro.

Héroe romántico

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Ese espacio, que parece una solución más imaginativa que efectiva, está acompañado de una tenue, quizá en exceso, iluminación que acentúa el carácter crepuscular de esta mirada a Cyrano de Bergerac, un héroe romántico que se desenvuelve en el campo de batalla y en el de las letras, pero cuya enorme nariz le convierte en alguien sin derecho a disfrutar del amor.

Es esta una versión desnuda que apuesta por el verso, con nueva traducción de Albert Arribas, y en la que vuela el magisterio de Homar, un actor en la cumbre de su madurez. En cada trabajo suyo reciente ha despachado un abanico interpretativo que va del humor al dolor, en este caso, arrebatadores. Miró da rienda suelta a su trabajo, cómo no, en un montaje que potencia la figura del protagonista, y en el que el resto (con nota para Sanchez y Prat) quizá sean más secundarios que nunca en la obra de Rostand. Que en esta versión todas las miradas se posen en Cyrano/Homar lo subraya, además, el sorprendente guiño de una magnífica escena final cuando nuestro héroe se quita su narizota al hablar de su «dignidad».