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CRÓNICA

Jessica Pratt triunfa en 'L'elisir' de Mario Gas

La soprano australiana, acompañada de un irregular reparto, supera con nota su debut en el referencial montaje de la ópera de Donizetti

César López Rosell

Jessica Pratt (centro), en una escena de la ópera de Donizetti junto a Paolo Bordogna (derecha).

Jessica Pratt (centro), en una escena de la ópera de Donizetti junto a Paolo Bordogna (derecha). / Andreu Dalmau

Cuarta reposición en el Liceu de la versión de 'L'elisir d'amore' de Mario Gas y nuevo triunfo escénico. A pesar de ser muy reciente la tercera repetición de esta vieja producción (hace solo cuatro años con dos repartos encabezados por Javier Camarena y Rolando Villazón), esta es de las veces en la que el  envoltorio teatral sostiene más la función. Ni la irregularidad de un reparto, en el que destacó el rutilante debut de Jessica Pratt en el rol de Adina, ni la falta de ajuste de una orquesta pasada en decibelios que tapaban la voz de los cantantes menos dotados, impidió que el Gran Teatre se convirtiera en un festivo volcán en erupción. El público acabó batiendo acompasadas palmas cuando Roberto de Candia, que encarna al embaucador Dulcamara, apareció  en la platea recreando 'Ei corregge ogni difetto', aria que cierra la ópera de Donizetti y que reconoce la farsa del engaño de su brebaje.

Aunque hay que administrar con criterio la repetición de montajes con éxito artístico y de taquilla, la creación de Gas es de las pocas excepciones que merecen la continuidad. La dinámica interpretación teatral de las coordenadas de esta ópera bufa con personajes muy bien caricaturizados por el libreto y la música es clave para el éxito de la obra. Las soluciones escénicas para situaciones tan brillantes como del banquete previo a la fallida boda de Adina y Belcore, en las que aparecen el escenario el propio Gas y el director musical Ramón Tébar, y unas coreografías de espectacular visualidad contribuyen a dar vuelo a esta obra maestra del bel canto romántico.

Brillo teatral

La ambientación del montaje en la plaza pública del suburbio de una ciudad de la Italia de Mussolini, inspirada en el neorrealismo cinematográfico, es otro de los aciertos de la producción, ya que acerca la trama al espectador actual. Cuando el marco está tan conseguido, lo único que queda es seleccionar un reparto que responda tanto a las exigencias de la partitura como a las de la caracterización de los personajes. Ambos aspectos son inseparables para conseguir que todo funcione y en esta versión el elenco ha brillado más en lo teatral, hecho que ha permitido maquillar algunas limitaciones canoras.

La gran triunfadora de la noche fue Jessica Pratt. La soprano australiana superó la dificultad de su primera protagonista en esta ópera. La responsabilidad asumida la llevó en el primer acto a estar más pendiente de colocar las notas que a mostrar la frescura que requiere su papel de mujer caprichosa e independiente. Pero poco a poco, y gracias a la belleza de su timbre y al dominio absoluto de una coloratura que llevó a su terreno, acabó arrasando. El impoluto fraseo y la utilización de los mejores recursos de pirotecnia vocal acabaron deslumbrando. Adina de referencia, a la vista.

Pavol Breslik (Nemorino) exhibió siempre un canto limpio y elegante pero falto de proyección y de carisma escénico pese a su esfuerzo de adaptación a un rol que no es el más idóneo para él. Interpretó muy bien la popular 'Una furtiva lácrima'. Roberto de Candia ( Dulcamara) compaginó una correcta línea canora con la comicidad de su extravertido y pícaro charlatán. El chulesco sargento Belcore, recreado por Paolo Bordogna, mostró un canto falto de uniformidad aunque transmitió el histrionismo de su personaje. Mercedes Gancedo lució la belleza y proyección de su timbre, pidiendo para el futuro roles de mayor envergadura que el de esta deliciosa Gianetta. El valenciano Ramón Tébar dirigió con brío a la orquesta, pero debe modular mejor su sonoridad y el ensamblaje con los cantantes y el magnífico coro.

Temas: Ópera Liceu