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Josep Pons, sin la batuta ni el traje de los días de función, junto al foso del Gran Teatre del Liceu.

RICARD CUGAT

ENTREVISTA

Josep Pons: "Siento los colores del Liceu"

El músico acaba de renovar como director titular y aspira a completar la remodelación de la orquesta antes del 2022

Marta Cervera

A los 12 años supo que sería músico. Desde entonces Josep Pons (Puig-reig, 1957) ha trabajado con la misma honestidad y entusiasmo de su etapa de estudiante en la Escolanía de Montserrat.  A sus 60 años y con una envidiable agenda como director invitado, acaba de renovar su compromiso como director musical del Gran Teatre del Liceu hasta el 2022. Espera tener tiempo suficiente para completar la transformación de la orquesta en un instrumento capaz de atraer a batutas internacionales de renombre.

¿Cómo valora su trabajo en el Liceu? El balance es positivo aunque no ha sido un camino de rosas. Si renuevo es porque veo una firme voluntad de apostar por la orquesta. Cuando llegué me tocó lidiar con la crisis y fue duro. Cuando opté por ser director musical del Liceu tras dirigir diez años la Orquesta Nacional de España (ONE) tenía un encargo. Pero, de repente, me quedé sin herramientas necesarias para llevarlo a cabo. 

¿Y ahora? Quiero que los músicos del Liceu sean tan importantes como todo lo que ocurre encima del escenario. Pero sin voluntad política y dinero es imposible cumplir con el objetivo de convertir la Orquestra del Gran Teatre del Liceu en un gran instrumento. Ese era mi objetivo cuando vine aquí y por eso seguiré aquí otros cinco años más. Estoy a un 50% de conseguir mi objetivo. 

Ahora la orquesta recibe más aplausos y suena más compacta. Vamos por el buen camino. Hay otra energía en la orquesta. Históricamente el Liceu ha tenido buenas voces y después ha puesto el acento en el aspecto teatral con montajes rompedores que más allá de explicar la obra intentan reproducir la emoción que produjeron en su estreno. Las obras te deben sacudir por dentro, emocionarte, conmoverte. Nosotros somos una casa de arte, no de entretenimiento. Ocupamos el espacio de ocio de la gente pero hemos de emocionar y hacer pensar. Hicimos 'Tristán' este domingo y el día anterior tocamos en la maravillosa Sala de Derechos Humanos de la ONU en Ginebra aciendo Beethoven, Strauss y Casals. Ni Beethoven escribió su 'Séptima sinfonía' para entretener, ni Strauss su testamento 'Cuatro últimas canciones', ni mucho menos Wagner con 'Tristán e Isolda'.

La Orquestra del Liceu en las Naciones Unidas de Ginebra / ONUART / VIOLAINE MARTIN

¿Cual ha sido la clave de su trabajo hasta ahora?  Por una parte, la voluntad política y el dinero ha permitido restablecer las plazas vacantes, algo que requiere un trabajo muy paciente de selección en el que todavía estamos. Por otra, una labor de equipo para sonar como una orquesta, para lograr un único sonido creado por un grupo de gente muy diversa. Como mejores son los músicos más enriquecen el trabajo de todos. Aunque han de lucir en los solos, el 90% del tiempo todos vamos a una. Nuestro trabajo consiste principalmente en unificar el ataque, el vibrato, el sonido, el volumen, el ritmo, la articulación… Dedicamos un 90%  a unificar y empastar. Cada músico viene de una escuela diferente y muchos, de otro país. Mi labor es hacer converger en una sola voz todos los instrumentos de la orquesta.

"Renuevo porque veo una voluntad firme de apostar por la orquesta. Estoy a un 50% de conseguir mi objetivo."

Suena más fácil de decir que de conseguir. Mucho. Cada uno tiene su interpretación de la música. Basta ver la manera de cada director de hacer la 'Quinta sinfonía' de Beethoven... Y claro, cuando la orquesta está ante el público todo cobra sentido, pero cuando no es así la cosa cambia. La orquesta pasa mucho tiempo tocando para mí y cada músico tiene una visión de la partitura. Pero he de lograr que todos crean en el camino que yo marco. He de seducirles pero una orquesta no es una democracia. Es lo más cercano a una dictadura. Hay un criterio y hay que seguirlo.  

¿Qué busca en un concierto? Lo que quiere el músico en el momento del concierto es emocionarse. Quiere sentir algo que ni hubiera sentido antes con aquella obra. Si nosotros nos emocionamos, el público también lo hará. Hay directores que no son grandes 'trainers' en su trabajo de día a día con la orquesta y sí magníficos 'performers' porque saben transmitir muy bien lo que quieren en un concierto. Por ejemplo, Claudio Abbado y Lorin Maazel eran sobre todo grandes 'performers'. Mehta es un trabajador incansable que ensaya hasta el último minuto.

En este sentido, ¿dónde se sitúa usted? Procuro hacer las dos cosas. Estos directores tenían orquestas muy sólidas. En el Liceu la labor de 'trainer' es indispensable pero también me gusta disfrutar como 'performer' y dejarnos llevar cuando interpretamos música, ya sea ópera o concierto. A veces, ir pasado de ensayos no es bueno porque estandarizas una reacción. ¡Hay que dejar espacio para la sorpresa! Llegar algo crudos también es bueno, porque la tensión es mucho mayor. Pero sin llegar a los extremos de un Gergiev. Demasiada adrenalina tampoco va bien.

¿Cuál es su objetivo final para el 2022? Más allá de cubrir las plazas vacantes, el sonido de la orquesta ha de evolucionar. Cuando me vaya quiero que sea punta de lanza en el país y un referente a la altura de los grandes teatros de ópera. 

¿Tiene alguna estrategia secreta? Es muy importante tener un equipo de solistas cuajado y que funcione. Como en el fútbol, en la orquesta hay un trabajo táctico de pizarra pero también rondos y mucha psicología. Y para cubrir todo esto hay que tener conciertos sinfónicos y música de cámara. Una ópera es un trabajo largo y dilatado de dos meses. El trabajo sintético de una sinfonía permite trabajar al detalle en un tiempo corto y además hay un aspecto psicológico: sacas a los músicos del anonimato del foso. Darles visibilidad como orquesta es terapéutico. Por otra parte, los conjuntos de cámara de la propia orquesta vendrían a ser rondos: permiten refinar el sonido y hacer que todo fluya mejor.  

"Como en el fútbol, en la orquesta hay un trabajo táctico de pizarra pero también rondos y mucha psicología"

Usted empezó dirigiendo corales. Sí pero con lo primero que me gané la vida fue con una orquesta de baile. ¡De todo se aprende! Y también hice 'cançó' y estuve acompañando a Raimon durante dos años. Al acabar un recital una vez Jordi Pujol, entonces president de la Generalitat, vino a hablar con los músicos después del concierto y me dijo: "Bueno, y tú a parte de música, ¿qué haces?". Eran otros tiempos.

¿Cuántas veces ha estado tentado de tirar la toalla en el Liceu? Varias veces, sobre todo al principio. Me pareció feo dejarlo tan pronto. Pasado cierto tiempo seguir adelante se convirtió en un prurito personal. Esta es mi ciudad y siento los colores del Liceu. Pero no es necesario ser de aquí para identificarse con ellos.  

¿Cuál es su principal temor ante esta nueva etapa? El incumplimiento de los acuerdos para poder llevar a cabo mi trabajo. La financiación del Liceu depende en parte de las instituciones y por ahí siempre hay cierto temor. Las veces que más me han hablado del Liceu en el extranjero fue cuando peor estaban sus finanzas y había problemas laborales. Ojalá cuando vaya por el  mundo dentro de unos años seamos un referente entre los melómanos por lo que hacemos y que la orquesta sea un gran instrumento que las grandes batutas quieran dirigir.