Ir a contenido

CRÓNICA

Pasión Vega, media vida de artista

La cantante lució sus dotes interpretativos y combinó clásicos y material de estreno en la puesta en escena en el Liceu de '40 Quilates', disco que conmemora su ingreso en la cuarentena

Jordi Bianciotto

Pasión Vega, en el Liceu

Pasión Vega, en el Liceu / FERRAN SENDRA

Si es verdad que los 50 son los nuevos 30, quizá los 40 de Pasión Vega la sitúen en la más tierna adolescencia según los cálculos modernos, con lo cual la efeméride de ’40 quilates’ es menos rotunda de lo que habría sido en otros tiempos. Y así, madura pero juvenil, con equipaje pero fresca e inquieta, lució la malagueña (nacida en Madrid) este sábado en un generoso recorrido a sus 25 años de carrera en el Liceu, acogida por el Festival del Mil·lenni.

En este período, Pasión Vega ha encontrado el modo de poner al día una tradición de canción popular que se alimenta tanto de la ‘cantautoría’ como de las raíces de la copla, que funde luminosidad rumbera con miradas a Francia y Latinoamérica. De todo ello hubo en un recital que concibió con estilo teatral, arrancando a cantar ’40 quilates’ sentada en un ‘set’ que reproducía el ambiente de su camerino, mientras retocaba su imagen en el espejo y se calzaba los zapatos de tacón. Pasión Vega (o Ana María Alías Vega, como nos recordó) ha rejuvenecido una idea de canción española, aunque hay que decir que el público del Liceu era bastante mayor que ella.

Autores de ayer y hoy

Clásica pero no encorsetada por la historia, cantó a Sabina (‘Cómo te extraño’, dedicada a Camarón) y a las fuentes populares (‘La tarara’), a Pablo Guerrero y Violeta Parra, e integró a una nueva generación de compositores, como El Kanka y Antonio Romera, de La Canalla, ampliando la gama de colores y envuelta por arreglos perfumados que, en ‘La flor de Estambul’ (cita a Erik Satie vía Javier Ruibal), nos situaron en una especie de jardín oriental soñado. Cantando siempre con exuberancia, ese punto de diva sin ser distante, y sellando las estrofas con melismas sureños.

Pasión Vega incluyó en su figura la mezcla de simpatía con un perfil de mujer-mujer, no de mujer que canta como una niña, estilo tan común si miramos la escena moderna, aunque cuando se quiso poner trascendente adoptó unos modos más bien propios del género de la revista de la Gran Vía madrileña: esa interpretación de ‘La bohemia’ (Aznavour) tumbada sobre el piano con su largo vestido blanco.

Sí, Pasión Vega limitó en ocasiones con cierta espuma superficial, que compensó haciendo honor a su nombre y volcándose al final en la canción más reconocida de su repertorio, ‘María se bebe las calles’, historia de determinación con un sustrato de malos tratos. Momento de clímax en esta noche en que miró hacia atrás para celebrar su primera media vida de artista.