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CRÓNICA TEATRAL

Viaje al fondo de la secta

'Els nens desagraïts', de Llàtzer Garcia, deja huella en la Sala Beckett con su atmosférica mirada al caso real de una comunidad ultracatólica en Girona

José Carlos Sorribes

Muguet Franc y Guillem Motos, en una escena de Els nens desagraïts, de Llàtzer Garcia.

Muguet Franc y Guillem Motos, en una escena de Els nens desagraïts, de Llàtzer Garcia. / PACO AMATE

Llevar al teatro sucesos o casos reales, con todo el margen de libertad que se quiera, no es un hecho excesivamente habitual en la cartelera  catalana. De ahí que ya, de salida, se aplauda la propuesta de Llàtzer Garcia y la compañía Arcàdia que pilota inspirada en una comunidad ultrarreligiosa que se instaló a las afueras de Girona en los años 80. Es el retrato que plantea Els nens desagraïts, un ejercicio teatral que viaja al fondo de una comunidad sectaria y la huella imborrable que deja en sus integrantes por mucho que hayan intentado alejarse de ella.

Con esta obra, cierra Garcia su trilogía sobre la familia que ya alcanzó cotas sobresalientes con su anterior entrega, La pols, y que inició con La terra oblidada. El director y dramaturgo (Girona, 1981) conoció de primera mano –con un compañero del colegio– la existencia de este grupo de familias que vivían en Sant Gregori, a las afueras de Girona, alejadas del mundanal ruido. Estaban en un bosque en sus autocaravanas bajo la autoridad de una mujer –la Madre, autoproclamada Mensajera de Dios– que ejercía de faro espiritual. Su máxima era una renuncia total a los placeres y vivir en la pobreza para entregarse a Dios.

Ceremonia de captación

Ese es el primer cuadro, quizá algo extenso, que presenta Els nens desagraïts, un texto de escritura detallada y gran acabado. La Madre (Teresa Vallicrosa) alecciona a un feligrés para que se entregue a la causa sin titubeos. El nuevo adepto (Ramon Pujol) debe materializarlo con la quema en un bidón de sus discos de Led Zeppelin.

El segundo nos presenta a una pareja que no pasa por la mejor época de su relación. Ella (Muguet Franc) es la sumisa hija de la Madre, a quien obedece de forma rotunda, y su marido, un pobre infeliz que vive de los recursos de su esposa y que ve cómo su matrimonio cae en barrena.

La obra de Llàtzer Garcia dibuja con firmeza la asfixia vital de una comunidad bajo la autoridad de una mujer que se proclama la
Mensajera de Dios

El salto a la tercera escena nos lleva a esos niños desagradecidos del título que echan pestes de la comunidad. Dos son los hijos de la pareja anterior y el tercero, del primer adepto. Se ven en el funeral de la Madre, una mujer que casi se creía inmortal. Allí despotrican de aquel mundo cerrado del que salieron corriendo, pero del que nunca podrán liberarse. Llàtzer Garcia deja claro que la mochila existencial de la infancia acostumbra a ser una carga toda la vida.

Els nens desagraïts deja huella, en primer lugar, por una puesta en escena y una atmósfera que provocan tanto desasosiego como interés. Estamos en un bosque de Girona, pero podía ser casi uno de Twin Peaks. Los cuatro intérpretes, además, perfilan sin titubeos a sus personajes. Vallicrosa impone como una Madre tan magnética como inquietante con una mirada fría que asusta a cualquiera. Muguet Franc, Guillem Motos y Ramon Pujol se multiplican con igual convicción para repartirse los papeles más jóvenes de las tres escenas. Los cuatro ayudan a impulsar una obra desasosegante y a la vez sugestiva como Els nens desagraïts.