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MÚSICA CONTEMPORÁNEA

Núria Andorrà, el latido de lo imprevisible

La percusionista presenta Improject, un ensemble de música improvisada, en el Ateneu Barcelonès

Roger Roca

Núria Andorrà, en el Ateneu Barcelonès.

Núria Andorrà, en el Ateneu Barcelonès. / ELISENDA PONS

Se dedica a la percusión porque en el conservatorio de Lleida, su ciudad, no se podía estudiar trompeta. Así que sus padres la apuntaron a piano, pero se aburría sentada tanto rato frente al teclado. "Entonces abrieron el aula de percusión. Como les hacían falta 'clientes' nos mandaron a todos a visitarla y yo salí de allí entusiasmada. Tendría 8 años". Hoy Núria Andorrà es una de las percusionistas más destacadas de la música moderna del país. Ha trabajado en el TNC con Carles Santos, tiene un dúo estable con el pianista Agustí Fernández, dirige un ensemble de música improvisada y es la organizadora de un pequeño festival al pie del Montseny. No hay programación de música contemporánea en Barcelona, por underground que sea, en la que no haya plantado su bombo, sus platos y el arsenal de pequeños instrumentos -un par de piñas secas, unas cuantas canincas- con los que construye mundos hipnóticos.

De hecho, cuanto más underground sea la programación, más fácil es que programen a Andorrà. Estudió la carrera de percusión en la ESMUC, donde da clases de improvisación, pero su idea de lo contemporáneo no acaba de casar con la academia. Así que es chocante que le hayan abierto las puertas de una institución tan clásica como el Ateneu Barcelonès, donde hace un par de años da regularmente conciertos de música improvisada. "Fue gracias al anterior programador, Bernat Dedéu, que confió en mí", dice, medio sentada, medio recostada en uno de los venerables sillones que hay junto a la cafetería del Ateneu. 

Este domingo, Improject

Entre esas mismas paredes el domingo (19.00 horas) presenta Improject, un ensemble de ocho músicos con los que explora la improvisación como camino para desarrollar nuevas músicas. "Era un sueño que tenía. Elegí a los músicos no tanto pensando en los instrumentos como en las personas concretas. Por ejemplo, me faltaría un violín, pero no he encontrado la persona adecuada. Y en cambio hay una flauta porque un día toqué con el flautista Pablo Selnik y me gustó mucho". En el ensemble, con residencia artística en la ESMUC, hay cuatro hombres y cuatro mujeres. Algo insólito. "No lo hice a propósito, pero me encantó que saliera así. Muchas veces me han propuesto hacer un grupo solo de tías, y no quiero".

Percusionistas de música contemporánea hay pocos. Percusionistas mujeres, poquísimas. "Cuando jugaba a hándbol de pequeña nunca pensé que fuera cosa de chicos. Y con la música igual. Los impedimentos me los encontré luego, en la carrera". Compañeros más jóvenes que ella que le advertían de que nunca podría ser jefa de sección de percusión en una orquesta porque "nadie querría recibir órdenes de una mujer". Profesores que le recomendaban dedicarse al piano. O aún mejor, a la docencia, porque como músico, si tenía hijos se le acabaría la carrera.

Se ríe recordando la decoración de un aula de percusión del conservatorio de Alemania donde estudió cinco años. "¿Sabes los pósters de los talleres mecánicos de tías en bolas que anuncian herramientas? ¡Pues allí había uno de panderetas turcas con una señora haciendo la danza del vientre y muy poca ropa!"

Le da pena, dice, que en 2017 aún sean necesarias las políticas de discriminación positiva. Sabe también que a su música le queda un largo camino que recorrer para que deje de ser vista como una rareza. "Di el primer concierto de improvisación de la sala Sinestesia en Barcelona y no vino nadie. Toqué igualmente, ¡ya había llevado el bombo hasta allí! Fue un trabajo brutal para el ego". Pero la improvisación también da alegrías. En el MontMusic, el modesto festival que organizó en octubre de este año en Santa Maria de Palautordera, con conciertos en horario de vermut y público de todas las edades, le regalaron el mejor cumplido. "Esto es la creación del futuro, esto está abierto, vivo". 

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