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MIRADOR

La fiebre amarilla

Jordi Puntí

Todo sucede ante nuestros ojos, sin disimulo, pero vamos aturdidos y ni nos damos cuenta. ¿Prohibir el color amarillo en las fuentes de Barcelona? La decisión de la Junta Electoral es tan intolerante y arbitraria que, si saliera en una novela de Ismail Kadare, o de Orhan Pamuk, dictada por un régimen totalitario, nos parecería muy verosímil. Hace años, desde que el PP gobierna, que esta actitud censuradora va reduciendo la libertad de expresión de los ciudadanos, palmo a palmo, emboscándolos en denuncias y prohibiciones que luego suelen ser desestimadas por los jueces. Pero el daño ya está hecho y el ciudadano tiene cada vez más miedo. La interpretación de la Ley de Seguridad Ciudadana -'aka' Ley Mordaza- que se pergeñó mientras mandaba el funesto ministro Jorge Fernández Díaz, menoscaba los derechos individuales. Son ejemplos el arresto de los titiriteros de Madrid, y las denuncias por silbar el himno español en la final de la Copa del Rey del 2015, o a la revista 'El Jueves' por injurias a la Policía.

He aquí uno de los dramas de este otoño neofranquista: viejos intelectuales progresistas, llamados de izquierdas, aceptando en silencio las maniobras de la derecha reaccionario

Este control de las opiniones busca el miedo y, por tanto, la autocensura. Ahora el ministro de Interior, Juan Ignacio Zoido, insiste en su aplicación en las redes sociales, y así vemos a humoristas como Toni Albà, o Eduard Biosca, investigados por delitos de injuria, o a ciudadanos comunes perseguidos por hablar mal del difunto juez Maza. El efecto indigna aun más porque, a su vez, las agresiones y amenazas de la ultraderecha, o incluso las acusaciones de nazismo por parte de diputados del PP, como Rafael Hernando, son celebradas y basta. Hay que añadir, además, la connivencia de algunos jueces a la hora de interpretar la ley, como ese de Madrid que no cree que haya delito de odio en el chat entre policías de Madrid en el que insultaban a Manuela Carmena...

Lo que más sorprende es la indiferencia con que muchos españoles acatan la limitación de sus derechos. Con la zanahoria del 155, el PP les ha hecho creer que todo es un efecto colateral. He aquí uno de los dramas de este otoño neofranquista: viejos intelectuales progresistas, llamados de izquierdas, aceptando en silencio las maniobras de la derecha reaccionaria.

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