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TEATRO DOCUMENTAL

'Claudia', un drama real en escena

El montaje de Carles Fernández Giua, centrado en el testimonio directo de una hija de desaparecidos en Argentina, sacude al TNC

César López Rosell

Escena de Claudia,  el montaje del TNC centrado en el testimonio directo de una hija de desaparecidos en Argentina.

Escena de Claudia,  el montaje del TNC centrado en el testimonio directo de una hija de desaparecidos en Argentina. / TNC / JOSEP AZNAR

Otro montaje para enmarcar con un testimonio real en escena. 'Claudia' es la segunda pieza de una trilogía de teatro documental de la compañía La Conquesta del Pol Sud centrada en la mujer y el tema de la identidad. El impacto de la historia que cuenta de viva voz en escena Claudia Victoria Poblete Hlazic, una ingeniera de sistemas de 39 años que vive en Buenos Aires, emociona en la Sala Petita del TNC. La protagonista del montaje descubrió, a los 22 años, que era hija de desaparecidos y que había vivido una existencia de mentira en el seno de la familia de un teniente coronel de la dictadura junto a unos padres que no eran los suyos. 

Claudia Victoria Poblete Hlazic descubrió a los 22 años que había vivido una existencia de mentira junto a unos padres que no eran los suyos

La revelación del caso de esta joven supuso el principio del fin de la impunidad de los comandantes militares en su país. La propia Claudia ha participado, además de como intérprete, en el proceso de creación de este espectáculo, junto al director Carles Fernández Giua y el escenógrafo y videocreador Eugenio Szwarcer, que realizaron un trabajo de investigación periodística. La compañía ya utilizó este lenguaje con su anterior montaje 'Nadia', una obra centrada en la figura de una joven afgana que durante 10 años simuló ser un chico para sobrevivir en el régimen de los talibanes.

Rigida educación y marginanción

Fernández Giua y Szwarzer introducen el tema en un marco en el que Poblete Hlaczick irá desgranando su experiencia y cómo esta afecta a la individualidad del personaje y al colectivo. En el montaje se utilizan las imágenes de vídeo como escenografía, soporte documental y recurso poético. Secuencias del centro de tortura de la Escuela Mecánica de la Armada, de Videla y otros generales, de las madres de la Plaza de Mayo o de espectaculares paisajes como las cataratas de Iguazú o los lagos de Bariloche son elementos envolventes del relato. En él, Claudia interpela los espectadores sobre el sentido de palabras como revolución, memoria y educación.

"Vivía una vida desdibujada, sin emociones", recuerda la protagonista. Rememora cuando iba a la escuela y los demás niños confundían a sus padres ficticios con sus abuelos. En su fragmentado monólogo, expuesto con gran intensidad emocional, no ahorra detalles de su rígida educación y de cómo su padre la marginaba tanto a ella como a su 'madre' de toda vida social en casa, donde él se reunía con los amigos "para hablar de sus (¿terribles?) cosas" en el contexto de una sociedad en que o eras de los suyos o te calificaban de potencial terrorista.

Empatía con el púbico

En su desnudo anímico en escena no interesa tanto la perfección de la dicción como la indudable empatía que crea con un público que asiste atónito a sus revelaciones. Fernández Giua ha regulado bien los tiempos narrativos para evitar todo atisbo de lectura dramatizada. "Nada volvió a ser lo mismo desde que surgió la verdad de una familia que me había buscado y esperado tanto tiempo. Poco a poco se fueron curando las viejas inseguridades y se llenó de amor ese lugar que había quedado vacío", relata la muchacha, aludiendo al dolor íntimo y profundo de todo al proceso pero que le ha llevado a recuperar la identidad. Un impresionante documento.

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