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Interferencias

Portadas que cuentan historias

Rafael Tapounet

¿Hay algo más molón, en términos de iconografía roquera, que un guitarrista estampando su instrumento contra el suelo? Sí: un bajista haciendo lo mismo. Para empezar, un bajo pesa bastante más que una guitarra. El Fender Precision blanco que Paul Simonon estrelló en el escenario del Palladium de Nueva York el 21 de septiembre de 1979 no baja de los cinco kilos. El momento fue capturado por la fotógrafa Pennie Smith en una imagen ligeramente desenfocada que ha pasado a la historia por la memorable portada del álbum 'London Calling' de The Clash. «Si hubiera sido más listo, habría pillado antes el bajo de repuesto, que no era tan bueno como el que destrocé», lamentó Simonon un tiempo después.

Las cubiertas son una fuente de información preciosa; visual, pero también táctil y olfativa

El diseño gráfico de la cubierta de 'London Calling' era un homenaje explícito a la portada del primer elepé de Elvis Presley, realizada a partir de una foto tomada por William V. 'Red' Robertson durante una actuación del cantante de Tupelo en Tampa, Florida, el 31 de julio de 1955. Hoy vemos esa imagen, en la que un Elvis pletórico muestra la buena salud de sus jóvenes amígdalas, como la profecía de la inminente irrupción de una nueva y rutilante estrella en el firmamento musical; lo cierto es que aquella noche en Tampa el nombre de Presley no aparecía ni de lejos en lo más alto del cartel (le precedían, y en letras más grandes, Andy Griffith, Ferlin Husky, Marty Robbins, Tommy Collins y Glenn Reeves). Apenas un año después, 60 millones de estadounidenses se pegaban a sus televisores para ver la primera aparición del cantante en 'The Ed Sullivan Show'.

'Fast forward' a 1983. Galicia. Miguel Costas, ataviado con traje regional, posa para el fotógrafo Arjones emulando al Paul Simonon de la portada de 'London Calling', pero sustituyendo el bajo Fender Precision por una gaita. La imagen aparecerá en la cubierta del 'single' 'Sexo chungo' / 'Me pica un huevo' de Siniestro Total, en un doble homenaje (a Elvis y a los Clash) disfrazado de parodia.

Las portadas de discos nos cuentan historias; son una fuente de información preciosa, preferentemente visual, pero también táctil y olfativa (por no hablar de esos coleccionistas que tienen la enfermiza costumbre de lamer los vinilos; ¡existen, lo juro!), que convierte la audición musical en una experiencia sensorial completa. Un placer de otro tiempo. Un foco de voluptuosa rebeldía frente a la incorpórea tiranía de ceros y unos de los archivos digitales.
 

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