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CRÓNICA

Imponente Núria Espert en 'Incendios'

La inmensa tragedia moderna de Madji Mouawad conmueve al Goya de la mano de Mario Gas y un reparto de campanillas

César López Rosell

Laia Marull y Núria Espert, en un momento de Incendios.

Laia Marull y Núria Espert, en un momento de Incendios. / ROS RIBAS

Una tragedia moderna que nos remite a las míticas griegas. 'Incendios', de Wadji Mouawad, ha regresado a Barcelona de la mano de Mario Gas y con un reparto de campanillas encabezado por una imponente Núria Espert. La dureza de la historia sacude al público del Goya, como lo hiciera hace cinco años la versión de gran plasticidad y hondura poética de Oriol Broggi, con Clara Segura y Julio Manrique como cabezas de cartel. Y como volverá a ocurrir con cualquier nueva lectura  bien resuelta de una obra a la que, como sucede con los grandes clásicos, y este ya lo es, hay que volver cíclicamente. En este texto, fundamental para entender lo que le pasa a una generación marcada por la hecatombe que supone un permanente conflicto bélico con el fanatismo religioso y la xenofobia campando a sus anchas, se dibujan con nitidez el drama del exilio, la necesidad de justicia y hasta los deseos de venganza. Un grito desesperado del autor canadiense de origen libanés tan impactante como el que universalizó la pintura de Munch.

La producción es una enorme cartografía del dolor. El excelente pulso dramático del montaje de Gas, expuesto con gran claridad expositiva a pesar de la complejidad que plantean las cruzadas tramas, ayuda al espectador a situarse en el verdadero sentido de la narración.  "La infancia es un cuchillo clavado en la garganta. No se lo arranca uno fácilmente. Solo las palabras pueden conseguirlo", dice uno de los protagonistas en el inicio de la función. Es la forma de situarnos en la idea  de que solo recuperando las raíces es posible comprender el sentido de situaciones como las del mundo convulso en que vivimos.

Regreso al Líbano 

Todo empieza cuando los gemelos Jeanne (una convicente Candela Serrat) y Simon (un Álex García que se multiplica en otros personajes) alucinan con el testamento de su madre Nawal, emigrante libanesa que vivía en Canadà. El notario (un humano y sólido Ramón Barea, también desdoblado en otros roles) les entrega sendas cartas dirigidas a su padre, de quien nunca han sabido nada, y a un hermano cuya existencia también desconocían, además de un cuaderno rojo con la indicación de que deben localizarlos. La hija asume el compromiso de bucear en el pasado de su progenitora y vuelve al Líbano para descubrir terribles secretos que son consecuencia del salvaje enfrentamiento entre cristianos maronitas y musulmanes.
 

La de Núria Espert supera cualquiera de sus interpretaciones anteriores, aunque haya antecedentes recientes para enmarcar

Núria Espert, que encarna a la madre, a la abuela Nazira y a Jihane, se multiplica con una actuación portentosa en la que muestra sus mejores recursos. Sin excesos, con un absoluto dominio de la escena y siempre muy expresiva, incluso en los elocuentes silencios, sabe transmitir toda la emoción que hay detrás de las palabras. Impactante el monólogo del segundo acto y, en general, una interpretación que supera cualquiera de las anteriores, aunque haya antecedentes recientes como'El rey Lear' o 'La violación de Lucrecia' que eran para enmarcar

El triunfo de la violencia

El resto del compenetrado reparto, que se mueve en una sencilla pero funcional escenografía, está a la altura de las exigencias. Destaca el trabajo, lleno de energética entrega, de Laia Marull dando vida a la Nawal joven. La actriz refleja con gran verdad interpretativa tanto los momentos de horror como los de dulzura amorosa. También brilla Lucía Barrado como Sawda, amiga de Nawal, y se muestra a gran nivel Alberto Iglesias, con nada menos que seis personajes, así como Germán Torres interpretando al miliciano que asesina a ritmo de ‘Phycho Killer’. La esencia del ser humano en situaciones en las que la violencia supera a la razón aflora muy bien en esta recomendable producción.


  

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