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EN LA JOAN GASPAR

Miró en los genes de Picasso

Xavier, sobrino nieto del malagueño, presenta una serie inspirada en el universo del autor de las 'Constelaciones'

Natàlia Farré

El artista Xavier, sobrino nieto de Picasso, junto a una de las esculturas de la serie Le jardin circonflexe en la galería Joan Gaspar. 

El artista Xavier, sobrino nieto de Picasso, junto a una de las esculturas de la serie Le jardin circonflexe en la galería Joan Gaspar.  / ÁLVARO MONGE

De mirada franca, verbo inteligente y maneras sencillas. Así es Xavier, grabador, ceramista, pintor y, sobre todo, artista siempre en busca de nuevos retos. No en vano lleva la creación en sus genes. Su primer grabado lo hizo con seis años y quien le felicitó por el trabajo fue su tío abuelo. Hasta aquí algo normal en cualquier familia  si no fuera porque el tío abuelo en cuestión era el mismísimo Pablo Picasso.

Genio al que frecuentó hasta su muerte. "Le enseñaba todo lo que hacía, como hace cualquier niño". Y el malagueño respondía positivamente. "Era todo muy natural", sostiene Xavier, aunque apostilla: "Sí es cierto que mis interlocutores eran muy extraordinarios". Lo dice en plural. Porque Picasso no era al único genio que frecuentaba el artista. Ahí estaban también su padre, Xavier Vilató, y su tío, Fín, pintores reconocidos e hijos de la hermana del autor del 'Guernica'. Y por parte de madre los parientes cercanos respondían por Élie Lascaux, Michel Leiris y Daniel-Henry Kahnweiler. Sobran las presentaciones. De manera que "el domingo comía viendo el mismo cuadro que el lunes encontraba en los libros de texto de la escuela". No está mal.

"El domingo comía viendo el mismo cuadro que el lunes encontraba en los libros de texto de la escuela"

Xavier lo cuenta como si nada, mientras pasea por su 'Jardin circonflexe', la serie de piezas de cerámica, bronce, óleo y grabados que presenta en la galería Joan Gaspar (hasta el 20 de diciembre). "Toco todas las técnicas porque lo que me interesa es el camino de la creación, sorprenderme a mí mismo y llevar las cosas al límite de lo posible". Y en este punto recuerda a Henry Matisse: "La gente no entiende que se atara el brazo derecho para trabajar con el izquierdo, y es una manera de sacar  cosas nuevas de ti mismo, de avanzar".

Un universo, el del jardín, lleno de personajes infantiles, lunas, pájaros y estrellas que evocan el universo de Joan Miró. ¿Casualidad o premeditación? "Las cosas nacen, se acumulan y toman su propio camino". En este caso fue un camino mironiano. "La serie empezó trabajando la cerámica donde siempre lo hacía Miró [en la Fundació Artigas] y de un diálogo con las materias y cosas que él utilizaba". Para Xavier crear es discutir con el arte del pasado o del presente. "Lo bonito y mágico es que si te interesa un artista aunque haya muerto hace 500 años puedes acabar hablando con él".

Libros y 'panellets'

En este caso el "diálogo es con el universo de Miró", reconoce. Lo que lleva a una pregunta obligada: ¿La conversación nunca es con Picasso? "¡Con Picasso he discutido siempre! Estaba en mi entorno, he mamado sus obras como las galletas de mi abuela. Y Miró me gusta desde que de pequeño fui a la Fundación Maeght. Además Picasso hizo mucho por él en París, y  Miró ejercía de cartero entre mi tío y los Vilató llevando de  arriba para abajo periódicos, libros, 'panellets'... Es parte de mi historia y de vez en cuando me gusta abrir una puerta, quedarme un tiempo y conversar con un viejo amigo".

"Es parte de mi historia y de vez en cuando me gusta abrir una puerta, quedarme un tiempo y conversar con un viejo amigo"

'Le jardin circonflexe' empezó a nacer hacer cuatro años y sigue expandiéndose. En total lo forman "unas 150 pinturas, más de 50 cerámicas, unos 20 grabados y esculturas de bronce", de las que una pequeña parte, "la punta del iceberg" se exponen en la Joan Prats y en La Fundación Artigas, en Gallifa (Vallès Occidental). Dos exposiciones complementarias, y un jardín nocturno en el que los personajes se le revelan a Xavier, "los encuentro", y en el que más que contar una historia se trata de "sorprender".

En él hay sentido del humor, "imprescindible para hablar de temas profundos y graves"; un punto inquietante, "viene del mundo de los sueños"; y un aire infantil: "Me gusta que se me vea infantil pero es muy complicado ser infantil". Y ese último punto es algo, que a juicio de Xavier, compartían Picasso y Miró: "Ambos buscaban la frescura del trazo infantil". 

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