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Festival de Cine Documental Musical

Madness por fuera, 'sadness' por dentro

Suggs, cantante del grupo inglés, relata su vida en un montaje teatral convertido en película que se presenta en el In-Edit

El espectáculo, como las canciones de la banda, mezcla elementos cómicos y dramáticos con inusual sinceridad

Kiko Amat

Graham McPherson, alias Suggs, cantante de Madness.

Graham McPherson, alias Suggs, cantante de Madness. / STUART McCLYMONT

¿Saben esos discos que uno compra por la portada? 'Complete Madness' no fue uno de ellos. De los siete miembros fotografiados, tres lucían sombreros inadmisibles; otro, chaqueta de purpurina rosácea y gafas Lennon (o Himmler). Y conté no una, sino dos pajaritas. Al final compré el casete, pese a que -por culpa de la Orquesta Mondragón- en 1986 yo desconfiaba cosa mala de los grupos con atavíos jocosos. Madness vestían, a la sazón, como siete 'skins' de mi pueblo que hubiesen sido lanzados por la puerta delantera de una tienda de disfraces y saliesen despedidos por la trasera. Después de chocar contra todos los colgadores. El grupo mezclaba a menudo familiares elementos tribales con, ¡ay!, 'gadgets' de chirigota: sombreros de pirata, trajes de vodevil, gafas de coña, colorete Pierrot. Parecían lo que eran: siete chavales haciendo el idiota. Como nosotros. Excepto que ellos tenían talento para el pop y nosotros solo para la melopea enajenante.

Madness son una asignatura crucial de mi adolescencia. De ellos saqué el baile y una completa introducción al pop triste maquillado de jovial. Los pasos eran de Suggs (Graham McPherson, 1961), y varias canciones también. Su baile mezclaba ska con pantomima: movía el cuello como un pollo buscando grano; se agachaba de repente como quien esquiva una bala, y se volvía a incorporar, la cabeza vuelta y las cejas levantadas, igual que si un extraño hubiese gritado su nombre. Mis amigos y yo copiamos cada movimiento. Nuestras fiestas, si sonaba el 'Bed and breakfast man', parecían una convención de mimos con botas militares. Si sonaba 'One step beyond', ya lo imaginan, hacíamos lo mismo pero en fila india, culos contra paquetes, imitando la neoconga 'Nutty'. Todos queríamos ser Madness, y -no éramos tontos- de Madness preferíamos a Suggs.

Suggs podría haber sido el rubio guaperas de nuestro instituto. Llevaba un peinado 'flattop', plano por arriba, que le daba pinta de joven astronauta. Sonreía perverso, como si acabaran de soplarle algo humillante sobre un enemigo. En los videoclips hacía el ganso con palpable autoconfianza. Cantaba desganado, sin histrionismos ni tics rockeros, aunque pasándolo bastante bomba. El funeral, de haberlo, iba por dentro.

En busca del padre ausente

Mucha gente mete la pata al contar su vida. Porque no tenían nada que contar, o se tomaron demasiado en serio a sí mismos, o en su documental aparecían demasiadas cabezas parlantes enumerando -con sospechosa unanimidad- sus logros y conquistas sexuales. Suggs es una de las pocas estrellas del pop quien, por el contrario, ha acertado a contarse con ironía, sinceridad y un montón de 'bathos' (el paso de lo sublime a lo común). Lo hace en 'My life story', la obra teatral convertida por Julien Temple en un filme que el viernes se estrena en el festival In-Edit. Una pieza de comedia 'stand-up' con apartes music-hall, mucho anticlímax buscado (de triste a cómico, y viceversa) y un montón de anécdotas. El hilo conductor es la búsqueda del padre que nunca conoció. El peregrinaje le lleva a descubrir unas cuantas cosas feas y otras tantas alucinantes, que enlaza con batallas imberbes, embelesos musicales y ascenso al podio del pop inglés.

En aquella época Madness nos metían la tristeza doblada, para decirlo con jerga joven. Engañaba el nombre de la banda, los antifaces y las mamarrachadas, el festivo ritmo-ska-ska-ska, pero las canciones iban llenas de melancolía ('Grey day', 'Embarrassment', 'Tomorrow’s (just another day)') o añoranza lacrimosa por tiempos mejores ('Our house'). La mayoría eran protodramas obreros con cáscara pop: billetes de lotería, embarazos no deseados, ataques al corazón, viajantes de comercio y pasmas pasmados. Madness eran el marido recién divorciado que está, pedísimo, en un rincón de la barra con un sombrero mexicano en la cabeza. En ellos convivían alborozo y penita, y ambos eran reales. Se les notaba ya en 'My girl', de 1979, por mucho saxo de plástico y danza demente, cuando aquel tintineo de piano precedía el "Why can't I explain? / Why do I feel this pain?".

'My life story' ahonda en esa doble noción. Hay bromas sobre grafitis de pollas, la dentadura de Jerry Dammers o cuando Madness irrumpieron en el local de The Clash disfrazados de policías (los Clash les retiraron el saludo durante cinco años). Suggs afirma, y sin duda es cierto, que el grupo era su familia. Pero esa verdad tiene cara oculta: la ausencia de una familia estable, de una figura paterna. La vida, lo vemos ahora, no fue siempre "such a fine time / such a happy time", aunque terminase fertilizando ese imponente cancionero. Dios bendiga, y también maldiga, a los padres que se piran.

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