CRÓNICA

Una ultra-Maria del Mar Bonet

La cantante mallorquina conmemoró sus 50 años de trayectoria escénica con un frondoso recital asentado en el diálogo con Cuba de su reciente disco 'Ultramar'

Maria del Mar Bonet y el contrabajista Jorge Reyes, en el Liceu.

Maria del Mar Bonet y el contrabajista Jorge Reyes, en el Liceu. / FERRAN SENDRA

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Jordi Bianciotto
Jordi Bianciotto

Periodista

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Maria del Mar Bonet no quería conmemorar ‘50 Anys d’escenaris’ con conciertos antológicos: eso ya lo hizo en ‘El cor del temps’, cuando celebró los 30. Y tirando del hilo de las canciones de trabajo, de la sintonía con los ritmos y la memoria mágica de Cuba, cobró forma ‘Ultramar’, un disco que no solo cruza océanos sino los mismos límites de la artista mallorquina, y que este viernes proyectó a una luminosa y cambiante ‘ultra-Maria del Mar’ en un escenario inédito para ella, el del Liceu.

Los músicos siempre han jugado un papel destacado en su mundo y es posible que esta vez su protagonismo fuera incluso mayor, empezando por Pancho Amat, con su colorista tres, y el grupo Cuerdas del Monte, que enraizaron la primera secuencia del recital en la Cuba campesina. Así, ‘Com un mirall’ abrió la noche en forma de jota tropical, envuelta en una vibrante telaraña de tres, guitarra y laúd. Esta fue una de las siete canciones incorporadas al repertorio sin formar parte de ‘Ultramar’, como ‘Cançó de na Ruixa Mantells’, sobre “una mujer que perdió a su amor en el mar”, cuya tragedia interior quedó un poco matizada por la dulzura instrumental. El diálogo entre el Mediterráneo y las Antillas devino familiar en ‘Zapateo’, fundiendo un texto recogido por el cancionero del padre Ginard y una música popular cubana.

Isla dentro de la isla

El piano de José María Vitier nos introdujo en otra isla dentro de la isla a través de una ensoñadora ‘No voldria res més ara’ que condujo a ‘Danza de fin de siglo’ y ‘Amor’: el perfil más romántico, también más canónico, de la cantante, imponiendo su profundidad vocal entre arpegios refinados. Una secuencia de altos vuelos que ella cortó luego en seco yéndose al otro confín del atril con un ‘Sempre hi ha vent’ primitivo, de trasfondo africano, pórtico de la Cuba mundana, con aromas jazzísticos, que se abrió paso de la mano de Jorge Reyes.

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Las canciones con perfume bolerístico, ‘Tant com te cerc’, de Guillem d’Efak, y ‘Viure sense tu’, se reencontraron con la versión más lujosa de sus esencias y su sensualidad natural, como si volvieran a casa y se la encontrarán convertida en una acogedora mansión colonial. También esa convulsa ‘Cançó de les princeses africanes’, una cálida ‘Jim’ y la cuesta arriba, abierta a improvisaciones, de ‘Els boscos del pensament’.

Uno de los clásicos de la cantante, ‘Què volen aquesta gent?’, ha sido evocado estos días en las calles y cobró vida en el Liceu, dedicado “a la gente que sufrió aquel domingo”, en alusión al 1-O. Versión bautismal, a voz y guitarra, en contraste con el viaje que la decena de músicos implicados, reunidos en escena, dieron a ‘La balanguera’, con una vitalidad rítmica ya impregnada para siempre en el mundo de Maria del Mar Bonet.