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La música de la Mercè

Todas las Islandias en el BAM

El festival acogió una noche dedicada al abanico de sonidos del país de los glaciares

Juan Manuel Freire

Janus Rasmussen, la mitad del dúo Kiasmos.

Janus Rasmussen, la mitad del dúo Kiasmos.

¿A qué suena Islandia? Una variedad de lugares comunes puede llegar a la mente: sonidos electrónicos fríos como el témpano, paisajismo de grandes áreas, voces élficas… Son tópicos cien por cien justificados: "A los grupos de la escena islandesa nos sale música que recuerda a Islandia", admitía Ólafur Arnalds, mitad de los emo-techno Kiasmos, en una entrevista con este diario de hace dos años, antes del paso del dúo por Sónar.

Fueron precisamente Kiasmos los encargados de cerrar con plena efectividad la jornada dedicada a Islandia de este BAM, que reunió a varios proyectos prototípicamente islandeses, pero también raperas y raperos e incluso una banda rock gritona.

"Aprecio que hayáis venido a verme, aunque no entendáis una palabra de lo que canto", decía (en inglés) Emmsjé Gauti desde el escenario de Joan Coromines. Su hip hop con vistas al R&B no es particularmente efectivo ni singular (a menos que la gracia esté en unas letras de las que muchos no entendimos una palabra), pero Gauti se hizo querer con su cercanía, artes de buen animador y sinceridad autoflagelatoria.

La musa Ákadóttir

Si Gauti pudo tirar de una épica cercana a la EDM, la artista JFDR optó por todo lo contrario: un hilo de voz embrujador y guitarras delicadas dominaron su pop etéreo, recorrido, de forma inquietante, por una subtrama de ruido digital. Björk parece referencia clara, pero el influjo va en ambas direcciones: la autora de 'Vulnicura' se ha declarado fan irredenta de Jófríður Ákadóttir (ese es su nombre sin abreviar en siglas), en particular de su grupo Samaris, con los que también actuó anoche.

Si bajo el alias de JFDR desplegó un art-pop delicado (con toques de saxofón muy Talk Talk de Tumi Árnason), Ákadóttir bailó e hizo bailar en el marco de Samaris. El productor Þórður Kári Steinþórsson puso potentes bases de drum’n’bass esquelético, trip hop actualizado y emo-techno, mientras que Áslaug Rún Magnúsdóttir añadió clarinete filtrado y voces como psicofonías. Trío ganador.

Diez chicas en la casa

Las revoluciones por minuto bajaron seriamente con Ólöf Arnalds (prima de Ólafur, el de Kiasmos), quien desplegó su folk de aires medievales con toda la delicadeza y sensibilidad que pueden esperarse. También todo su buen humor: "Este el único solo de guitarra del concierto", avisó a mitad del single 'Crazy car'.

Un rato después, también en Joan Coromines, la cantante pop-R&B Glowie animaba a medias con un repertorio genérico. Quienes supieron agitar al público fueron Reykjavíkurdætur ('Las hijas de Reikiavik'), colectivo rap femenino que supera en contingente a Los Inhumanos: 14 contra 12, aunque aquí solo vinieron 10. Espectacular, sea como sea. Una descarga de energía contagiosa con bases rotundas (incluyendo algún guiño a Tom Tom Club) y mensajes feministas bien claros a pesar de ser lanzados en islandés. Al lado de esto, el rock/ska-punk de Grisalappalísa sonó, con todos los respetos, un poco vetusto y cipotudo.

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