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OTROS ESCENARIOS POSIBLES

Bailando en defensa del pueblo mapuche

Los 14 miembros del grupo chileno Newen Afrobeat se apelotonaron en el minúsculo escenario del Marula Café para brindar un frenético y reivindicativo concierto

Nando Cruz

El numeroso grupo chileno Newen Afrobeat, en el pequeño escenario de Marula Café.

El numeroso grupo chileno Newen Afrobeat, en el pequeño escenario de Marula Café. / ÁLVARO MONGE

El camión de la basura apenas puede avanzar por la calle Escudellers debido a la cantidad de turistas que transitan por ella. Cada noche pasa lo mismo, pero es viernes y hay una complicación añadida. A la altura del número 49, decenas de personas esperan para entrar en el Marula Café. La gran mayoría se quedarán en la calle. Las entradas para el concierto de hoy se han agotado.

Alguien ha enganchado una tira de papel en la vitrina de la entrada donde se anuncia la programación del local. Solo hay una frase escrita: "¿Dónde Está Santiago Maldonado?". Hace ya un mes que este joven argentino desapareció durante una protesta en la que la comunidad mapuche reclamaba como propias unas tierras que el Gobierno ha vendido a la empresa textil Benetton.

Pero, ¿qué pasa hoy en el Marula? Los causantes de tanto revuelo son  Newen Afrobeat, una formación chilena insólita en muchos sentidos. Aunque el afrobeat nació en Nigeria de la mano de Fela Kuti, ellos lo retoman desde la otra punta del globo para denunciar las injusticias cometidas en el cono sur. Tampoco es habitual que una mujer lleve la voz cantante en una formación de afrobeat y aquí son tres. Que sean 14 integrantes ya no es tan insólito, pues las orquestas de afrobeat suelen ser numerosas, pero habrá que ver si caben en el minúsculo escenario del Marula. Hoy hay doble lleno: de público y de músicos.

Especialistas en grandes formaciones

En el Marula ya están habituados a las bandas multitudinarias. En junio tocó la 'brass band' Mission Delirium: más de 20 músicos. La gran especialidad de este local del Raval es la música negra, ya sea africana o americana, y eso implica a menudo trabajar con bandas de gran formato. Bendita especialidad la suya, que ha permitido disfrutar de formaciones muy costosas de mover. Y es que todo se complica con tantos miembros. Solo el montaje de los instrumentos y la prueba de sonido de Newen Afrobeat lleva tres horas. Para que quepan todos habrá que ampliar el escenario con una tarima de metro y medio por tres. 

Con tantos miembros, todo se complica; montar los instrumentos y probar sonido lleva tres horas

La sala está a rebosar. El único que tiene algo de espacio para maniobrar es el 'discjockey' en su cabina. Está pinchando afrobeat, claro. Tras el escenario se oye un grito de guerra. Es el conjuro de la banda, que ya sale a escena. El primero es el batería. Le sigue un percusionista. Y otro percusionista. Y un guitarrista. Y otro guitarrista. Y un bajista. Y un saxofonista. Y otro. Y otro. Y un trompetista. Y otro. Y las tres cantantes y bailarinas. La disposición será un 4-5-3: sección rítmica al fondo, vientos en medio campo y voces delante, en la tarima extra. Los guitarristas tocarán en banda derecha, junto a la pared.

Por si fuera poco, un fotógrafo y un técnico suben también al escenario. Total: 16 en escena. El técnico finta como una culebrilla entre los músicos y los instrumentos para ajustar los cables que se puedan desconectar. Ecualiza el sonido desde un pequeño iPad. Tan habituados están a tocar con poco espacio que la lista del repertorio mide un palmo. Una de sus canciones más ingeniosas reproduce un discurso del expresidente uruguayo Pepe Mújica, pero por suerte no han traído a Mújica de gira. Aunque es menudito, hoy no cabría en la tarima.

Con ustedes, Celia Kuti

Todos llevan las caras pintadas con puntos y líneas inspirados en el maquillaje de las bailarinas de Fela Kuti. Todos lucen ropajes muy coloridos. De hecho, la segunda canción de la noche es 'Upside down', una versión de Fela. Pero la tercera nos lleva al altiplano boliviano. Cuando la cantante Francisca Riquelme improvise fraseos para que el público los repita, la escena recordará más a un concierto de Celia Cruz que a uno de Fela Kuti. Con todos ustedes... Celia Kuti.

La música secuestra el local sin remisión. El bajista pulsa las cuerdas como si proviniese de un grupo de thrash metal. Newen, en lengua mapuche, significa fuerza. Mientras el saxo hace su solo, el técnico fija un pie de micro con cinta. Una espectadora abanica al trompetista. La temperatura sube, sube. Durante el solo de guitarra, la cantante va al camerino a por botellines de agua.

Hay serio peligro de deshidratación, pero la banda no frena. Cae otra de Fela Kuti, 'Opposite people'. Se canta contra la manipulación de los medios de comunicación y se baila por una nueva nación. El Marula es un vagón de metro en hora punta, pero Newen Afrobeat mantiene su ritual de baile y denuncia. "No cantamos por cantar", declaran en otra letra. Ahora el público debe agacharse y aguantar en cuclillas. Y luego saltar. Es ya la tercera vez que lo piden. El saxo barítono no puede más. Faltan cuatro días para acabar la gira y está reventado.

Macarena, una de las coristas y bailarinas, pronunciará la frase del día: "Protejamos nuestro sur, ahora que ya hemos perdido nuestro norte". Habla de defender la tierra y el agua. Habla de presos políticos mapuches en huelga de hambre. Habla de la curandera y activista Francisca Linconao. "¿Dónde está Santiago Maldonado?", exclama alguien desde el público. A Macarena se el quiebra la voz y a punto está de romper a llorar. Y enfila la última canción declamando unos versos en mapundungún, la lengua del pueblo mapuche.

Contra el colonialismo caníbal

Newen Afrobeat podría ser un calco o, peor, un pastiche, pero su transfusión de sangre africana a las venas abiertas de América Latina es poderosa, trepidante, contagiosa y arrolladora. Además, tiene todo el sentido del mundo. Sus denuncias son similares a las que profería Fela Kuti hace cuatro décadas a 9.000 kilómetros de Chile. Son reivindicaciones de mínimos por parte de quienes viven bajo el yugo del colonialismo moderno y el capitalismo caníbal. Larga vida al afrobeat mapuche.

El concierto ya acaba. El afrobeat estalla. La banda pierde la compostura. Instrumentistas y cantantes saltan y bailan intercambiándose sus posiciones en la tarima. Cualquiera que entrase ahora juraría que el público ha invadido el escenario del Marula. Falso. Ahí arriba solo hay músicos. No cabe nadie más.

Temas: Conciertos