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CITA LÍRICA DE ALTURA

Superlativa 'Madama Butterfly' con Ermonela Jaho, en Peralada

La soprano deslumbra con su sobrecogedora y delicada interpretación de la heroína de Puccini en una ópera ambientada en el Nagasaki de antes y después de la bomba atómica

César López Rosell

Uno de los momentos de la interpretación de Madama Butterfly, en Peralada.

Uno de los momentos de la interpretación de Madama Butterfly, en Peralada. / Toti Ferrer

Los adjetivos se agotan a la hora de calificar la superlativa interpretación que la soprano albanesa Ermonela Jaho ha hecho de 'Madama Butterfly', este lunes en Peralada. La cantante con más dotes de actriz que hemos visto últimamente en un escenario ha recreado esta heroína con tintes de tragedia griega de la ópera de Puccini con una sobrecogedora inmersión dramática, y con una extraordinaria delicadeza.El público ha acabado absorbido por el torbellino de emociones y sentimientos con los que ha compuesto a la geisha Cio-Cio-San. Joan Anton Rechi sitúa esta historia de vulnerabilidad humana en el Nagasaki de antes y después de la bomba atómica que arrasó la ciudad. Con este espacio de destrucción y desolación ideado por Alfons Flores, que concuerda con el estado mental de la protagonista, se ha llegado a una aproximación más real de lo que sería este libreto en la actualidad.

Un reparto de lujo, con Bryan Himmel, Carlos Álvarez y Gemma Coma-Alabert, arropa a la gran actriz-cantante en el montaje de Joan Anton Rechi

Jaho es, sin duda, lo más próximo a la frágil mariposa perdida en un marco extraño y hostil en el que apenas existe nada para sobrevivir excepto la ilusoria espera del regreso del marido que se marchó hace tres años, tras una boda de conveniencia, con la idea de no volver. En medio de esas ruinas, Butterfly crece en su dimensión más trágica. Vivir después de algo tan apocalíptico apela no solo a su mundo interior sino al pensamiento colectivo. Y, debates al margen sobre si es necesario renunciar a la estética japonesa para contar la historia desde una óptica cercana al Alepo de nuestros días, lo cierto es que la intérprete se mueve como pez en el agua en este contexto. La artista aprovecha cada una de las frases que despliega desde una voz plena y bien administrada en sus recursos, algo que le permite disimular cualquier carencia y llegar al final con toda la conmovedora intensidad de su rol.

Piel de gallina

Ermonela pone la piel de gallina en su dúo amoroso del primer acto con Bryan Himmel (un portentoso Pinkerton), en el impresionante 'Un bel di, vedremo', y en las dolorosas arias 'Che tua madre dovrà' y 'Con onor muore', la anterior al suicidio. Cómo canta y, sobre todo, cómo conmueve. Claro que le arropa un reparto de lujo, tal vez el mejor posible en estos momentos para este título. Carlos Álvarez es un Sharpless de gran presencia dramática y vocal, vestido con quimono para mostrar querencia por el bando de los vencidos. Soberbio en todas sus intervenciones y en los dúos con Pinkerton y Butterfly.

La actuación de Gemma-Coma Alabert (la leal criada de la protagonista) es espléndida creando una Suzuki de libro tanto en el plano vocal con en el de la buena química interpretativa con Butterfly y el cónsul. Viçens Esteve Madrid recrea un casamentero Goro muy creíble, mientras que Carles Pachón defiende al Príncipe Yamadori, caracterizado como un estraperlista. Impresionante el coro a boca cerrada de los componentes del  Liceu y, de menos a más, la Orquesta Sinfónica de Bilbao, dirigida por Dan Ettinger.

Final retocado

La escenografía tiene buenas ideas respaldadas por el vestuario de Mercè Paloma. En la primera parte, un mecanismo giratorio permite transitar entre la monumentalidad de un espacio con columnas que representa el consulado americano y la sala y la habitación donde transcurre la primera noche de amor entre Pinkerton y Butterfly. El final del acto es demoledor. El efecto sonoro del vuelo de un avión y de una explosión simula el lanzamiento de la bomba atómica. Al estruendo lo acompañan el derrumbe de las columnas y con él llega el fin de la opulencia. En el segundo acto el escenario es apocalíptico. La geisha sobrevive entre las ruinas en una tienda de campaña con los colores de la bandera norteamericana. Una torre sirve para focalizar las acciones más dramáticas del montaje, incluidas las que se desarrollan con el hijo nacido de la relación entre ambos. También se utiliza de atalaya para otear la posible llegada del barco con Pinkerton. Atalaya desde la que Butterfly agita la bandera estadounidense cuando el navío regresa con un marido que, en realidad, viene a llevarse a su hijo.

Rechi retoca el final, haciendo que el cobarde marino vea con sus propios ojos el suicidio de la geisha, en lugar de llegar cuando está muerta, para así llevarse ese peso en su conciencia. Una gran noche de ópera en Peralada. 

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