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crónica de música

Julia Lezhneva, virtuosismo sin emoción

La joven soprano rusa seduce en Peralada con su desbordante coloratura, pero pierde fuelle en la expresión dramática

César López Rosell

Julia Lezhneva, durante su recital del sábado en Peralada. 

Julia Lezhneva, durante su recital del sábado en Peralada.  / JOAN CASTRO / ICONNA

A sus 27 años, sigue teniendo esa cara de niña que le ayuda a proyectar en escena la imagen del ángel que canta. Haciendo alarde de su impecable técnica y de un abrumador dominio de la coloratura, Julia Lezhneva exhibió en su debut, el sábado, en Peralada las virtudes que le han llevado a convertirse en una de las recitalistas más codiciadas para abordar repertorios barrocos y belcantistas, pero también sus carencias expresivas a la hora de proyectar las emociones de un programa en el que añadió una incursión por el poético mundo del 'lied'. Mucho para una velada en la que durante casi dos horas tuvo que casar atmósferas tan distintas como las de su viaje por la pirotecnia vocal y otro por el de la profundidad y delicadeza de Franz Schubert.

Desde que la oímos en su presentación en Torroella hace cinco años, pasando por su 'première' en el Liceu interpretando a Zerlina en 'Don Giovanni', es evidente que hay una progresión. Su voz, absolutamente adecuada en estilo para estos repertorios, se  ha hecho un poco más ancha pero sin perder ni un ápice de su agilidad, lo que le permite afrontar sin problemas trinos  y pasajes más rápidos. Y ha mejorado en la dicción del alemán para enfrentarse con más garantías a piezas como los 'lieder', aunque desde su estaticismo interpretativo está lejos de conmover como lo hacen los grandes del género.

Inicio explosivo 

Con su porte de virgen renacentista, se enfrentó a las primeras de cambio a las coloraturas de 'Agitata da due venti de Griselda' de Antonio Vivaldi. Comienzo explosivo y de riesgo que abordó con naturalidad. Desde el inicio se hizo patente la compenetración con el pianista Mijaíl Antonenko, su pareja, que dejó huella en la iglesia del Carme de su calidad como solista con una pieza de Johann Sebastian Bach y un aplaudido 'Impromptu' de Schubert. Lezhneva siguió con 'Carmelitarum, ut confirmet ordinem', ajustada versión de la pieza del motete 'Saeviat tellus inter rigores' de Georg Friedrich Händel. Continuó por el barroco religioso con 'Exulta, exulta o cor!', recitativo y aria de 'In caelo stelle clare' de Nicola Porpora, y cerró la primera parte con 'Tu virginum, corona...', del célebre 'Exultate, jubilate', de Wolfgang Amadeus Mozart.

Hasta el momento, Lezhneva había dado muestras de un virtuosismo un tanto frío, pero ganó calidez en la continuación. Despachó con facilidad el compendio de las tres canciones de la 'Regata veneciana' de Gioachino Rossini, se sumergió en las aguas profundas de la sensibilidad dramática con tres conocidos 'lieder' de Schubert, 'Nacht und träume', 'Die junge’ nonne' y el nostálgico 'Im frühling', interpretados con siberiana perfección técnica. 'Tanti affetti', el vibrante rondó final de 'La donna del lago' de Rossini, la devolvió a su imbatible territorio belcantista. Los reiterados aplausos le hicieron regresar a escena para ofrecer tres propinas: una canción de Carl Heinrich Graun, el 'Alleluia' de Pórpora y 'Daisies' de Rachmaminov. 

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