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EXPOSICIÓN EN CAIXAFORUM

El enigmático mundo de De Chirico

CaixaForum abre una gran retrospectiva con 142 obras del artista italiano, creador del arte metafísico y de un imaginario misterioso y perturbador

Anna Abella

 Sole sul cavalletto (1972), en la exposición de De Chirico en CaixaForum. 

 Sole sul cavalletto (1972), en la exposición de De Chirico en CaixaForum. 
 Plaza de Italia con fuente (1968), en la exposición de De Chirico en CaixaForum. 
Detalle de la exposición con más de 140 obras de Giorgio De Chirico en CaixaForum. 
Detalle de la exposición con más de 140 obras de Giorgio De Chirico en CaixaForum. 

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Tras el bronce ‘Minotauro arrepentido’, precedido de una serie de óleos de gladiadores -“que representan el enigma de la persona que sabe que morirá” y donde la arena es una escenografía teatral-, la mirada del espectador se dirige hacia la última pintura de la exposición. Es ‘Cabeza de animal misterioso’ (1975), especie de caballo mitológico, con un solo ojo bueno, un punto socarrón, y un pelaje donde se dibuja el repertorio iconográfico de Giorgio de Chirico (1888-1978), con capiteles y columnas de castillos y villas italianos. “Es un resumen de toda su experiencia artística, de vida y pensamiento, basada en la acumulación de conceptos poéticos, filosóficos, arquitectónicos y de representación de la historia de la humanidad”, concluyen Mariastella Margozzi y Katherine Robinson, comisarias de la gran retrospectiva que reúne en CaixaForum Barcelona 142 obras. Se trata de pinturas, esculturas, dibujos y litografías de entre 1913 a 1976, del que probablemente es el artista italiano más destacado del siglo XX, precursor del surrealismo y creador del arte metafísico y de un rico imaginario propio, perturbador, inquietante y misterioso, en el que se suceden los maniquís, los baños misteriosos y las plazas de Italia.

La exposición ‘El mundo de Giorgio de Chirico. Sueño o realidad’, que podrá verse hasta el 22 de octubre y luego viajará a Madrid, Zaragoza y Palma, es la mayor y más completa celebrada sobre el autor en España, adonde vino por primera vez en 1929 por razones amorosas, en un viaje donde “se iluminó con Velázquez, Goya o Rubens en el Museo del Prado”, apunta Paolo Picozza, presidente de la Fundación Giorgio e Isa de Chirico, de donde provienen la mayoría de las piezas. “A muchas, aún hoy, es difícil darles un significado o entenderlas”, añade quien le conoció cuando, como abogado, le llevó una causa civil para defenderse de las innumerables obras falsas que circulaban.  

RETRATOS Y AUTORRETRATOS

Destacan las comisarias el primer retrato metafísico, de la 'Señora Gartzen' (1913), “absorta en sus pensamientos, absente y fuera del mundo”, que como el resto de sus retratos ya logra captar las emociones más íntimas. En la pared contigua, varios autorretratos, algunos ambiguos y divertidos, donde el artista luce vestimentas del siglo XVII, cual su admirado Velázquez.
 
La plaza de Italia, que desarrollaría después en París, fue el tema principal del arte metafísico, que había nacido en 1910 en Florencia, cuando De Chirico sintió que miraba por primera vez un paisaje de la ciudad que en realidad ya conocía bien y “tuvo una intuición, una revelación metafísica”, apuntan, que plasmó en ‘El enigma de una tarde de otoño'. Son plazas vacías que marcan un “tiempo eterno” e imperturbable, sin personas, solo con estatuas o figuras lejanas. Lector de Nietzsche y Schopenhauer, trasladó a sus obras sus meditaciones sobre la realidad que le rodeaba, influyendo en el surrealismo, el realismo mágico, el arte pop y el arte conceptual.

LAS "HABITACIONES DE PENSAMIENTO"

Se suceden entonces, de vuelta en Italia, sus también enigmáticos "interiores metafísicos", composiciones surgidas durante la primera guerra mundial en Ferrara, siendo soldado. Son estancias, como “habitaciones de pensamiento”, en cuyo centro se amontonan objetos incoherentes como instrumentos de dibujo o galletas, con ventanas o cuadros que se abren a paisajes naturales o arqueológicos, en “un juego entre interior y exterior”, de cuadros dentro del cuadro. Otros temas recurrentes fueron los muebles acumulados en un valle natural y los soles. 

DANNY CAMINAL

Varias obras de De Chirico en la muestra de CaixaForum.

El maniquí, como personificación de mitos griegos como Electra y Orestes, Héctor y Andrómaca o Edipo, fue otro de los seres que reactualizó, sin cara, con cabeza ovoide y lisa y un cuerpo montado con elementos geométricos y cartabones. Ello desembocó en los años 20 en “los arqueólogos”, que -como los de una imponente pareja en bronce en una plaza portificada simulada en la exposición- son personas con cabeza de maniquí en cuyos pechos se esculpen puentes, columnas, templos o rocas, como trofeos, que según las comisarias, “son una sedimentación de la cultura que conocen y protegen”.   

Es en 1934 cuando el artista desarrolla sus “baños misteriosos” en 10 litografías para ‘Mythologie’, de Jean Cocteau, un tema que llevó en seguida a la pintura y que surgió un día en que De Chirico, explican Margozzi y Robinson, “vio un hombre caminando sobre un parquet tan encerado que parecía que se sumergía en él, que podía entrar y nadar ese suelo de madera”. De ahí surgió un “mundo fantástico” donde hay bañistas desnudos y silenciosos que parecen estar en otra dimensión distinta de la que habitan otros hombres vestidos que aparecen  de pie fuera de las piscinas de un agua con la apariencia del parquet, en zigzag.  

VUELTA AL MUNDO CLÁSICO

Llegaron los años 40 y el retorno de De Chirico al mundo clásico, redescubriendo a artistas del Renacimiento y el Barroco como Rubens y experimentando con naturalezas muertas (“vidas silenciosas”, prefería llamarlas), caballeros errantes y paisajes con castillos y representaciones fantásticas.

El artista italiano, nacido en realidad en Grecia, donde su padre era un reconocido ingeniero de ferrocarriles, con una obra de más de 4.000 piezas, pintó hasta el final de su vida, incluso en la cama del hospital, revela Picozza. En la madurez volvió a la metafísica, con el tema de los gladiadores, que ya había tratado desde 1927 (al decorar una gran sala del piso parisino del marchante Léonce Rosenberg), y que transformaba en actores en una puesta en escena: “el teatro dentro de la vida, que los espectadores están invitados a mirar”, explican las comisarias.

Enriqueció continuamente el tema de los gladiadores, por ejemplo con las sibilas, que también contienen un enigma, igual que esos héroes que saben que deben luchar hasta la muerte. Pues, como él mismo escribiría en latín en un autorretrato de 1911, “¿Y qué amaré, sino lo que es enigma?”. 

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