CRÓNICA DE DANZA

El legado de Béjart triunfa en Peralada

La compañía del desaparecido coreógrafo agitó la inauguración del festival ampurdanés con una brillante interpretación de sus creaciones y el estreno de una obra de Gil Roman

El Béjart Ballet Lausanne.

El Béjart Ballet Lausanne. / MIGUEL ANGEL MOLINA (EFE)

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César López Rosell
César López Rosell

Periodista

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Pasado y presente se unieron en el homenaje que el Festival de Peralada y el Béjart Ballet Lausanne tributaron a la memoria del maestro Maurice Béjart, fallecido hace 10 años. Elegancia, belleza, alegría de vivir y rigor estilístico se unieron para dar brillo a la inauguración de la muestra, que este año se cerrará, el 17 de agosto, con la 'première' en España del rompedor bailarín cubano Carlos Acosta. El público brindó una larga y merecida ovación a los 40 bailarines del elenco, respaldada por un jubiloso pateo sobre el suelo de madera del Auditori del Parc del Castell.

Fue una noche triunfal para esta nueva hornada de intérpretes que siguen al pie de la letra el espíritu neoclásico que latía en las creaciones de Béjart, pero con el nuevo impulso que aporta la dirección de Gil Roman, que durante más de 30 años fue el bailarín por excelencia de los ballets del maestro marsellés. Entre los que no se quisieron perder la velada estaban el recién nombrado 'conseller' de Cultura, Lluís Puig; el delegado del Gobierno en Catalunya, Enric Millo; Artur Mas, Xavier Trias y la alcaldesa de Girona, Marta Madrenas.

CARTAS SIN RESPUESTA

La universalidad del legado de Béjart se manifestó en dos direcciones. Primero, con la última y extensa coreografía de Roman 't'M et variations', un particular diálogo con el creador desaparecido. Las cartas que el discípulo recibía de su mentor, y que no contestaba, encuentran respuesta ahora en los movimientos expuestos con una serie de variaciones. El amor y la necesidad íntima de la danza se suceden con composiciones muy logradas y presididas por un discurso irónico.

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Bailarines con batas de raso que nunca se acaban de quitar y con una zapatilla en la cabeza, contrastados juegos de colores en el vestuario para expresar ideas de reconciliación y distanciamiento surgen del imaginario de Roman. "Aquí estamos. Maurice", parece decirle el heredero al genio mostrando la evolución de su trabajo. Magnífica fue la aportación de los dos percusionistas, manejando timbales, gongs y una especie de piano vertical con los que reprodujeron músicas de Nick Cave y Warren Ellis y diferentes sonidos, entre ellos el de una rasgada escritura alusiva a las cartas.

La segunda parte fue una muy bien estructurada fiesta uniendo extractos de nueve coreografías de Béjart. Prescindiendo de clásicos como el 'Boléro' de Ravel o 'La consagración de la primavera', la compañía desplegó un espectacular carrusel. La agilísima serie de pasos a dos enlazados, bailando descalzos y con puntas, y ampliando la danza a grupos de cuatro y ocho bailarines para culminar con toda la compañía en escena, maravilló al personal. Piezas representativas de diferentes culturas y reconocibles mitos como Patrice Chéreau y Eva Perón, desfilaron en la exótica selección. Músicas de Beethoven, Webern. Rossini, Duke Ellington, Hughes Le Bars y The Residents, además de tradicionales judías, hindúes, africanas e incluso pigmeas respaldaron los ballets de esta caleidoscópica mirada al mundo de un coreógrafo inolvidable.