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ASESINOS CON CARRERA

Los verdugos intelectuales de Hitler

El historiador Christian Ingrao revela en el ensayo 'Creer y destruir' cómo muchos SS universitarios y con doctorados ejecutaron las matanzas nazis

Anna Abella

Niños supervivientes del campo de exterminio de Auschwitz.  / REUTERS

Niños supervivientes del campo de exterminio de Auschwitz. 
Soldados de las SS ejecutando a partisanos soviéticos en Bielorrusia, en noviembre de 1942. 
Tropas nazis ejecutando a prisioneros en la horca. 

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Tenían apenas 30 años cuando Hitler llegó al poder y eran universitarios, muchos con tesis doctorales y dos carreras: juristas, economistas, filólogos, filósofos, historiadores, médicos... Fueron esos jóvenes brillantes quienes, como mandos de las SS de Heydrich y Himmler y su Servicio de Seguridad (SD), convencieron a sus escuadras, y dieron ejemplo disparando sus propias armas, de que debían matar a hombres, mujeres y niños e implicarse en la cadena de genocidio nazi. Sobre cómo y por qué 80 hombres con formación académica interiorizaron y se comprometieron con la doctrina nazi y se convirtieron en asesinos lo investiga el historiador Christian Ingrao (Clermont-Ferrand, 1970) en el ensayo ‘Creer y destruir. Los intelectuales en la máquina de guerra de las SS’ (Acantilado), plasmación de su propia tesis doctoral.

¿Cómo es posible que gente ilustrada, “especialista en ciencias humanas y sociales”, acaben siendo genocidas? “Hay que darle la vuelta a la pregunta. Siempre hay intelectuales detrás de cualquier masacre del siglo XX. Solo hay que ver Uganda, Yugoslavia, el genocidio armenio, Ruanda...”. 

Según el historiador, el intelectual nazi se compromete con las SS, la Orden Negra de Himmler, que le ofrece a la vez elitismo y ‘völkisch’ (nacionalismo y racismo) y donde se comparte “la profunda aversión por una República de Weimar que encarnaba la agonía de la Alemania venida a menos”. Porque eran hijos de la derrota alemana en la primera guerra mundial, con el humillante Tratado de Versalles y sus devastadoras consecuencias económicas, que sumió a la sociedad en “una angustia apocalíptica, algo que hace a los intelectuales muy sensibles a los comportamientos transgresores”. 

JUAN LUIS ROD

Christian Ingrao, este martes, durante su visita a Barcelona. 

Estos SS con carrera ejercieron una función pedagógica sobre los miembros de los Einsatzgruppen (los comandos destinados a las ejecuciones en masa en los territorios conquistados del Este) que dirigían. “Su discurso legitima las acciones de genocidio. Un ejemplo: Bruno Müller, especialista en Derecho internacional con tesis hecha. Dirige un comando y en agosto de 1941 les dice a sus hombres que a partir de entonces tendrán que matar mujeres y niños. Para explicárselo hace traer a una mujer y un niño y los mata él mismo con su pistola. Y como él, todos los jefes usaron la misma retórica para convencerlos: ‘O ellos o  nosotros, o los matamos nosotros o lo harán ellos y lo harán peor’”. El argumento defensivo para las atrocidades es que la “bestia bolchevique” y los “infrahumanos” judíos son enemigos que amenazan la supervivencia raza aria. 

"BORRACHERA DE SANGRE"

Y esa coartada funcionó. “La ejecución de hombres era algo más justificable dentro del discurso de guerra”, desde julio de 1941 también “aceptaron matar mujeres porque eran del partido comunista, partisanas o de unidades de sabotaje” y, al mes siguiente Himmler y Heydrich ordenaron matar a niños, el peor tabú. La escalofriante carta de un policía vienés a su mujer tras participar en una matanza en Bielorrusia aquel otoño muestra además “el psíquico de los asesinos”: “Al décimo coche, apuntaba ya con calma y disparaba de manera segura a las mujeres, los niños y los numerosos bebés, consciente de que yo mismo tengo dos en casa, con los que estas hordas actuarían de igual modo (...) Los niños de pecho salían volando (...) y los reventábamos en el aire antes de que cayeran a la fosa (...) Nunca había visto tanta sangre, porquería, huesos y carne. Ahora comprendo la expresión ‘borrachera de sangre’”.       

Como Müller, antes de romper “el mito de que los intelectuales no son hombres de acción”, muchos de sus colegas trabajaron en las oficinas que se ocupaban de la germanización del Este, léase “la planificación de la expulsión de la población ‘indeseable’ para hacer realidad el nuevo mundo nazi y la utopía de la llegada del gran Reich milenario, que era la base de su ideología. Es decir, ‘hay que matarlos para poder conseguir nuestro sueño'”. 

A pesar de todas estas coartadas ideológicas algunos miembros de los Einsatzgruppen acusaron el trauma de infligir aquella violencia cotidiana y la somatizaron en alcoholismo, depresiones o crisis psiquiátricas. “Dice algo del ser humano porque demuestra que a pesar de la convicción ideógica y del odio por los judíos, a los que consideran animales, hay algo que les hace sentir que matar mujeres y niños es terrible y transgresor”. 

El SS Bruno Múller, especialista en Derecho Internacional, dio ejemplo a sus hombres de cómo matar mujeres y niños disparando él mismo sobre una madre con su hijo  

Los jerarcas nazis, conscientes de esas “tensiones psíquicas”, y para preservar su salud mental y restarles carga psicológica, intentaron “economizar a sus hombres” y proliferaron las cámaras de gas. Entre junio y diciembre de 1941 los 3.000 miembros de los Einsatzgruppen, apunta, ejecutaron a 550.000 personas. En las cámaras de Treblinka, 120 hombres mataron en el mismo periodo a 800.000. Los intelectuales, como el SS Otto Ohlendorf, jefe del SD que fue procesado en los juicios de Núremberg, ordenó a sus hombres una “manera militar de matar”, el fusilamiento en fila realizado bajo una orden, como si lo legitimara una resolución judicial. “Él puso en marcha grandes masacres con un sistema industrializado y estandarizado donde cientos de asesinos matan a cientos de hombres con una bala en la nuca”. 

CÓMO DISPARAR PARA NO MANCHARSE

Los colegas médicos de Ohlendorf incluso daban consejos a los SS de los comandos sobre cómo y dónde apuntar, con la bayoneta calada para crear cierta distancia, y “para no causar destrozo excesivo y la dispersión de la masa cerebral y de huesos que podrían manchar el uniforme de los tiradores”. 

Entre el 75 y el 80% de los hombres, añade Ingrao, “se acostumbraron a matar” pero lo que no soportaban, hasta el punto de plantarse, era  tocar los cadáveres. De ahí que para esas tareas se utilizara a las milicias ucranianas en los fusilamientos, a los propios judíos en los campos y se abandonara el sistema de los camiones de gas, para no tener que ensuciarse sacando los cuerpos de su interior.  
 
Tras la guerra, quienes fueron procesados o investigados en las comisiones de desnacificación, mayoritariamente negaron el nivel de su implicación y alegaron haber obedecido órdenes. Aunque podían negarse, y simplemente les habrían cambiado de destino, no hay pruebas de que ninguno lo hiciera. 

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