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La mística del Primavera

La sutileza trascendente de Bon Iver y Solange marcó una jornada que acogió un 'show' sorpresa de Arcade Fire

JORDI BIANCIOTTO / BARCELONA

 El Parc del Fòrum acoge un año más el mayor evento musical del año / FERRAN SENDRA / CHRISTIAN MORALES

El patrón sonoro con el que se suele identificar a Primavera Sound, el indie rock y cercanías, no fue el dominante en la jornada de arranque del festival, sobre todo atendiendo a los nombres estrella. Un cantautor que se sirve de la electrónica con modos místicos, Bon Iver, y una nueva estrella soul interiorista, Solange, centraron muchas miradas, ayer en el Fòrum, en paralelo a otras propuestas sustanciosas, entre ellas un concierto sorpresa de Arcade Fire.

La riada de asistentes ya era voluminosa a media tarde, resignada a los redoblados controles de seguridad tanto en el acceso general como el del Auditori del Fòrum. Ese recinto cubierto acogió temprano sendas actuaciones impactantes de mujeres con historia y misterio, la neoyorkina Annette Peacock y la carioca Elza Soares. La primera, sola al teclado, tocada por una especie de pamela que le cubría la mitad del rostro, nos adentró en su raro mundo de sutilezas y abstracciones: melodías quebradas por soluciones armónicas brumosas, de vagos ancestros jazzísticos, y que a veces daban acomodo, es un decir, a ritmos electrónicos. Canciones que expresaban reflexiones personales y advertencias de carácter global, fundiendo romanticismo y apocalipsis. Repertorio con citas a piezas de sus obras de culto de los 70, como Too much in the skies, del álbum X-Dreams.

CARNE NEGRA

Peacock tiene 76 años, y Soares ronda los 80 (no hay cuórum sobre su partida de nacimiento), edades desde las que es posible seguir rompiendo esquemas con alegría. La brasileña lució carácter, divismo (cantó sentada en un alto trono desde el cual su larga falda caía adoptando texturas vegetales) y afán por inventar músicas en lugar de acogerse a patrones establecidos. Algo parecido a una samba galática en la primera canción, Mulher do fim do mondo, que da título a su último disco, y estructuras de rock selvático, con diálogos corales, acentos funky siniestros y sus parrafadas con voz ronca dominando cada secuencia. Música con mensajes airados de género y raza: «La carne más barata del mercado es la carne negra», cantó en A Carne, y repitió, alzando el tono, «soy negra, negra, negra», ante una audiencia (blanca) extasiada.

Fuera, en el anfiteatro del escenario Ray Ban, Mishima destapó su flamante Ara i res, del que ofreció cinco canciones alternadas con rescates de clásicos como Tot torna a començar La tarda esclata. La nuevas, como Jimi, Una sola manera Qui més estima realzaron el alma pop de Mishima con un sonido claro, punteado por la trompeta de Pablo Fernández. Le siguió la reencontrada, feliz, troupe de Broken Social Scene, con su indie rock sinfónico, a varias voces, con metales, violín y su cancionero ampliado con citas a Hug of thunder, el disco que publicarán el 7 de julio.

Pero a esas horas algo ocurría en el escenario improvisado en un rincón del recinto: Arcade Fire ofrecía un show no previsto, calentamiento del que brindarán el sábado. Una hora trufada de hits (Reflektor, Neighborhood 3, Rebellion) y con un par de avances de su nuevo disco, Everything now (a la venta el 28 de julio): la canción que le da título y Creature comfort.

ELEGANCIA Y METAFÍSICA

En los escenarios mayores, música negra en diversas variantes: un soul-funk cercano al rock con el admirable Miguel, suerte de Prince californiano de voz dulce y cercana a un Marvin Gaye, y la insinuante Solange, hermana menor de Beyoncé catapultada con A seat at the table. Lo repasó, a partir de la sutil Rise, en un espectáculo elegante, envolvente y con un halo de espiritualidad y trascendencia. Rojo intenso envolviendo el escenario, metales y dos bailarinas de gestos sincronizados. Su pose hierática, de diosa babilónica, se quebró cuando bajó a tocar a sus fans en F. U. B. U. 

Como Solange, Bon Iver se las arregló para llevar a escena una delicada ingeniería de estudio. Justin Vernon se adentró en la numerología metafísica de 22, a million trasladando ritmos microscópicos, autotunes e insinuaciones gospelianas sin olvidarse de su popular Skinny love. Interiorismo y melancolía en el arranque de este Primavera.

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