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Los dardos de Ruben Östlund

El director sueco, autor de 'Fuerza mayor', vuelve a mostrarse observador implacable de la conducta social humana en 'The square'

Nando Salvà

Claes Bang, Elisabeth Moss, Ruben Östlund, Christopher Laesso y Dominic West, en la presentación de ’The square’ en Cannes.

Claes Bang, Elisabeth Moss, Ruben Östlund, Christopher Laesso y Dominic West, en la presentación de ’The square’ en Cannes. / EFE / EPA / GUILLAUME HORCAJUELO

Con una filmografía que se enumera con los dedos de una mano, y en especial gracias a 'Fuerza mayor' (2014), el sueco Ruben Östlund se confirmó como un observador implacable de la conducta social humana y en particular de las miserias, presunciones y prejuicios ocultos de la clase pudiente progresista. Y como era de prever sigue haciéndolo con la película que hoy ha presentado en el Festival de Cannes y con la que aspira por primera vez a la Palma de Oro. 

Esencialmente, 'The square' acompaña al comisario jefe de un museo de arte moderno de Estocolmo en su gradual e inexorable descenso a los infiernos. Christian (Claes Bang) es un tipo que tiene dinero, prestigio laboral y éxito entre las mujeres, y Östlund pasa 140 minutos de metraje despojándole de ello como si del traje nuevo del emperador se tratara.

En el proceso, 'The square' lanza constantes dardos envenenados al mundo amanerado y lleno de ínfulas de los museos. Cierto que existen pocos blancos tan fáciles para la burla como el arte contemporáneo, pero a decir verdad la película castiga sistemáticamente a su protagonista para reírse de muchas otras cosas, en especial de la masculinidad moderna y la cobardía inherente a ella -tema estrella en la obra de Östlund- y más específicamente de la ansiedad que nos causa saber que no somos la misma persona que intentamos hacerle creer al mundo que somos.

Östlund vuelve a demostrar una sensibilidad hermanada con la del austriaco Michael Haneke. Cierto que Haneke es el tipo de director que no ha contado un chiste en su vida y que el sueco, en cambio, es un meticuloso suministrador de humor negro, pero las risas que ese humor nos proporciona son casi siempre de la variedad nerviosa. Su objetivo, como el del director de 'Amor', es hacernos sentir vergüenza, pánico y humillación por el hecho de estar observando, y eso queda especialmente claro en la secuencia central de 'The square': un 'performancer' que imita a un mono aterroriza a una multitud burguesa durante una cena de gala. Y el placer morboso que obtenemos contemplando su dolor se adereza con un dilema moral: ¿qué haríamos nosotros en esa situación?

'The square', decíamos, es una película de dos horas y veinte minutos. Todas las ideas que incluye no habrían cabido en una película más corta, pero quizá Östlund debería haber querido darse cuenta de que no todas ellas son igual de buenas. En otras palabras, la película no posee la extraordinaria lucidez de 'Fuerza mayor', aunque contemplarla sin duda proporciona el mismo tiempo de experiencia visceral, inquietante e inolvidable

ROBIN CAMPILLO, CONTRA EL SIDA

AFP / VALERY HACHE

Robin Campillo, en la presentación de '120 latidos por minuto' en Cannes.

'120 latidos por minuto', también presentada hoy a concurso, mezcla lo político y íntimo. Mientras recrea las luchas que el grupo ACT UP llevó a cabo en París hace un cuarto de siglo para defender a las víctimas del sida, el director Robin Campillo poco a poco va tejiendo una historia de amor entre dos miembros del grupo. El tipo de historia que, como nos han enseñado el sentido común y varias películas previas, solo puede acabar de una manera. 

Muchos se han apresurado hoy a situar '120 latidos por minuto' como favorita a la Palma de Oro, y no es para tanto.  Quizá de forma inevitable en una película que no solo recrea hechos reales sino que además trata un asunto tan sensible, aquí la narrativa peca de convencional y hasta de mecánica a pesar de las florituras visuales -el Sena teñido de rojo, el polvo que flota en una discoteca convertido en células infectadas- a las que Campillo regularmente recurre. Pero es una obra que esquiva hábilmente los sermones, que desarma con su sinceridad, y que sin regodearse en el dolor hace que nos duela tragar saliva.

Buda es grande, 'El venerable W.' no tanto

Apodado “la cara del terrorismo budista” por la revista 'Time', Wirathu es un monje nacionalista que durante años, a través de discursos envenenados de islamofobia, ha instigado estallidos de violencia contra la comunidad musulmana de la República de Myanmar, que suma el 5% de la población. Su figura se presta para una película mucho mejor que la presentada hoy en el festival, fuera de concurso. Tercera entrega de la Trilogía del Mal del director Barbet Schroeder, 'El venerable W. es la versión extendida de un reportaje televisivo del montón, lastrada por la dispersión narrativa, la penosa calidad de sus imágenes de archivo y la incapacidad de Schroeder de sacar jugo a sus conversaciones frente a la cámara con el monje.