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CRÓNICA

Un místico Plácido Domingo triunfa con 'Thaïs'

El cantante impuso su carisma, junto a Nino Machaidze y Celso Albelo, en una buena noche de la orquesta del Liceu

César López Rosell

Plácido Domingo y Nino Machaidze, en el Liceu. 

Plácido Domingo y Nino Machaidze, en el Liceu.  / ANTONI BOFILL

Hace cinco años, Plácido Domingo incorporaba el rol del monje cenobita Athanaël de ‘Thaïs' a su amplísimo repertorio. Lo hacía en una versión escenificada de la ópera de Massenet, estrenada en Valencia, que dejó huella interpretativa no solo por la exigencia vocal sino por el desgaste físico realizado en la producción. El ahora barítono, o si lo prefieren baritenor, asombraba con un despliegue de movimientos de gran teatralidad para encarnar a este personaje místico y apasionado obstinado en redimir a la sensual cortesana egipcia protagonista de la obra. El artista volvió el miércoles al papel en el Liceu, tras recrearlo en Salzburgo, imponiendo su carisma en una aclamada versión concierto.

El tirón que todavía tiene el maestro hizo que el Gran Teatre registrara una de las mejores entradas de la temporada. ¿Hasta cuándo? La pregunta sobre las causas del milagro de la permanencia de esta leyenda de la ópera en primera línea flotaban en el ambiente. Acaba de interpretar a Germont en ‘La traviata’ y este mes viajará a Chicago, Tokio y Los Ángeles antes de llegar al Met en abril, de nuevo con la ópera de Verdi. ¿Cómo se puede resistir este ritmo a sus 76 años? El artista confiesa que la energía para seguir, aunque intentado eludir cada vez más las óperas representadas por las jornadas de ensayos que implican, se la suministran los personajes que interpreta. ¡Y son ya 147!

CONVICCIÓN Y CALIDEZ

En esta producción de ‘Thaïs’ se echó de menos verlo en la faceta más actoral que aporta una ópera escenificada, pero así y todo fue el componente del elenco que mejor se desenvolvió dramáticamente, pese a tener que ajustarse al volumen de la orquesta como sucede en las óperas de Massenet. Una vez más volvió a mostrar convicción y calidez.

Plácido Domingo sabe administrar muy bien los recursos de que dispone y acaba salvando los obstáculos que le presenta su debatido registro baritonal. En la composición de su personaje mostró con fuerza el conflicto entre el fanático misticismo que se impone como misión para llevar a Thaïs al redil de la conversión y el del torturante peso de la pasión que, finalmente, le acaba apeando de su fe al descubrir el amor carnal que siente por la ya extática heroína.

ESTUPENDA NINO MACHAIDZE

En este trabajo reside gran parte del éxito de la representación, sin menospreciar  la aportación de la protagonista, encarnada por una estupenda Nino Machaidze, de seductora presencia aunque algo distante. Exhibió un canto sensual, con flexibles agudos y que sin duda hubiera lucido más en una representación. Fue muy  aplaudida en arias como ‘Qui te fait si sévère’ o ‘Dis-mois que je suis belle’. Celso Albelo brilló como Nicias, el rico amante de Thaïs, con un canto de bello y sinuoso acento lírico. La debutante Sara Blanch, triunfadora de los Viñas del 2016, aprovechó la oportunidad de su debut en el Liceu desplegando con gracia y estilo el alegre registro de la esclava Crobyle y lo propio hay que decir de Marifé Nogales (Mirtale). 

El resto del reparto cumplió con las expectativas, pero merece destacarse la aportación del coro y, sobre todo, de la orquesta de la casa ya rodada con Massenet en el reciente ‘Werther’ y dirigida magistralmente por Patrick Fournillier. El tratamiento de las melodías, tanto en los momentos más religiosos e introspectivos como en los más alegres y sensuales, fue idóneo y resultó muy brillante la actuación del concertino Kai Gleusteen en el deslumbrante y onírico pasaje de la ‘Meditación’, repetido ‘leiv motiv’ de la obra.