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CONFLICTO PATRIMONIAL

Sijena exhibe sus carencias

Las medidas de conservación de las 51 piezas del MNAC devueltas a Aragón preocupan a expertos y conservadores

Natàlia Farré

Aspecto de las vitrinas, unas llenas y otras vacías, donde se exponen juntos materiales diferentes.  / TRINITAT SANS

Aspecto de las vitrinas, unas llenas y otras vacías, donde se exponen juntos materiales diferentes. 
Los visitantes frente a las cuatro pinturas que se pueden ver, detrás se aprecian los peines con el resto de murales. 
El claustro del monasterio ha sido drenado en el pasado para evitar las inundaciones. 

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Un fragmento con unas alas antaño sitas en un intradós de la iglesia se muestra cabeza abajo y sin cartela explicativa

Los bienes del MNAC que en julio volvieron por orden judicial al monasterio de Sijena ya se pueden ver en el cenobio. El nuevo museo abrió hace una semana. Así que este sábado lo suyo era ir a verlos. Dicho y hecho. Once de la mañana, lloviznando y en Sijena. Había gente. Pues hay expectación entre los aragoneses para ver los objetos. Se supone que se exponen todos, ni uno más ni uno menos de los 51 lotes restituidos provisionalmente. Pues no. Ahí va el primer disgusto. A la vista solo hay cuatro fragmentos de pintura mural de los 22 entregados. Solo uno con cartela. Y otro, unas alas antaño sitas en un intradós de la iglesia, colgado al revés. Junto a ese fragmento se fotografiaron todas las autoridades el día de la inauguración. Mecachis. Pero no hay rastro de la tan cacareada Santa Catalina de la nave de la iglesia ni de los cinco apóstoles del refectorio. Estos descansan en los peines situados detrás de las pinturas que sí se exhiben. Pero, a diferencia de estas, no se pueden disfrutar. Los peines no se mueven. Podrían, pero no.

Una torre inmensa de aire acondicionado junto a la puerta prioral desmerece la pieza y la pone en peligro

De acuerdo, aun así son más objetos de los que se veían en Barcelona, que eran cero. Y, la verdad, poder ver la magnífica puerta prioral de madera policromada del siglo XIII vale la pena. Sin duda. Lástima de la inmensa torre de aire acondicionado que luce a no más de un metro de distancia. No solo la afea, que lo hace y mucho, sino que pone su integridad en peligro. Y escandaliza a más de un experto: "Es para enviar a la policía". Pues eso, recibir aire caliente a chorro de forma directa y cercana sin control del flujo ni redistribución ni uniformidad no parece la mejor de las medidas preventivas para su conservación. Como tampoco lo es el suelo natural, con arenilla y piedrecitas, que recorre todo el perímetro de la sala. "Un museo es como un quirófano. No puede tener elementos que generan partículas en suspensión, en este caso, de polvo. Y la tierra, por poca que haya, genera polvo que se escampa". Feo. "Todo tiene que estar absolutamente controlado. ¿Te imaginas un quirófano con tierra por los lados?", continúan los expertos. Pues no, la verdad.

El polvo que levanta el suelo de arena y piedra que recorre el perímetro de la sala es un atentado contra los bienes

MATERIALES MEZCLADOS

Como tampoco es imaginable un museo sin acceso para gente con problemas de movilidad. Y aquí casi que hay que ser atleta para bajar la estructura de madera que salva los más de dos metros que separan la puerta del suelo. Y que uno debe bajar en silencio. Hay clausura. Y en el caso del sábado también agua. Pues llovía y la entrada al antiguo dormitorio de las monjas, ahora museo, da directamente al exterior. Ni rastro de un espacio preparado para la espera. 'Peccata minuta' comparado con lo que se ve en las vitrinas interiores. En las llenas, porque otras están vacías a la espera de los bienes pendientes de devolución. Oquedad que da un aire muy desangelado. Casi triste. Así, en los aparadores ocupados comparten espacio objetos de metal, textiles y papeles. Craso error. Cada material necesita su propio sistema de conservación. De lo contrario "la degradación puede acelerarse". Y es más, las piezas descansan directamente sobre los estantes sin ningún material neutro de por medio que las proteja. También hay fragmentos de cerámica pero cuesta apreciarlos. Reposan en el último estante y o se es Pau Gasol o no se ven por mucha luz que los enfoque. Y la hay. Unos potentes focos iluminan las piezas durante la visita. Luego se apagan pero "la luz es acumulativa y el abuso de lux [unidad de medición de la iluminación] va haciendo su trabajo", que para nada es positivo, por supuesto. Palabra de experto.

CLAUSTRO RUINOSO

Eso es todo en el dormitorio. No hay más. Y ahí viene otro disgusto: no se puede ver la llamada palmera de Sijena. Ese es el efecto que hace la unión de varios arcos del techo en un mismo punto. Está a unos metros del museo, en la misma nave, pero una pared de madera barra el paso. Una pena. Así que toca continuar en dirección a la Sala Capitular. Se llega a través del claustro. Y eso sí que es desolación: decir que está ruinoso y abandonado es decir poco. Se supone que su estado es fruto de los continuados intentos por drenarlo. Se inunda, que por algo el monasterio está encima de terreno pantanoso. Una evidencia que no da ninguna tranquilidad si se piensa que si las pinturas capitulares vuelven, se instalarán a pocos metros. Tampoco es para echar cohetes ver hormigón en la sala: un atentado en toda regla contra los murales. De su climatización, poco que decir. No existe, como destapó 'El País' el pasado viernes.

La visita se acaba. Y el guía sí merece una ovación. Explicaciones claras y nada tendenciosas. Ni para un lado ni para el otro. Y a preguntas capciosas, respuestas mesuradas. Profesionalidad. Es de agradecer. 

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