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OTROS ESCENARIOS POSIBLES

Noche de tambores, lluvia de astillas

El DioBar, un fabuloso sótano escondido bajo un restaurante griego del Born, acogió una frenética velada de ritmos senegaleses

Nando Cruz

Fanta Soundioulou Cissokho y su banda, Les Griots du Temps, en DioBar.

Fanta Soundioulou Cissokho y su banda, Les Griots du Temps, en DioBar. / ADRIANA DOMÍNGUEZ

Bendita esquizofrenia la del Dionisos. En la planta baja de este restaurante griego sirven ensaladas de queso de feta,  spanakopitas, dolmades y musakas. Pero bajando las escaleras entras en el DioBar y el menú cambia por completo. Según el día, puedes encontrarte una sesión de tangos argentinos o de forró brasileño, un concierto de rock magrebí o una descarga de salsa. El sábado,  en este sótano ubicado en la esquina que mira al Parc de la Ciutadella y a la Estació de França, se celebra una doble actuación de música senegalesa. O lo que es lo mismo, una nueva velada de ‘The Afropolitan Sound of Barcelona’.

Entre el público dominan los varones negros y, sobre todo, las mujeres blancas. Lo de hoy no es un concierto más. Es una noche especial, un día para reunirse. Por ahí anda Nakany Kanté, la cantante con mayor proyección de la comunidad de músicos subsaharianos instalados en Catalunya. Con ella está su bailarina Mariane. También anda dando voces Rawan Diallo, un arrollador percusionista que ha tocado con Youssou N’Dour, Omar Pene y Baaba Maal.

Todos senegaleses y las senegalesas lucen hoy sus mejores galas. La cantante Fanta Soundioulou Cissoko, protagonista de la velada al frente de la banda Les Griots de Temps, aparece con un elegante vestido azul. Tratándose de un día tan especial, su banda se amplía con el portentoso Rawan y la kora de su primo-hermano Sam Sussoh. Son tantos en escena que uno de los músicos tocará sentado fuera del escenario una especie de ngoni tuneado.

LA LOCOMOTORA MANDINGA

Les Griots du Temps no suenan ni de lejos tan arrolladores como la banda de  Kanté. A veces se les gripa el motor. A veces aceleran tanto que se salen de la calzada. Pero cuando enfilan una buena recta, su locomotora mandinga toma una gozosa velocidad de crucero. La primera fila está tomada por las alumnas de las clases de danza africana que imparte Mariane. Más atrás, otras mujeres  celebran un cumpleaños afropolitano. Todas bailan. Todos bailan. Un camarero tatuado esquiva caderas y recoge copas vacías. El público de las mesas no ve casi nada. Un niño de seis años dibuja en la mesa más cercana al escenario.

Javi Zarco presenta los conciertos. Javi Zarco es el regidor de escenario. Javi Zarco trae dos sillas para los percusionistas. Javi Zarco guarda la guitarra acústica en un rincón que hoy es el camerino improvisado. En los 90, Zarco fue mánager de Ojos de Brujo y se inventó el ‘sonido Barcelona’. Hoy dinamiza la escena de músicos subsaharianos diseminados por la ciudad y el extrarradio.

En reuniones como esta nadie quiere quedarse con los brazos cruzados. Cuando Fanta termina su pase, un joven cantautor senegalés interpreta dos canciones con su guitarra acústica ante el desinterés generalizado. Pero lo mejor aún está por llegar. Sengane Ngom, capitán del grupo de percusionistas Ngomez Nokass, aparece con una imperial traje blanco hasta los pies y aporreando un sabar. El plan inicial era actuar como trío, pero a última hora se han juntado cinco. Y, no podría ser de otro modo, Rawan también se apuntará.

FIERO, SERIO, BESTIA, FIESTA

Ngomez Nokass son un huracán. Algunos espectadores tienen que taparse los oídos debido al estruendo. Aquel niño ha resultado ser hijo de Sengane. Ahora está sentado en un rincón del escenario. Lleva los oídos protegidos con cascos. Sostiene un puñado de bastones de recambio. Los músicos aporrean tambores sabar, djembés y tamas con tal energía que los bastones se astillan y saltan trozos de madera por los aires. Muy fiero. Muy serio. Muy bestia. Muy fiesta.

Sengane trepa a una silla para dirigir esta orquesta de polirritmos sabar. Es alto e imponente como una secoya y atiza el tambor con idéntico frenesí. Por suerte, el techo del DioBar está muy alto y el ventilador no es una amenaza. Aquí no hay voces ni melodías. La música sabar es todo ritmo y su objetivo es incitar al baile más desenfrenado. Sengane pide al público que abra un círculo para que quien lo desee exhiba sus bailes. Imposible: no hay espacio. “Si no tenim lloc, això no va bé”, lamenta. Gran frase. Cuánta verdad. Mariane sale a bailar al escenario. La mayoría de alumnas prefiere practicar entre el público.        

POLIRRITMO Y POLICÍA

Ya son ocho los percusionistas sobre el escenario. El volumen es atronador. El ritmo es frenético, es exultante y es liberador. Tiene que oírse perfectamente desde el CIE de la Zona Franca, el centro de internamiento para extranjeros en el que falleció el joven guineano Idrissa Diallo. Nakany Kanté sigue disfrutando de la velada. Pronto veremos el documental de los autores de ‘Ciutat morta’ en el que ella participa y que investiga y denuncia la muerte de su compatriota.

Un responsable del local pide a los percusionistas que terminen ya. Es la una de la madrugada y los mossos de esquadra ya se han personado alertados por el estruendo. Ya es 18 de diciembre, Día Internacional del Migrante.

En la facultad de Geografía e Historia de la calle Montalegre ha finalizado el encierro con el que varios colectivos de migrantes han denunciado la ley de extranjería, la crueldad de Frontex, la indecencia de los CIE y el acoso a los manteros. Alguno de estos aclamados percusionistas trabaja de mantero.