Diego el Cigala, el poder del barrio

El cantante madrileño viajó del bolero al urbano repertorio salsero de su nuevo disco, 'Indestructible', en un recital lleno de relieves en el Auditori del Fòrum

Diego El Cigala, en el Auditori del Fòrum.

Diego El Cigala, en el Auditori del Fòrum. / FERRAN SENDRA

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Jordi Bianciotto
Jordi Bianciotto

Periodista

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Diego el Cigala retoma la pista latina de ‘Lágrimas negras’ (2003), su mano a mano con Bebo Valdés, pero deja atrás el son cubano y el bolero para acercarse a la revolución que declaró la salsa a finales de los 60. Salsa con su ardor romántico y con su crónica callejera, sentida y turbia, que este sábado llevó a su terreno de cante profundo recalando en los diversos puertos del alma en el Auditori del Fòrum.

El Cigala, exhibiendo poder desde el propio título del disco, ‘Indestructible’, en memoria de su esposa, Amparo, fallecida el año pasado, y transmitiendo la idea de que el dolor le hace más fuerte. Con un repertorio con el que no se lame las heridas sino que parece dispuesto a salir y quemar la noche y la vida. Tomando asiento con modos de patriarca y colocando a su abundante tropa de músicos, la Cali Salsa Big Band, a comer de su mano. Comenzando por una declaración de principios, ‘Moreno soy’: “Mi madre se llama la rumba / mi madre es el guaguancó / Por eso fui bautizado en un manantial de sabor”.

DE IDA Y VUELTA

Su desembarco en territorio salsero no deja de ser un lógico eslabón más en esa tradición de palos de ida y vuelta en el que acentos y sabores se cruzan en un festival de la promiscuidad. Músicas del Gran Caribe con deje del Rastro y cante de educación ‘jonda’ envuelto en relucientes metales, como en el asalto, cercano al sofisticado tacto del ‘filin’ cubano, de ‘Veinte años’, de María Teresa Vera, y en la inmersión en el barrio de ‘Juanito Alimaña’, algo así como el ‘Pedro Navaja’ de Héctor Lavoe. Una larga pieza (el Cigala le ha recortado dos minutos y medio) que el malogrado Lavoe (1946-93) grabó con Willie Colón en ‘Vigilante’ (1983), un álbum de altos vuelos que luce en la portada una pistola de cuya boca sale un hilo de humo.

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El concierto tuvo ese punto de contacto con el subsuelo urbano de la salsa, con su literatura de bajos fondos, a través de una recreación exuberante del género que acudió al mundo de Lavoe, destacada fuente inspiradora, en otras dos piezas, ‘Periódico de ayer’ y ‘Hacha y machete’. El Cigala, sacando de su garganta la mística flamenca para interpretar realidades de las metrópolis de ultramar.

Abrió luego cuñas para piezas de ‘Lágrimas negras’ y se lució al quedarse solo con el pianista, Jaime Calabuch, Jumitus (sobrino de Moncho, que estaba sentado en la fila tres y a quien el cantante saludó: “genio y figura por la gracia de Dios”) en una íntima y sustanciosa secuencia cuya cima fue esa ‘Nana del caballo grande’, con Camarón en el recuerdo. Crecido como fuerza de la naturaleza, proclamó su condición de ‘Indestructible’ vía Ray Barretto y se despidió entregándonos ‘Dos gardenias’ dejando un rastro de intensos perfumes mezclados.