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VIÑETAS AUTOBIOGRÁFICAS

Un 'Persépolis' iraquí

Brigitte Findakly, que emigró a Francia en los 70, evoca su vida en su país natal en el cómic 'Las amapolas de Irak', con dibujos de su marido, Lewis Trondheim

Anna Abella

Viñeta del cómic Las amapolas de Irak, de Brigitte Findakly y  Lewis Trondheim.

Viñeta del cómic Las amapolas de Irak, de Brigitte Findakly y  Lewis Trondheim.

“Cuando hace ya dos años, el Estado Islámico entró en Mosul, mi ciudad natal, fue un ‘shock’. Toda mi familia había terminado por emigrar hacia países de todo el mundo, mi padre perdía poco a poco la memoria y la ciudad donde nací se hundía en el caos. Necesitaba poner sobre el papel todo lo que me quedaba en la cabeza de una época de antaño, inaccesible”. Y así lo hizo la colorista de padre iraquí y madre francesa Brigitte Findakly (1959) en 'Las amapolas de Irak' (Astiberri), un cómic donde reconstruye, a través de recuerdos e impresiones de infancia y juventud, su “pasado” en un país que ya nunca será el mismo. Un relato con ecos de la memoria autobiográfica de ‘Persépolis’ de Marjane Satrapi y de ‘El árabe del futuro’, de Riad Sattouf

Mientras a miles de kilómetros de Francia -donde vive desde 1973- tiene lugar la ofensiva para liberar Mosul de los yihadistas, la autora habla por correo electrónico sobre esta obra que firma junto a su marido, el reconocido dibujante del cómic independiente francés Lewis Trondheim, padre de Lapinot, cuyos pinceles aparcan en esta ocasión sus habituales personajes antropomórficos.  

De niña, Findakly iba de excursión con su hermano y sus padres, de familia cristiana, a las milenarias ruinas asirias de Nimrod. Hoy ya no existen: el Estado Islámico las destruyó en el 2015. Con esas viñetas empieza ‘Las amapolas de Irak’, que avanza desgranando escenas familiares y cotidianas, que reflejan los contrastes culturales y sociales entre Oriente y Occidente, al tiempo que da cuenta de cómo afectan a los ciudadanos los sucesivos golpes de Estado antes de la llegada de Sadam Husein al poder en 1979, el auge del islamismo, la progresiva merma de libertades y el aumento de la pobreza, la represión, la censura o las delaciones.

Cuando su padre -dentista del Ejército que estudió en Francia, donde conoció a la que sería su esposa- decidió abandonar Irak lo hizo con la esperanza de volver “cuando las cosas estuvieran mejor”. Pero no contaban “con Sadam, la guerra de Irán-Irak del 80 al 89, la guerra del Golfo en el 90, las posteriores sanciones económicas, la guerra de Irak del 2003 y, ahora, el ISIS”. “No importa lo que pase, mis raíces permanecen intactas”, asevera. Ante un atentado islamista en “Mosul o Bagdad, en París o Bruselas”, se siente “triste y desamparada” –los terroristas son “bárbaros que toman la religión como excusa para acrecentar su poder”, escribe en una viñeta-.

Y más que a la islamofobia que ello puede desatar en Occidente, teme “sobre todo la ignorancia y la estupidez, y más aún la manipulación de ambas cosas”.  “No soy especialista en geopolítica, aunque de hecho ni los especialistas han encontrado aún soluciones al choque entre Oriente y Occidente. Ello prueba lo complejo que es el problema”.

ATENTADOS Y PRIVACIONES

Findakly solo regresó a Irak en 1978 y 1989, tras la guerra con Irán. En esos viajes dejó de sentirse en casa y constató el retroceso del país, donde las mujeres ya no podían enseñar ni hombros ni rodillas, los retratos de Sadam eran de obligada omnipresencia en calles y casas, donde a los niños en el colegio les preguntaban qué pensaban sus padres del régimen.

En el 2006 se reencontró en Jordania para una boda con parte de la familia, que le hablaron de una cotidianidad de privaciones, atentados, secuestros y chantajes, de estadounidenses que solo protegen sus intereses y de un inexistente futuro para sus hijos. “Desde hace dos o tres años casi toda mi familia ha acabado emigrando -lamenta-. Pero aún tengo tres primos hermanos en Bagdad. Uno es médico de Cáritas y los otros dos son mayores y no tienen ni las ganas ni la fuerza para marcharse”.

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