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EXPOSICIÓN EN LA CALLE DE MONTCADA

El mito a la manera de Picasso

El malagueño miró a la mitología a lo largo de toda su carrera, en muchas ocasiones para hablar de sí mismo

Natàlia Farré

La minotauromaquia (1935), uno de los mejores gabados de Picasso y del siglo XX. 

La minotauromaquia (1935), uno de los mejores gabados de Picasso y del siglo XX. 

El museo del genio exhibe 40 de sus grabados, entre ellos la obra maestra ‘La minotauromaquia’ 

Minotauros, faunos y centauros son una constante en la obra de Picasso, y son, a menudo, su álter ego. Para el genio malagueño, pintura y vida eran todo uno, y a través de los mitos podía expresar sus propias historias, como su amor por la joven Marie-Thérèse Walter. El Minotauro (Picasso), loco de pasión por una joven (su nueva musa 27 años menor que él), es uno de los temas recurrentes en la década de los 30. Ahí está, sin ir más lejos, 'Minotauro y mujer haciendo el amor' (1933). "A través de este mito canalizó toda su vigorosidad masculina y todas sus pulsiones sexuales", apunta Claustre Rafat, conservadora del Museu Picasso y comisaria de 'Mitologías', la exposición que despliega 40 grabados y dibujos de la pinacoteca con la mitología grecorromana como tema, hasta el 19 de marzo.

Y el mito del Minotauro le sirvió también para realizar el que es, a juicio de Rafat, "uno de los grabados más importantes de toda la historia del grabado de Picasso pero también uno de los grabados más excelsos de toda la historia del grabado del siglo XX". Ahí es nada. Se trata de 'La minotauromaquia', un aguafuerte realizado en 1935, el único que realizó en ese año. Un año de profunda crisis interna en el que la pintura dejó de motivar al genio, que se dedicó a la escritura. Un grabado que regaló, dedicado, al Museu d’Art Modern de Barcelona.

"Hay tal amalgama de referencias mitológicas y artísticas en esta obra que su riqueza es inabarcable", apunta la comisaria. Se necesitan horas para mirarlo, cada trazo es una historia. Hay muchas, como la mujer torero, la niña con luz que remite a Antígona y a Edipo, la escalera que entronca con el tema de la crucifixión, el ovillo que tanto alude a la salida de Teseo del laberinto como enlaza con 'Las hilanderas' de Velázquez, y la mano de Dios que insufla vida de la Capilla Sixtina.

LOS FAUNOS DE LA ALEGRÍA

No es rara tanta simbología; no en vano, Picasso se enfrentó al mito a su manera, que, de hecho,  fueron tres. Una de ellas fue a través de los grandes artistas de la historia del arte, como se observa, en parte, en 'La minotauromaquia' y en 'Sexo a la antigua y a la moderna', una estampa de Baco en la que el malagueño mira descaradamente a 'Los borrachos' de Velázquez. Las otras dos pasan por respetar el mito clásico (la menos frecuente, apreciable sobre todo en 'Las Metamorfosis' de Ovidio) y por coger el mito y aportarle nuevos valores, los que él quiere, como hace con el Minotauro.

No solo la criatura con cuerpo de hombre y cabeza de toro ocupó sus obras. Se enfrentó a todos los mitos mediterráneos: Danae, Venus, Baco, bacantes, querubines... circulan por sus piezas, básicamente las de obra gráfica y cerámica; y principalmente en la década de los 30, con la 'Suite Vollard', y luego a finales de los 40. Las de estos últimos años son muy diferentes. Es la época de la obra 'La joie de vivre' (1946), momento en que Picasso se instala en la costa con Françoise Gilot y tiene a sus hijos Maya y Claude.

"El fauno, otro álter ego suyo, representa su alegría", apunta Rafat en referencia a la serie de seis cabezas de faunos que Picasso pintó en un solo día, el 10 de marzo de 1948, con actitud jovial. El último, el que cierra la muestra, data de 1968 y ejerce de colofón por su potencia. Una obra muy diferente a la que abre la exposición, 'Hércules', un infantil trabajo de academia que Picasso realizó en 1890.   

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