Contundente alegato contra el virus del nazismo

OBRA DE TEATRO DAVANT LA JUBILACIO / periodico
Cuando un texto como el de Thomas Bernhard (Herleen, Países Bajos, 1931-1989) llega a manos de un genio como Krystian Lupa (Jastrzebie, Polonia, 1943), dirigiendo a tres intérpretes catalanes de primera, puede producirse un milagro teatral como el que este fin de semana ha sacudido con ‘Davant la jubilació’ El Canal de Salt en Temporada Alta. La implacable denuncia sobre el pasado de Alemania, a partir del retrato de una familia intoxicada por el virus del nazismo, dejó sin respiración a las gradas del teatro, antes de que el 13 de enero el montaje aterrice en el Lliure.
Impresionante función, en la que con el ritmo lento, introspectivo y detallista característicos del director polaco, la obra acaba retratando las consecuencias morales que tuvo la derrota para los supervivientes nazis Y no solo eso, sino que también muestra cómo los valores humanos siguen siendo hoy víctimas del creciente renacimiento de los movimientos fascistas en Europa.
Bernhard fue efectivamente profético con este relato basado en el caso de Hans Filbinger, primer ministro de Baden-Wurtemberg que dimitió en 1978 cuando se hizo público que había firmado numerosas sentencias de muerte en su pasado de juez hitleriano. Pero para desvelar toda la carga de profundidad que hay detrás del relato hacía falta un forense como Lupa, capaz de sacar a la luz desde el interior de lo más oscuro de los sentimientos humanos, todos los matices de una existencia en la que, Lupa dixit, “se respira odio, miedo y la imposibilidad de ser feliz”.
IMPONENTE MERCÈ ARÀNEGA
En el deprimente espacio de una vieja casa familiar, Vera (una imponente Mercè Arànega) inicia los preparativos de la celebración anual del aniversario de Heinrich Himmler, ideólogo del Holocausto, planchando minuciosamente el uniforme de comandante de un campo de concentración que su hermano Rudolf viste cada año para la efemérides. El personaje, a cargo de un transformado y brillante Pep Cruz, idolatra al criminal a pesar de ejercer un cargo en la democracia. La otra hermana, Clara (una expresivamente silente Marta Angelat, menos cuando discrepa del conformismo de Vera), fue víctima de un bombardeo aliado y condenada a vivir en silla de ruedas. Ella no quiere implicarse en este homenaje, pero acabará sentándose a regañadientes en la la mesa de la oculta e íntima fiesta.
El opresivo clima en el que se desenvuelve la trama, llena de misterio e hipnotismo, va calando en el ánimo del espectador. Rudolf y Vera no tienen sentimientos de culpa, instalados en un pasado que vuelve a estar presente en la sociedad, mientras Clara escenifica una resistencia que acaba donde empiezan sus limitaciones físicas y psíquicas. El impactante y metafórico desenlace redondea un contundente alegato contra la demoledora infección del nazismo.
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