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exposición de uno de los ARTISTAS capitales del siglo XX

El Bacon más español se pasea por el Guggenheim

El centro bilbaíno expone 50 lienzos del pintor, 34 de ellos inéditos

Natàlia Farré

Aspecto de Tres estudios para una crucifixión (1962) de Bacon, este jueves en el Guggenheim. 

Aspecto de Tres estudios para una crucifixión (1962) de Bacon, este jueves en el Guggenheim.  / EFE / LUIS TEJIDO

La muestra confronta piezas del británico y de autores decisivos en su creación, como Picasso y Velázquez

Sabida es la influencia que los artistas españoles tuvieron en la obra del británico, pero nacido en Irlanda, Francis Bacon (Dublín, 1909 - Madrid, 1992). Su obsesión por Velázquez, concretamente por el retrato que el sevillano realizó del papa Inocencio X es legendaria; y su deuda con Picasso fue reconocida  por el propio artista una y mil veces. También cayó bajo el influjo de Zurbarán, Goya y El Greco. Y admiró a Buñuel y García Lorca. Todo ello, junto con la influencia que recibió de los franceses, que también la hubo, es lo que evidencia 'Francis Bacon: de Picasso a Velázquez', en el Guggenheim de Bilbao, hasta el 8 de enero.

La exposición, que cuenta con el patrocinio de Iberdrola, reúne 79 piezas; de estas, 50 están firmadas por el británico y el resto por los españoles y franceses que fueron su fuente de inspiración. Y muchas de las que llevan la firma del singular, a la par que turbador y brutal, creador son inéditas por estos lares. No en vano, la mayoría de trabajos de Bacon se hallan en manos privadas; tampoco es baladí que el comisario de la muestra, Martin Harrison, sea el autor de su catálogo razonado. Una obra magna que ha tardado 10 años en ver la luz y que recoge 584 telas, entre ellas la última que salió del pincel del creador: 'Estudio de un toro' (1991).

UN TORO COMO ALTER EGO

''Estudio de un toro' (1961)

La pieza, que solo se ha visto en Mónaco, primera parada de la exposición, es uno de los grandes hallazgos de Harrison que no recuerda o no quiere recordar como la encontró, pero que sí apunta pertenece a una colección privada de Londres. Se trata de un cuadro totalmente desconocido hasta la fecha y que es, a juicio de su descubridor, "una profecía" de la muerte del artista, pues Bacon lo ejecutó un año antes de morir y en él incluyó polvo del suelo de su estudio: "El polvo es eterno, del polvo venimos y en polvo nos convertimos", señala Harrison al tiempo que afirma que se trata de "una obra muy interesante, con zonas de luz y zonas oscuras, la vida y la muerte; pero no es un abstracción, es un toro. Creo que Bacon se identificaba con él a la manera en la que Picasso lo hacía con el minotauro".

El recorrido acaba con 'Estudio de un toro', la última tela que realizó y de la que no se conocía su existencia

Fue la última faena del británico y es el broche de la muestra. Luce  justo después de la serie 'La tauromaquia' de Goya. El de Fuendetodos era uno de los genios del que beber (ahí está, por ejemplo, el perro de 'Tres estudios para una Crucifixión', muy parecido a 'Perro semihundido' de Goya), y el arte del toreo es algo que interesó a Bacon: "Cuando ves una corrida, se queda grabada en tu mente para siempre", afirmaba el artista que ya en los 60 empezó a retratarlas, pero sin quedar satisfecho.

PASIÓN, DRAMA Y TRAGEDIA

Lo de la insatisfacción era algo intrínseco del creador, como lo era  el estudio constante de la figura humana, las crucifixiones, la obsesión por el retrato del papa Inocencio X. Así como una vida tormentosa, el desorden de su estudio o su pasión por la noche, el alcohol y las relaciones difíciles. Así, de sus primeras obras, las que realizó para una exposición en la Transition Gallery de Londres, no queda ni una. Las destruyó. De esa época poco ha sobrevivido, sí lo ha hecho 'Composición' (1933), la pieza que abre la exposición y que cuelga junto a una homónima de 1927 realizada por Picasso y 'Bañista con balón' (1929), también del malagueño. El trío pone en evidencia lo que Bacon reconoció en un montón de ocasiones: la visita, en 1927, a la galería Paul Rosenberg de París y la visión de la obra de Picasso le llevaron a querer ser artista.       

A partir de aquí se suceden las figuras, más oscuras al principio y más coloristas al final pero siempre aisladas, siempre retorcidas y siempre medio animales. Y siempre figuras. Los paisajes, alguno luce en la muestra, son una anécdota en su corpus artístico. "Le movía más la ira que la angustia. La vida no había sido fácil para él. Había mucho sufrimiento. Empezó a pintar cuando encontró a Peter Lacy, el amor de su vida. Con él conoció la pasión, el drama y la tragedia. Y eso es lo que retrató", apunta Harrison. Le interesaba la condición humana y el horror del hombre con el hombre. De lo primero surgen los retratos de Inocencio X, el original del cual, el de Velázquez, Bacon aseguraba no haber querido ver nunca, siempre lo vio en reproducciones. De lo segundo salen las crucifixiones. Su primer tríptico a gran escala y que además supuso un punto de inflexión en su obra fue 'Tres estudios para una crucifixión' (1962), una explosión de color que cerraba la retrospectiva que la Tate le dedicó en 1962. Y en cuya inauguración recibió un telegrama anunciando la muerte de Peter Lacy.

No fue mucho más afortunado con la que consideraba la gran exposición de su vida, la que el Grand Palais le dedicó en 1971, horas antes su pareja de entonces, George Dyer, se suicidó en la habitación del hotel. Bacon murió en 1992, en Madrid, cuando contra todos los consejos médicos decidió ir a ver a su último amigo, José Capelo. Lo hizo cerca del Prado y de Velázquez. 

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